Índice
Inicio
Prólogo
1. Me pusieron Violeta
2. Ni una muñeca, ni un juguete, ni regalos de nadie...
3. Teníamos muchas ganas de aprender
4. La ilusión que teníamos entonces por cualquier cosa
5. Cuanto me gustaba acunarla
6. Por primera vez vi el tren, el mar, el cine...
7. No era una criada, era una señorita
8. Entrar en casa, cerrar la puerta y que nadie nos mandara
9. Empezamos nuestra nueva vida, todo era estupendo
10. Era simpático y muy tremendo
11. ¿Cómo podríamos estar ahora sin nuestro Víctor?
12. Hermanas, maridos, hijos, nueras, yernos y nietos, sumamos
treinta y siete
13. Estamos muy orgullosos de los dos
14. La experiencia más bonita que pueda haber
15. Al final lloramos todos
16. Con la edad que tengo
Prólogo
Ninguna lengua es capaz de expresar la fuerza, la belleza y la heroicidad de
una madre.
En ningún caso es tan real como en el nuestro. Ambos entendemos ahora
mejor que nunca, la fuerza que nuestra madre ha demostrado, la belleza con
la que nos ha iluminado y la heroicidad con la que ha vivido...
Víctor dijo una vez: “Si escribes tu historia me harás la persona más feliz
del mundo”. Los dos siempre hemos querido oír y entender mejor su
historia, pero lo que no éramos capaces de suponer es que fuese lo
suficientemente valiente para hacerlo.
Y va ella y la escribe.
Ella es como podéis suponer nuestra madre, rectificamos, ella es nuestra
pedazo de madre, con mayúsculas y orgullosos: MARÍA EJARQUE.
Si el lector la conoce no le sorprenderá que ante semejante reto su única
respuesta fuera “vale”, cinco meses más tarde teníamos en nuestras manos
un manuscrito con la historia más bonita que jamás hayamos leído y que
jamás leeremos: "Todo esto que os cuento pasó ayer”, o sea la vida de
nuestra madre.
Sin lugar a dudas creemos que tener la enorme suerte de conocer la historia
de tus padres de primera mano es algo maravilloso, te la pueden explicar, te
la pueden escribir, te la pueden cantar… pero cuando la lees y ves que en el
fondo es tu propia vida, la emoción te embarga y no hay nada más valioso.
Leer la aventura que está a punto de empezar nos ha generado esa
admiración que todo hijo debería tener… lamentablemente cuando nos
hacemos adolescentes, adultos, solemos perderla y olvidamos que recién
nacidos éramos todo admiración. Quizás deberíamos mirar más a nuestro
niño interior para no olvidar cualidades tan valiosas...
También ésta es la historia de muchísimas mujeres que nacieron en los
alrededores de 1939, momento en que acabó la Guerra Civil Española, tras
esa dolorosa guerra hubo una dictadura aún más dolorosa que fomentó una
educación represiva, machista y guiada por una iglesia más amiga del poder
que de las personas. Durante ese tiempo se maltrató al sexo femenino de
una forma despiadada desde la niñez, eran casi personas de segunda
categoría. Curiosamente esas mismas mujeres fueron las que levantaron
familias, trabajaron en casa y fuera de ella y sobre todo, educaron a toda
una generación, asumieron nuestros cambios, apoyaron cosas que ni
siquiera entendieron, sufrieron contradicciones y reescribieron nuestra
historia
Ahora lectores perdonen a estos hijos henchidos de orgullo filial y
permítannos dejarle dos cartas a María.
Mamá:
Tengo la suerte de que seas mi madre, y también tengo la suerte de que
Víctor tuviera la idea de animarte a escribir tu historia.
Leyendo estas memorias he descubierto nuevos detalles de una historia que
en esencia conocía, pero has puesto tanto empeño al escribirla y lo has
hecho con tanta sinceridad, que muestras hasta el más recóndito de tus
sentimientos.
Eres una mujer valiente, humilde y con buen corazón, una combinación que
define a las grandes personas. Esas que nos acompañan en los momentos
difíciles para darnos fuerzas con las que seguir luchando y se alegran con
nosotros en los momentos felices.
De nuevo quiero insistir en dar las gracias a Víctor por la iniciativa de
escribir estas memorias y por poner los medios para llevarlo a cabo, y sobre
todo gracias a ti, mamá, por tener la valentía de escribir todos tus recuerdos,
sin ocultar ninguno, aunque algunos fueran dolorosos.
No te lo digo suficientes veces: te quiero, mamá.
Álvaro
Mamá:
Has tenido una vida difícil, que te ha exigido lo mejor de ti en todo
momento, con tristezas y alegrías profundas. Debo decir que has
consiguiendo un éxito rotundo hasta el momento sin lugar a dudas, tanto en
tu construcción personal como en la influencia que estás teniendo en todos
los que te rodeamos.
Ten por seguro que tu historia servirá de inspiración a tus hijos,
especialmente en los momentos difíciles, y sobre todo a tus nietos cuando
tengan la suerte de leer esta increíble aventura que has tenido las narices de
escribir.
Solo me queda darte las gracias por hacerme la persona más feliz del
planeta … una vez más.
Te quiero.
Víctor
1. Me pusieron Violeta
Soy la tercera de cinco hermanos. Nací en un pueblo muy pequeño de la
provincia de Teruel llamado Luco de Bordón, es muy pequeño pero para mi
es el pueblo más bonito del mundo.
Yo recuerdo cincuenta y seis familias. Había dos grupos de casas un poco
separadas del pueblo y alguna que otra masía. Teníamos ayuntamiento,
alcalde, sacerdote, maestro y practicante, o sea de todo.
Mi padre también nació en Luco de Bordón, era el tercero de cuatro
hermanos, dos chicas y dos chicos. Su madre ya había muerto cuando él se
casó, y su padre murió poco antes de nacer yo.
Mi madre nació en Morella, era la mayor de dos hermanas, cuando cumplió
catorce años se quedó huérfana. A ella y a su hermana la recogieron unos
tíos suyos que tenían hijos pequeños. Como ella era la mayor, la hacían
trabajar mucho, así que muy pronto se puso a servir en una fonda de
Morella llamada "Casa Evaristo". Allí estuvo trabajando hasta que se casó.
Tuvo que trabajar duro, la querían, pero también la explotaron mucho.
Siempre supe que para ella aquella era su casa, por eso más adelante cuando
estuvo muy enferma, la recogieron y la cuidaron hasta que se puso bien.
Hay algunas cosas que en mi memoria se hacen algo borrosas, pero aún
recuerdo cómo se conocieron mis padres. Mi padre trabajaba en Morella de
chófer para una empresa de transporte y se hospedaba en una fonda en la
que trabajaba mi madre. Sólo sé que se casaron y fueron buenos padres.
Mis padres, sobre todo mi padre, deseaba tener un hijo. De ahí que cuando
me vieron a mi, después de dos niñas, sé que no tuvieron ninguna alegría
pero como es natural, me quisieron como a todas.
Cuando yo nací, mi hermana mayor Leonor, tenía cuatro años y la segunda,
Conchita, dos. Y llegue yo, me pusieron Violeta. Nací un 10 de septiembre
de 1936, recién empezada la guerra civil. De la guerra tengo solamente un
mal sabor de boca pero sí os puedo contar que cuando terminó la guerra, la
Iglesia les dijo a mis padres: "Violeta no es nombre, no hay ninguna Santa
Violeta". Así es que me tuvieron que bautizar otra vez y me llamaron María
como a mi madre.
Después de seis años, mi madre se quedó otra vez embarazada y esta vez sí
que nació un niño, Álvaro. Fue la mayor alegría para mis padres, estaban
locos de contentos con aquel niño que tanto habían deseado y las tres
hermanas también estábamos muy contentas, era muy guapo, muy gracioso,
se criaba alto y robusto como mi padre.
Pero cuando el niño tenía dos años y medio cogió un enfriamiento, que
decían entonces, y os he de decir que en ese entonces, en mi pueblo no
había médico, solo estaba el practicante. El médico vivía en otro pueblo a
una hora de distancia, por malos caminos que se tenían que circular en
macho o caballo. Allí todo son montañas y no había carreteras, ni siquiera
había teléfono, vivíamos casi aislados. El médico pasaba visita por los
pueblos que tenía asignados, solamente una vez a la semana y
desgraciadamente cuando visitó a mi hermano, le dijo al practicante lo que
tenía que hacer y se fue.
Mis padres estaban desesperados, el practicante les decía: "el médico lo ve
un momento y se va, y yo estoy todos los días viéndolo y sé muy bien lo
que hay que hacer. Si hacen lo que yo digo el niño se salvará". Yo recuerdo
aquellos días como los peores días de la vida de mis padres. Al final
hicieron lo que el practicante dijo y el niño se murió.
Nadie podía soportarlo, mi madre se puso enferma, cogió una anemia muy
grande, no comía nada y no podía atendernos ni a nosotras, ni la casa, ni
nada de nada y se la llevaron a Morella, a esa casa en la que había estado
trabajando. Intentaban que se repusiera porque teníamos mucho miedo de
que muriera ella también. A mi, como era la más pequeña, me llevaron con
ella.
De Barcelona vino una hermana de mi padre para cuidar de mis hermanas y
sobre todo de mi pobre padre que también estaba destrozado.
A mi madre le costó mucho reponerse, pero con cuidados, medicamentos y
reposo, salió adelante. Todos sufrimos mucho, en casa sólo había lloros y
tristeza, suerte que mi madre era muy fuerte, quizás ella no hubiese luchado
tanto pero veía que todos dependíamos de su ánimo y que mi tía no podía
estar siempre en el pueblo porque también ella tenía familia en Barcelona.
Recordando aquellos días me pongo muy triste, porque la muerte habitaba
toda la casa, no comprendía que aquel niño siempre tan sano ya no
estuviera, ni volvería nunca más.
Creo que aquello me marcó para siempre, constantemente he sufrido mucho
cuando alguien de los míos ha estado enfermo o tan siquiera puede correr
algún peligro, porque se me quedó grabado: qué fácil es pasar de estar bien,
a que llegue la muerte, te susurre al oído, y te lleve para siempre.
Después de mi hermano, hubo dos enfermos más con los mismos síntomas,
pero entonces el médico no se fió del practicante y se quedó en el pueblo
hasta que pasó el peligro y los dos se salvaron. Más tarde el practicante hizo
otra desgracia con una niña y mis padres y los padres de la niña lo
denunciaron y consiguieron que se fuera del pueblo. Tarde, pero aquel
desgraciado se fue...
Cuando una persona recuerda se pone un poco triste y eso no es lo que
quiero, solamente quiero recordar. Y recuerdo con alegría que cuando tenía
once años mi madre dio a luz a otra hermana a la que pusieron Araceli.
Fue estupenda para mí, no es que mis hermanas mayores no lo sean, pero
esta era mi pequeña, era casi un juguete. La cuidaba, la entretenía y poco a
poco nos fuimos haciendo cómplices. De mis pobres hermanas mayores os
he de decir que tenían que ayudar a mi padre en el campo, que era muy duro
y también ayudaban a guardar el ganado. En el campo siempre hay mucho
trabajo y más en mi casa que siempre hubo ovejas y cabras, o sea un
rebaño, también había machos, cerdos, conejos, gallinas... Recuerdo cosas
sueltas que tienen que ver con los animales que cuidábamos, lo primero es
que estos animales se alimentaban para luego venderlos, alguna vez me
ponía triste al verlos irse. Pero también recuerdo cosas de los animales que
hoy me hacen sonreír, como cuando mi madre le preparaba una canasta con
paja a una gallina clueca y le ponía todos los huevos frescos que podían
caber debajo, eso sí los huevos tenían que ser del mismo día inclusive, se
pedían de una vecina a otra los más frescos. Y entonces la gallina se ponía
con las alas huecas, cubriendo todos los huevos y no se movía de allí
durante veintiún días. Era muy bonito ver cómo empezaban a picar los
pollitos desde dentro, cómo iban rompiendo la cáscara, hasta que salían del
todo, cada uno que salía lo poníamos en un cajón pequeño de madera. En el
cajón, que poníamos cerca del fuego, para que los pollitos no tuvieran frío,
había salvado. Esto se hacía para que la gallina no los pisara y cuando
estaban todos fuera, se los ponían debajo a la pita y ella los cubría con las
alas y les daba calor.
Por si mis nietos deciden leer esto algún día, me gustaría aclarar algunas
palabras que uso como por ejemplo:
Macho: mulo, pareja de la mula. Son estériles; nacen de caballo y burra, o
burro y yegua. Son muy fuertes para la carga.
Salvado: les cuento, primero se cogía el trigo, se trillaba en la era para
separar el grano de la paja. Luego el grano se llevaba al molino para
hacer la harina, después lo teníamos que cernir, que es pasarlo por un
cedazo, que es un aro de madera con un fondo de una rejilla especial,
este fondo deja pasar la harina, pero retiene arriba las pieles del grano
de trigo y eso es el salvado.
Y ahora que le aclaro cosas a mis nietos me gustaría deciros que yo no
conocí a ningún abuelo, cosa que lamenté mucho, porque siempre me daban
envidia las amigas que tenían abuelos, aunque la verdad es que eran pocas,
porque en aquella época las personas se morían mucho más jóvenes. Yo me
alegro mucho que podáis disfrutar de vuestros abuelos y que la vida sea
ahora más larga, así yo también os puedo disfrutar.
2. Ni una muñeca, ni un juguete, ni regalos de
nadie...
Como ya soy algo mayor estoy segura que me repetiré, pero segura estoy
que me sabréis disculpar, así que aunque ya lo he dicho, yo nací el mismo
año que empezó la guerra, por eso no puedo contar mucho de ella porque
era muy pequeña.
Recuerdo que en el marco de una puerta que había en la entrada de un
perche a la cocina, había la marca de una bala, que impactó un día cuando
yo entraba, mi madre se asustó mucho, pero como era tan pequeña, no me
tocó, pasó justo por encima de mi y le pegó a la pared.
Siempre dijeron que debió de ser un error, porque al pueblo no disparaban.
Mi madre decía que por las noches cuando terminaban los combates, los
soldados iban al pueblo a buscar comida y la gente les daba lo que podía.
Nunca les preguntaban de qué bando eran, porque les daban pena y porque
se jugaban la vida, cada día allí cerca en las montañas. Con la guerra, los
que peor lo pasaron fueron nuestros padres, porque vivieron todos los
problemas, todas las miserias, nosotras tan solo éramos pequeñas.
Como teníamos campos, siempre había algo para comer, pero hubo una vez
que no tuvimos pan. Fue porque pusieron una ley que se llamaba "La
Colectividad". Cada vecino tenía que declarar los campos que tenía y de
qué los sembraba. Entonces el ayuntamiento, o quien fuera, les decía la
cantidad de cosecha que tenía que entregar. Trigo, patatas, o lo que se
hubiese plantado. Hubo años que no llovió, o había caído piedra y se
recogía poca cosecha, pero los campesinos tenían que entregar la cantidad
que les exigían.
En estos casos recuerdo que mi padre escondía un poco de trigo en un sitio
que tenía la casa y que yo descubrí cuando era un poco mayor. Un armario
dentro de otro armario, al que se entraba por el piso de encima; tenía una
trampilla que se tapaba con la artesa.
Mi padre era muy amigo del molinero, este hombre molía el trigo a media
noche, se iba con el macho por los caminos a moler un poco de trigo.
Mi madre con esa harina clandestina, agua y sal hacia una pasta, la ponía en
una plancha en las brasas y la cocía. Nosotros comíamos un poco de aquello
como si fuese pan.
Pero una vez no tenía harina de trigo y tuvo que moler cebada, la limpiaron
todo lo que pudieron para poder hacernos un poco de aquel pan. Pero
cuando Leonor empezó a comer, se le clavo una espina de la cebada en la
garganta. Ella se ahogaba, no podía vomitar, ni respirar y mis padres se
asustaron muchísimo, tanto que nunca más usaron cebada para comer. No
os preocupéis, al final se le pasó todo menos el susto.
Después de la guerra vino la época del racionamiento. A cada casa según
cuántas personas eran, les daban un poco de comida.
Yo como niña sólo recuerdo el azúcar y el chocolate, eso era lo que a mis
hermanas y a mi más nos gustaba, pero mi madre lo escondía por sí algún
día tenía una necesidad.
Yo como era la más pequeña mi madre no se preocupaba de esconderlo
delante de mí y luego mis hermanas me pedían que fuera yo a cogerlo.
Comíamos las tres y cuando mi madre iba a buscarlo ya no estaba. El
chocolate era malísimo, parecía serrín pero era un poco dulce y todo lo que
podía soñar una niña como yo.
La verdad es que todo lo encontrábamos bueno, estábamos acostumbradas a
comer lo que había y además mi padre nos hacía comer de todo aunque no
nos gustase. Por ejemplo a mi no me gustaban los ajos enteros y había una
comida que mi madre los ponía así, yo tenía tan mala suerte que siempre
caía el diente de ajo en mi plato. Y ya saben lo que había en el plato nos lo
teníamos que comer todo, pero sin quejarnos, pasé muchos apuros. Hoy en
día, me gusta mucho el sabor a ajo pero enteros, siguen sin gustarme.
A mi padre siempre le gustó sembrar árboles frutales, uno de cada clase
para tener de todo y algo de viña de la que sacaba vino para casa. Vendía lo
que le sobraba y también trigo, cebada, centeno, toda clase de verduras y
patatas.
Había una clase de uva que se conservaba muy bien, se ataba y se colgaba
en los maderos del techo de una habitación y aguantaba mucho. Con ella
hacíamos otra cosa, en el campo grande del río poníamos un poco de esa
uva en una caseta pequeña. Hacíamos un hueco en el suelo, poníamos una
capa de uva, luego la cubríamos con ramas secas y otra capa de uva,
cubierta otra vez, así no le daba el sol. ¿De qué servía?, pues cuando íbamos
a guardar, podíamos darnos el capricho de comer un poco, qué rico nos
sabía.
Cuando era la época de la fruta fresca comíamos de lo que había, si sobraba
la dejábamos secar encima de un cañizo y así la podíamos comer en
invierno. En la merienda o para el recreo comíamos unos pocos orejones,
higos, o aceitunas, la verdad no teníamos otros caprichos, ni chucherías, ni
nada de nada. Por no tener ni siquiera tuvimos ni una muñeca, ni un
juguete, ni regalos de nadie, eran tiempos muy malos y no había dinero
para ningún capricho. Pero éramos niñas y jugábamos con otras cosas, por
ejemplo con un calabacín al que poníamos cuatro palitos y encima el puño
de una camisa vieja de mi padre. Y ese calabacín se transformaba en un
burro. Con el esportón y con una hierba que se pega mucho formábamos
una cestita la llenábamos con trocitos de platos que se rompían y jugábamos
a hacer la comida en cualquier sitio precioso cerca del pueblo que estaba
lleno de hierbas y flores...
La última vez que vinieron los Reyes yo era bastante pequeña, mis
hermanas cuchicheaban entre ellas muchas veces y se reían. Yo empecé a
sospechar quiénes eran los Reyes. Un día vi una caja grande vacía en casa y
más tarde me la encontré en mis zapatos. Cuando vi la caja me puse sería,
empecé a sacar cosas, ya sabéis por lo pobres que éramos no podían ser
cosas importantes, algunas galletas, un poco de chocolate. Pero en el fondo
encontré un paquetito, cuando lo cogí mis hermanas se rieron y al abrirlo vi
una caca de macho. Ellas lo habían puesto para hacerme una broma, pero a
mi me sentó muy mal. Realmente me enfadé porque todo era un engaño y
los Reyes no eran verdad. Pero lo malo es que me dijeron que ya no habría
más Reyes y esa fue la peor noticia. A partir de ese momento mi padre lo
que hacía ese día era comprarnos un turrón de aquellos redondos con ñeula
por los dos lados y nos daba uno para cada una.
En aquella época y durante muchos años, no hubo agua corriente en las
casas. Toda el agua se tenía que traer de la fuente que estaba debajo del
pueblo. Imaginaos lo pesado que era ir cada día a subir el agua con
cántaros.
Un trozo más arriba de la fuente había un peirón donde todas parábamos
para descansar. Ya se que me repito pero recordad que Luco está en una
montaña, que se parece a Morella. Claro está que Morella tiene arriba el
castillo y por la parte de abajo esta rodeado de muralla. En cambio Luco es
mucho más pequeño y no tiene muralla, además arriba del todo tiene una
ermita y abajo en vez de muralla tiene una fuente y el lavadero. Todas las
calles son empinadas. Para lavar la ropa teníamos que bajar al lavadero y
subir con la canasta llena de ropa mojada que pesaba muchísimo. Y en
invierno con un frío tremendo y el camino nevando, por cierto ahora nieva
menos debe de ser por el cambio climático ese que no entiendo. Pues eso, el
agua estaba helada algunas veces se tenía que romper el hielo para poder
lavar, lo que hacíamos era llevarnos de casa un botijo con agua muy
caliente y cuando teníamos las manos muy frías, poníamos un poquito de
agua tibia en la ropa y seguíamos lavando.
El jabón se hacía en casa, con aceite y sosa, cuando estaba cocido, se ponía
en una caja cuadrada para secarlo. Luego con un hilo de alambre fino, se
cortaba en trozos para poderlo coger bien con la mano y lavar. Algunas
veces se nos caía la pastilla de jabón dentro del lavadero y claro se hundía
al fondo. Entonces teníamos que esperar varias horas sin que lavara nadie,
así se quedaba el agua transparente y luego con una horca con los pinchos
de hierro, lo sacábamos. A las pequeñas siempre nos daban trozos de jabón
pequeños.
Cuando recuerdo esta cantidad tan grande de esfuerzo, siempre pienso que
quien peor lo pasó fue mi madre, que nos cuidaba a nosotras tres pequeñas
y además a mi padre. Supongo que por eso cuando nos fuimos haciendo
mayores, teníamos la obligación de ayudar. Subíamos el agua nosotras y
también nos tocaba lavar. Ahora veo a mi madre como una heroína porque
todo lo tenia que hacer ella y toda el agua que se gastaba en casa se la tenía
que subir con cántaros.
Yo debía de tener seis o siete años y a una amiga mía le habían comprado
un cántaro pequeñito. Me gustaba tanto que le pedí a mi madre que me
comprara uno para ir a la fuente como mis hermanas, ella no quería porque
siempre estaba mal de dinero, pero al final le di pena, porque lo quería para
ayudar, tanto insistí que me lo compró. Ese día tuve tan mala suerte que me
caí, me hice una peladura en la pierna y lo malo es que rompí el cántaro.
Llegué a casa llorando, diciéndole a mi madre "mamá pégame porque he
roto el cántaro" por supuesto no me pegó, con mimo me limpió la herida,
me curó. Así todo yo tenía un disgusto tan grande, lloré tanto, ella había
hecho un esfuerzo por comprarme el cántaro y el mismo día que lo estrene
lo rompí. Todavía hoy me duele.
Mis hermanas se reían de mí muchas veces, cuando lloraba por algo,
siempre se burlaban y mi madre se enfadaba con ellas porque no quería que
me hicieran burlas. Padecía al ver que mi madre se ponía nerviosa y se
disgustaba.
Nunca he querido que nadie se enfadara por mi culpa, un día que pasó una
cosa de estas, le dije: "madre que no me defienda más, que ya me defenderé
yo solita". Mis hermanas y mi madre siempre recordaban esta anécdota.
Sin excepción he querido mucho a mi familia, he procurado que no hubiera
ningún disgusto por mi culpa. De ahí que yo hablase poco, simplemente
obedecía y callaba, no quería ser un problema para nadie. Hoy sigo siendo
un poquito así.
Mi madre era la modista del pueblo, cosía para todos, por eso siempre tenía
mucho trabajo. Tenía que dar de comer a los cerdos, las gallinas, los
conejos, todo lo de la casa, hacer el pan y además coser. Cuando se
acercaban las fiestas, tenía más trabajo porque las chicas jóvenes querían
estrenar vestidos, así pues casi siempre cuando todos nos íbamos a dormir,
ella se quedaba cosiendo cosas que no necesitarán máquina, para no hacer
ruido. Yo como aún iba al colegio, le pedía a mi madre que me dejara
quedarme con ella. Algunas veces me dejaba, le pasaba las agujas con hilo
o le quitaba hilvanes. Como la luz era muy débil, se tenía que sentar en una
silla que ponía encima de la mesa de comer y así poder estar más cerca de
la bombilla. Yo no creo que le ayudara mucho pero yo me sentía muy útil.
Yo padecía al verla siempre tan agobiada, y encima mi padre se enfadaba
porque quería que se acostase cuando lo hacía él.
Mi padre también trabajaba mucho en el campo, pero cuando llegaba al
pueblo, siempre podía pararse a hablar con algún vecino o amigo y en
cambio a mi madre no le quedaba tiempo para nada y siempre estaba
corriendo.
Con lo que ganaba cosiendo comprábamos alguna ropa, comida, alpargatas.
Qué suerte que ella sabía coser porque a nosotras siempre nos estaba
arreglando la ropa de una para otra. Una vez se acercaban las fiestas del
Pilar, nuestra patrona, y los vestidos que teníamos estaban ya muy viejos.
Ella le decía a mi padre que tenía que comprar tela para hacernos algo y él
siempre se enfadaba cuando oía la palabra comprar. En esos días él tuvo
que ir a Morella por algo y cuando volvió trajo un montón de ropa para
nosotras. Aquello fue una alegría y mi madre nos hizo un vestido muy
bonito para cada una. Leonor tenía ocho años, Conchita seis y yo cuatro,
nos hizo un modelo para cada una , a mi más infantil y las otras un poco
más de mayor. Ese año en la fiesta nos hicimos una foto toda la familia. Os
he de decir que yo no quería, era mi primera foto y me daba miedo. Claro
está que era la fiesta del Pilar y había venido un fotógrafo como cada año
así que mis padres quisieron que nos hiciera una foto, por aquel entonces
éramos cinco, es un recuerdo que tengo muy bonito de aquel día.
La primera plancha eléctrica que hubo en el pueblo fue la de mi madre,
porque lo pasaba muy mal con las de hierro. Esas atroces planchas se
calentaban a las brasas y por mucho que las limpiaras, casi siempre te
ensuciaban los vestidos. Como era la única que tenía esa plancha, cuando se
iba la luz decían que había sido por culpa de la plancha de María, pero ves a
saber.
Nosotras desde muy pequeñas queríamos coser a máquina y mi madre se
enfadaba porque no sabíamos, le enredábamos el hilo, le estropeábamos la
labor, pero a fuerza de equivocarnos aprendimos y al final lo hacíamos bien.
Aquí os dejo algunas palabritas para que aprendáis alguna cosa de una
mujer que nunca quiere molestar:
Perche: balcón acristalado que sirve como mirador
La Colectividad: La colectividad, en España, era cada una de las
instituciones económico-sociales que inspiradas en los principios
anarcosindicalistas se formaron durante la situación revolucionaria que
acompañó a la guerra civil en diversos puntos de la geografía española
Artesa: recipiente, que en panadería es una especie de gran cajón, por lo
común de madera, que sirve para amasar el pan.
Cebada: es un cereal de gran importancia tanto para animales como para
humanos, se cultivaba para dar de comer a los machos.
Racionamiento: el racionamiento es la asignación gubernamental de
recursos limitados y bienes de consumo, figura económica generalmente
aplicada durante las guerras, las hambrunas o cualquier otra emergencia
nacional.
Ir a guardar: sacar el ganado por la mañana, tenerlo todo el día en el campo
pastando y devolverlo por la noche al corral.
Ñeula: oblea o galleta que envuelve al turrón.
Esportón: capacho de esparto que se usa en las labores agrícolas.
Cántaro: en la alfarería española, se denomina cántaro a la vasija de barro,
de boca ancha de llenado y una o dos asas, empleada para transportar o
contener líquidos.
Os dejo una adivinanza: Un cántaro lleno de... ¿de qué pesa menos?
Peirón: Consiste en una columna de unos tres metros de altura hecha de
bloques de piedra sillar, o de ladrillo, dependiendo de las zonas, culminada
normalmente en una cruz de hierro o una esfera de piedra.
3. Teníamos muchas ganas de aprender
Todas fuimos al colegio aunque teníamos que dejarlo pronto para ayudar en
el campo, pero todos los niños y niñas íbamos a la escuela. Había un
colegio para niños y uno para niñas. Una profesora estuvo muchos años
pero se jubiló y entonces cada profesora estaba poco tiempo. Eso era malo
para nosotras. Cada una cuando llegaba, tenía que comprobar en qué nivel
estábamos, y además todas la alumnas teníamos distintas edades en la
misma clase. Las maestras que venían, tenían las oposiciones recién
sacadas. Para casi todas era su primer pueblo y como Luco era tan pequeño
no les gustaba. Entonces o se ponían enfermas o se iban y vuelta a empezar,
venía otra profesora nueva a mitad de curso o cuando fuese.
Nosotras teníamos muchas ganas de aprender, pues cada una en su edad,
éramos de las primeras de la clase. Además tened en cuenta que por
entonces se puntuaba si hacías los ejercicios y te aprendías la lección bien.
Si lograbas puntos, pasabas delante de las otras alumnas y nosotras siempre
queríamos ser las primeras. Yo lo tenía difícil porque de mi grupo, era la
segunda más joven, había algunas que tenían dos años más, así que yo
siempre estaba entre el tercero y el segundo puesto, a primera nunca llegué.
Tuvimos una profesora muy alegre que nos gustó mucho, nos enseñó
canciones y bailes de su tierra. Los jueves por la tarde, teníamos labores y
subíamos al terrado de la escuela, allí aprendimos a bordar, hacer ganchillo,
punto de cruz y frivolité que era algo nueva y que sólo aprendimos
Conchita y yo; Leonor en cambio no pudo porque ya había salido del
colegio.
Esta profesora que os cuento había veces que a la hora del recreo nos
llevaba por la carretera y nos enseñaba a bailar bailes regionales. Era una
mujer estupenda, una vez ensayó a las chicas mayores, para hacer una obra
de teatro con bailes y canciones. Por supuesto el cura no quería que la
hiciéramos ya que algunas canciones decía que eran indecentes, al final no
sé cómo lo arregló, pero el teatro se hizo. La obra se llamaba "Jesús, qué
criada”. Dos días antes de la función, una amiga de Leonor que tenía que
salir en la función, dijo que no podía porque se había hecho daño en un
dedo y llevaba un esparadrapo. No sabían con quién sustituirla y la maestra
pensó que yo era la ideal para el papel y en un ataque de valentía, salí yo.
Fue maravilloso porque trabajábamos las tres hermanas: Leonor como la
señora de la casa, Conchita hacia la tía que llegaba de fuera y yo cómo no,
la criada. Actuamos en la sala del ayuntamiento, acudió todo el pueblo y
por suerte a todos les gustó mucho. Al salir todos decían que teníamos que
haber pasado una bandeja porque se quedaron con ganas de darnos algo. El
cura no quedó contento, porque la función la hacíamos chicos y chicas
juntos, además algunas canciones hablaban de amoríos y eso estaba
prohibido.
Al ser el pueblito, parecía que todos éramos familia. Tanto en el pueblo,
como en los alrededores, a las personas mayores les llamábamos tíos.
Cuando mis hermanas iban al campo y yo aún iba a la escuela, mi madre
quería, y así lo hacíamos, que por la noche yo les enseñara a ellas lo que
había aprendido, porque en el fondo le daba mucha pena sacarlas tan pronto
del colegio. Pero no había solución ya que mi padre las necesitaba. Luego
también me sacaron a mí, pero siempre he tenido ganas de aprender.
Cuando íbamos a guardar el ganado todo el tiempo estábamos haciendo
algún trabajo, o calcetines o jersey u ojales de las camisas que ella cosía.
Con Conchita hasta aprendimos a hilar la lana para luego hacer los
calcetines. Esos calcetines era los más calientes incluso cuando nevaba.
Nevaba muchas veces y nevadas de un metro o más. Cuando se levantaban
los hombres, por la mañana, cogían las palas y hacían caminos por el centro
de la calle, luego cada vecino hacia un camino desde su casa hasta el centro.
Cuando nevaba por la noche nosotras ya lo sabíamos desde la cama.
¿Sabéis porqué? Pues por que cada vecino cuando abría la puerta, se
comunicaba con los otros vecinos, y el sonido era especial, solo se oía así
cuando nevaba. Para nosotras era una fiesta ya que no teníamos que ir al
campo, ni a guardar. También era fiesta para mi padre, que después de hacer
los caminos por las calles, se iba al bar. Como mi madre no paraba, nosotras
la ayudábamos y hacíamos labores, pero ella, la pobre nunca tuvo fiesta.
Esta mujer tan aguerrida, que era mi madre, cosía en una habitación en la
que había una ventana, pero no tenía cristales, para poder ver tenía que
tener las contraventanas abiertas y los días que nevaba pasaba mucho frío.
Siempre le pidió a mi padre que le hiciera un marco con cristales, pero tardó
años en hacerlo.
Cuando nevaba, era muy difícil salir de casa porque no teníamos calzado
adecuado, sólo calzábamos alpargatas que se mojaban enseguida. La
solución eran los zapatos de mi madre. En ellos poníamos unas brasas del
fuego, que siempre estaba encendido, las movíamos por dentro para
calentarlos y nos los poníamos. Lo cierto es que todos pasábamos mucho
frío, mis padres y nosotras. Sobretodo porque no teníamos ropa adecuada,
ni las casas estaban bien aisladas del frío, entraba aire por todos los sitios.
¡Que frío! Que largo era el invierno...
Por favor, que no todo era malo. Todos recordamos aquellas cosas que nos
marcan o que nos afectan a los sentidos. Y dentro de los recuerdos está
también la alegría, así recuerdo yo las fiestas. Se celebraban siempre dos
fechas importantes, el doce de octubre, la fiesta del Pilar y el diecisiete de
enero, San Antonio, teníamos tanta alegría que parecía que todo cambiaba.
Para el Pilar, venía una orquesta de Morella o Traiguera y la víspera cuando
llegaban, empezaban a tocar por el pueblo. Felices saltábamos de contentas,
más tarde se hacía el baile en la plaza.
Al día siguiente subíamos todos a la ermita del Pilar, que se va por unos
barrancos y unos caminos muy pedregosos, por los que todavía hoy se tiene
que ir andando. En la ermita la misa era cantada y tocaba la orquesta. Venía
gente de otro pueblo de cerca y muchos se venían a comer a Luco. Mi
madre, cómo no, nunca podía venir a la ermita porque tenía que quedarse
haciendo la comida. Tenía que hacer de sobra, porque además de los de
siempre, que eran familiares y amigos de los pueblos vecinos, venían
invitados. Mi padre, que tenía el don de gentes, era de los últimos que se iba
de la plaza y claro está, si quedaba alguien de fuera que no tenía donde ir a
comer pues se lo traía para casa. Para mi madre era mucho trabajo, nosotras
servíamos las mesas y fregábamos, pero ya lo he dicho mi padre tenía
amigos en todos los sitios.
Para la fiesta de San Antonio, buscaban a dos que tocaban la gaita y el
tambor. Hacían mucho ruido por el pueblo, se bailaba y había mayorales.
Cada año le tocaba a uno, un año le tocó a mis padres con otros vecinos.
Para ese día señalado hicimos muchas pastas, rosquillas, mantecados,
almendrados y bebidas. Por la noche se hacía una rondalla con machos, la
gente se montaba y en la casa de los mayorales que ya os dije que ese año
se hizo en mi casa, se repartían pastas para todos y vino moscatel. Luego en
la plaza se hacía un concurso con los machos. Lo pasábamos muy bien, en
casa todos estábamos contentos y comíamos comida buena y pastas. Lo
malo era cuando terminaba la fiesta, es que tenían que pasar trescientos
sesenta y cinco días para que la fiesta volviera otra vez... Se me hacia muy
largo.
Mi madre era muy valiente, trabajadora, sacrificada y buena persona, nunca
perdía el tiempo, luego nos enseñó a nosotras a hacer lo mismo: aprovechar
el tiempo y aprender todo lo que pudiéramos. Y eso hemos intentado
siempre las cuatro.
Mi padre fue muy duro con nosotras, nos reñía por cualquier cosa, yo le
quería mucho pero en el fondo le tenía miedo. Leonor fue la que más
bofetadas recibió, es que tenía el carácter igualito a él y se revelaba. Cuando
mi padre nos pegaba, mi madre procuraba que se calmase sobre todo para
que no nos hiciera demasiado daño y entonces se enfadaba con ella.
Una vez Conchita y yo, que éramos bastante pequeñas, estábamos jugando
con las amigas y no oímos el toque de la oración. Cuando nos dimos cuenta
de que era tarde salimos corriendo. Sabíamos que nos iban a pegar o
castigar. Al llegar a casa, la puerta estaba cerrada y nos quedamos sentadas
en un banco que había cerca de la casa esperando el consiguiente castigo.
Cuando terminaron de cenar y todo lo que se tenía que hacer; mi padre nos
abrió la puerta y enojado nos dijo:" a la cama sin cenar". Nos fuimos
corriendo y sin rechistar porque aquello no era castigo. Al caer la noche, sin
que se enterara él, nuestra madre nos trajo algo de cenar.
Otra vez, nuestro padre tenía que ir al campo y nos mandó a las dos al pajar
a llenar un saco de paja. Teníamos que traérselo porque se lo tenía que
llevar. Nosotras como hacíamos otras veces, lo primero llenamos el saco y
luego pasamos una cuerda por un madero y a columpiarnos, por supuesto
sin acordarnos de la paja. Cuando padre se cansó de esperar, vino a
buscarnos, desde que lo vimos nos pusimos a temblar, ya no había
remedio... Esta vez no nos escapamos del castigo. Nos pegó y dijo un
montón de cosas, ninguna de ellas bonita.
Cuando sucedieron estas historias teníamos nueve y siete años. Leonor en
cambio ya iba a guardar todos los días. Cuando salíamos del colegio
nosotras dos, nos mandaban al huerto a coger coles para los cerdos. Es que
cada día se tenía que cocer un caldero con coles, patatas y remolachas.
Ambas hacíamos el fajo de coles lo primero más tarde nos poníamos a
jugar, se nos pasaba el tiempo sin darnos cuenta. Al final mi madre se
cansaba de esperar y tenía que dejar el trabajo para salir a llamarnos,
entonces subíamos corriendo pero ya la habíamos enfadado; no queríamos,
pero no nos dábamos cuenta, recordad que éramos niñas.
Yo me ponía muy contenta cuando mis hermanas me necesitaban. Ellas
siempre estaban juntas, Conchita siempre hacia lo que Leonor decía. Creo
que debían tener celos de mí, porque al ser la pequeña, siempre les
mandaban más trabajos a ellas. Si se burlaban de mí, mi madre me
defendía, pero también las defendía a ellas cuando mi padre les pegaba.
El caso es que yo siempre iba detrás de mis hermanas. Nunca estrenaba
nada; ni vestidos, ni zapatos, ni lápices del colegio, ni nada de nada.
Primero lo había estrenado Leonor, después pasaba a Conchita y luego para
mi. Os cuento esto, pero jamás sentí celos de ellas. Cuando quedé ya yo
sola en el colegio, llevaba el plumier que habían llevado las dos y yo me
sentía dichosa, porque me sentía mayor como mis hermanas. El mismo
orgullo sentía cuando lucía sus vestidos o todo lo que de ellas heredaba.
Yo creo que no tenía nada de torpe, en el colegio aprendía bien las
lecciones, me gustaban mucho los números y los problemas me encantaban.
Dibujo, decían las profesoras que lo hacía muy bien, además a mí nunca me
importaba deshacer las cosa si no quedaban bien. Esto lo aprendí de mi
madre que siempre nos decía: "nadie te pregunta cuanto tiempo te ha
costado de hacer, lo importante es que esté bien hecho".
Estoy muy contenta de cómo nos educaron, nos enseñaron a obedecer a la
primera, a respetar a los demás y claro está a trabajar, ahorrar, aprender y
callar.
Creo que no hubiese hecho falta que mi padre fuera tan duro, porque no
éramos malas, éramos como todas y bastante más listas que ninguna del
pueblo. Siempre pudo presumir de que le obedecíamos a la primera. Cierta
vez una mujer del pueblo, de su misma edad, después de hablar bien de
nosotras por algo que habíamos hecho, le dijo: "tienes unas hijas que no te
las mereces".
Estoy casi segura de que lo sabía.
No guardo rencor por nada, eran tiempos muy malos. Una vez se murió un
macho, eso era una pérdida muy grande, pues se tenía que comprar otro y el
dinero escaseaba. Otra vez recuerdo que se murió una cerda de cría justo a
punto de criar, fue otra gran pérdida. Entended que los cerdos se
alimentaban durante mucho tiempo y luego se vendían; sólo se guardaba
uno para casa. Pollos no comíamos ninguno, porque cuando eran de una
medida que llamaban "tomateros", venía un hombre de un pueblo cercano,
El Forcall, y los compraba. Lo mismo pasaba con los huevos de las gallinas,
no comíamos ni uno, los llevábamos a la tienda, para comprar sardinas,
bacalao, alpargatas o lo que hiciese falta.
Lo que sí comíamos eran conejos, porque entonces no los compraba nadie.
Los teníamos en casa, se reproducían muy fácil, se alimentaban de la hierba
que íbamos a buscar por los huertos que era gratis.
El hombre que compraba los pollos, cuando era la época traía naranjas.
Íbamos locas por ellas, pero como no había dinero, las vendía a cambio de
trapos. Nada más verlo en la plaza, corríamos a casa a decírselo a mi madre,
para que buscase trapos viejos, todos los que pudiera. Veréis: muchas veces
daba una pesada de naranjas, por dos de trapos. Nuestra madre como cosía,
siempre tenía trapos en una bolsa, pero tenía que buscar más porque
pesaban muy poco y nos daban pocas naranjas. Ella nos daba una naranja a
cada una y el resto las colgaba del techo, para que no las comiéramos y así
lograba que durasen un poco más. Pero el ingenio que produce el hambre
nos llevó a poner una mesa debajo, luego una silla encima y así llegábamos
a las naranjas, como es natural cuando mi madre las iba a buscar, se
enfadaba.
En casa se engordaba un cerdo para poder comer todo el año. Los jamones,
los salaba mi padre y cuando estaban buenos los vendía. Del resto, se
hacían chorizos, longanizas, morcillas y pellas. Otras partes se salaban
como el tocino, otras se freían y se ponían en conserva en tinajas de barro,
esas eran las conservas para el resto del año. En aquella época, todas las
casas engordaban un cerdo, para la matanza y tener comida durante el año.
Mi padre era el que los mataba, esto se hacía en invierno. La matanza era
una fiesta, iban vecinos y amigos para aguantar el cerdo. Ya muerto lo
pelaban con agua muy caliente. Del cerdo se utiliza todo, hubo años en los
que mi padre guardaba hasta los pelos más largos y los vendía. Comerciaba
también con las pezuñas de las patas. Me tocaba a mí ir a recogerlas, eso me
gustaba mucho porque la dueña de la casa me daba coca con anís y azúcar,
todo un manjar.
El animal se despiezaba; luego hacían una sartén con todos los trocitos que
habían quedado, ese plato delicioso se llamaba: "sartenada".
De mi padre os he de decir que nunca se comía una cosa buena sin darnos a
nosotras también, si alguna vez se comía una tortilla a la francesa, que casi
era un lujo, nos daba un trocito a nosotras porque nunca quería nada
especial.
Teníamos un campo muy grande, que tenía de todo: viña, campos de trigo,
huerta, árboles frutales, pinar y mucho pasto para el ganado. Era donde más
veces íbamos a guardar y donde menos nos gustaba ir. Había una caseta que
en la parte baja estaba el corral para machos y el resto del ganado y en la
parte alta se podía comer, inclusive dormir si era necesario.
Este campo está bastante lejos de casa y cuando íbamos a guardar, sabíamos
que estaríamos todo el día. Este paisaje tiene por arriba el canto de la
montaña y va bajando con pinos, viña, campos de trigo, huerta y un
precioso río al fondo. Podíamos estar todo el día sin ver a nadie, cuando iba
con Conchita estábamos bien, pero cuando iba yo sola tenía miedo. No
teníamos reloj y tenía que saber cuándo volver a casa.
Os cuento una aventura: empecé a recoger el ganado para irme y como
siempre las conté todas. Faltaba una oveja, bajé un largo trozo mientras caía
la noche, como no la encontraba me tuve que marchar para casa. Tenía
miedo de lo que me dijese mi padre, que se enfadó pero nada más. Al día
siguiente él y Conchita, fueron por todos los sitios que había estado yo el
día anterior. La encontraron en una cueva en la que se había quedado para
criar. Pero por la noche fue el lobo y la mató. Mi hermana estaba muy
enfadada porque era fiesta y por mi culpa había tenido que ir a guardar. Lo
siento hermana, yo simplemente era la pequeña y hacía lo que podía.
Algunos vocablos para que tengáis ganas de aprender:
Punto de cruz: es una forma popular de bordado en la que se usan puntadas
que quedan en forma de equis.
Frivolité: es una variedad muy curiosa de encaje.
Mayoral: responsables de organizar fiestas y saraos.
Alpargatas: es un tipo de calzado de hilado de fibras naturales con suela de
esparto, que se asegura por simple ajuste o con cintas.
Toque de oración: toque de campana que llama a la oración a las veinte
horas.
Plumier: caja alargada normalmente de madera donde se llevaban los
lápices y la goma.
Pollo tomatero: pollo para cocinar con rango de peso entre medio y un kilo.
Pella: embutido redondo de la mayor calidad, que se hace rellenando la
porción adiposa que recubre el riñón del cerdo.
Sartenada: lo que se fríe de una vez en la sartén, o lo que cabe en ella, en
este caso restos de matanza.
4. La ilusión que teníamos entonces por cualquier
cosa
En aquella época, todos iban a misa los domingos, había gente muy
católica, mis padres no eran de esos pero tenían que ir a misa como todos.
El cura mandaba mucho, junto con los más ricos que como siempre
mandaban. Los domingos estaba prohibido salir a trabajar al campo, si
veían a alguien lo multaban. El cura había prohibido el baile y en el pueblo
lo único que había para los jóvenes era el baile, ya que no había cine ni otra
cosa de entretenimiento.
Algunas jóvenes como mis hermanas y algunos hombres como mi padre,
iban a ensayar por las noches a casa del cura. Ensayaban la misa cantada,
los domingos desde el coro la cantaban. En las fiestas del Pilar la misa se
cantaba de otra manera. Era más difícil, por eso ensayaban mucho pero
resultaba muy bonita, sorprendía por los muchos cambios de voz. Entre las
cosas que ensayaban estaban: los cánticos para el Rosario y las novenas,
que justo en invierno siempre se hacían en la iglesia. El cura nos enseñó
muchos villancicos para Navidad, eran muy bonitos. Los cantábamos
mientras pasaba la gente a besar al Niño.
Hace unos años estuve en mi pueblo y fui a la iglesia, me trajo tantos
recuerdos, que no pude evitar llorar, recordé a mis padres y hermanas como
si estuvieran allí; y las misas cantadas, las fiestas, a toda la gente con las
mejores ropas. Cómo salíamos de misa y formábamos grupos para hablar,
sobre todo recordé a las amigas y la ilusión que teníamos entonces por
cualquier cosa.
Una temporada que no teníamos maestra nos daba clase el cura que era muy
recto. Nos enseñaba mucho, no sólo de religión, nos premiaba si lo
hacíamos bien y nos hacía tener ilusión por ser de las primeras de clase.
En aquella época, el cura, los maestros y el practicante, eran unos
privilegiados, mucha gente les daba cosas, mis padres cuando cogían las
primeras cosas del campo, tomates, lechuga, fruta, siempre nos mandaban
con una cesta a llevarles a cada uno, un poco de cada cosa.
Para la primera comunión nos tuvimos que aprender todo el catecismo de
memoria. Después de la novena ,con toda la gente en la iglesia, salíamos
dos niñas delante del altar mayor. Sin mirar el catecismo una preguntaba y
la otra contestaba, hacíamos todo el trozo que él nos había enseñado. Tenía
truco porque casi siempre salíamos las mismas, había muchas que no se lo
sabían. A mí no me gustaba salir allí delante de todos, pero lo tuve que
hacer muchas veces.
Al año siguiente vino un enviado del Obispo para darnos la confirmación.
Era cuándo aún teníamos aquella maestra que nos enseñó tantas cosas. Se le
ocurrió adornar la entrada del pueblo con pancartas de dibujos hechos con
papelitos, tuvimos mucho trabajo pero quedó todo muy bonito. Nos enseñó
un baile regional que se llamaba: "Casome mi madre con un pastor”, lo
trabajamos para bailarlo al salir de misa delante de todos, como siempre a
última hora no se porque motivo, sólo lo bailamos la maestra y yo. Fue una
lástima porque nos lo enseño con mucha ilusión para que lo bailáramos
todas las niñas. Otra vez será...
El cura prohibía muchas cosas. Los domingos que no dejaba hacer baile, los
chicos se enfadaban mucho hay que entender que no tenían otra cosa para
estar con las chicas. Eran reuniones ingenuas en las que la música la hacían
dos hombres del pueblo con guitarras, pero el cura siempre veía al diablo
por todas partes. Para vengarse muchos no iban a misa para fastidiar al cura.
Más adelante ese cura se fue y vino otro muy joven con otras ideas. Se hizo
amigo de los jóvenes, nunca les prohibió el baile, es más iba con ellos a la
rondalla a cantar jotas por las esquinas. Logró que los domingos, todos
fuéramos misa.
Ya sé que varias os suenan, pero por sí ese día no fuisteis a clase aquí
tenéis:
Rosario: grupo de oraciones tradicionales católicas.
Novena: es un ejercicio de devoción que se practica durante nueve días.
Casome mi madre con un pastor: es un canto de esquileo, típico de la zona
de Aragón.
Os dejo la primera estrofa, otro día os la enseño a bailar:
A lavar la barreñuca y a fregar el pucheruco
no me gana a mí ninguna,
que me lo enseñó mi abuela cuando yo era pequeñuca.
Casome mi madre con un pícaro pastor
que no me deja ir a misa ni tampoco ir al sermón,
quiere que me esté en casa remendándole el calzón.
Ay, sí señor, es un regañón,
quiere que me esté en casa remendándole el calzón.
5. Cuanto me gustaba acunarla
Cuando Leonor tenía quince años, Conchita trece y yo once, nació Araceli.
A Leonor le daba un poco de vergüenza que mi madre estuviera
embarazada, porque ella ya era mayor y salía con un chico. Supongo que
por eso le tocó ser la madrina.
Yo estaba muy contenta de tener una hermana pequeña , podría mimarla y
deseaba que me quisiera mucho.
Ya os he dicho que mis hermanas mayores siempre iban juntas a todos los
sitios, a trabajar y cuando eran las fiestas de los pueblos vecinos, si mi
padre las dejaba, también se iban. Podían quedarse a dormir en casa de
algún familiar, pero a la mañana siguiente a la hora normal de estar en el
campo, tenían que estar. Cuando uno es joven aunque tengas que madrugar
hace todo lo posible por divertirse, por eso y a pesar de todo les gustaba
mucho ir al baile y disfrutar de amigas y amigos.
Leonor era muy atractiva y bailaba muy bien, de verdad que era muy guapa,
siempre tenía pretendientes. Conchita era muy simpática, siempre se estaba
riendo, nos alegraba la vida a todos. Ambas eran conocidas en todos los
sitios. Yo en cambio por ser la pequeña, era más seria, reflexiva e inquieta.
Supongo que por eso cuando nació Araceli, me pareció que sería más para
mi. No sabéis cuanto me gustaba acunarla, ver como se dormía y lo poco
que me costaba cuidarla.
Recuerdo los últimos Reyes de Araceli, ella ya sabía que eran los padres.
Los días antes estaba muy nerviosa y la víspera por la noche, cuando salían
tres chicos disfrazados encima de los machos y dejaban los regalos por las
casas. Justo a esa hora era cuando la gente salíamos a la plaza. Nos daba
pena verla tan nerviosa, mi madre le preparó una cajita con algunas
tonterías, la dejó en la ventana y nos fuimos a la plaza. Luego habló con una
tía mía que vivía al lado de casa y se lo explicó. Cuando volvimos Araceli
no había recibido nada y como es lógico estaba un poco triste. Llamó
entonces mi tía para ver que le habían traído, ella dijo: "nada" y mi tía le
contestó: "claro que te han traído, yo he visto que dejaban algo en la
ventana". La niña se levantó corriendo, fue a la ventana, cogió la caja y se
puso como loca de contenta. En ese momento se olvidó de quienes eran los
Reyes y todos disfrutamos de verla muy feliz.
Siempre había trabajo, muchas veces tenía que ir a llevar la comida al
campo, al mediodía cuando salía del colegio. Iba con una cesta con comida
caliente, porque no se comía de bocadillo.
Cuando estábamos en el campo, ese grande que teníamos que se llama El
Río, y se acercaba el mediodía, nos poníamos a mirar el canto de la
montaña, que era por donde se entraba a la finca, esperando que llegara mi
madre con la comida. Esa era la única alegría del día.
Alguna vez mi madre se venía antes y hacía la comida allí cerca del río:
paella, que era una auténtica fiesta. Después de comer se iba para casa, a mi
me daba mucha pena que se fuera.
El trabajo de la siega era muy pesado, se hacía con mucho calor. Nuestro
padre segaba con una dalla y nosotras con la hoz. Trabajábamos por los
bancales, que eran estrechos. Nos encargábamos de los lados del bancal y
recogíamos lo que se quedaba tras pasar la dalla. Ni que deciros que
teníamos que hacer fajos deprisa y bien. Era cansado, arduo, difícil y lo
controlaba el duro carácter de nuestro padre.
Hubo una época que mi padre hizo sociedad con dos chicos de Bordón para
sacar pinos de los pinares. Había unas personas que los cortaban, luego mi
padre con mis hermanas y esos dos chicos, armados cada uno de un macho,
arrastraban los pinos por el monte hasta un sitio al que podía llegar un
camión. Todavía hoy admiro a mis hermanas. No os imagináis lo peligroso
que era. El monte estaba todo sucio de ramas, romeros y matorrales. Los
machos cuando tiraban con fuerza salían corriendo; y ellas eran tan
pequeñas...
Mi madre se pasaba el día sufriendo hasta que llegaban a casa de noche.
Siempre diciéndole a mi padre que no las hiciera ir, que buscara un hombre.
Pero él se las llevaba, había veces que se iban a sitios y no venían a dormir,
pasaban tres o cuatro días sin venir y mi madre y yo sufriendo por su
regreso.
Un día estuvo a punto de pasar una desgracia. Conchita llevaba el macho, el
madero se giró, cogió el canto de una roca, el macho se iba hacia atrás por
el peso del madero, mi hermana no quería soltar el macho porque se
mataría, o lo que es peor mi padre se enfadaría con ella. Por suerte un chico
de los que trabajaba con ellos lo vio, fue corriendo y pudo soltar el madero.
Gracias a este hombre tengo hermana, porque ella lo hubiese intentado casi
hasta morir.
Mi madre cuando supo esto no podía consentir y los hombres que
trabajaban con mi padre, le decían a mis hermanas que se opusieran a mi
padre y que no fueran más. Pero al final siempre se hacía lo que decía él.
Hasta que un día mi hermosa hermana Leonor, dijo que no iba más. Él se
enfadó mucho porque no podía consentir que no le obedeciera, pero mi
hermana, más valiente que cuando tiraba de los pinos, estaba dispuesta a no
ir y así pasó.
Creo que por la dureza del campo y de mi padre mis hermanas decidieron
irse a Barcelona a servir. Leonor tenía dieciséis años y Conchita catorce. No
se si ellas son conscientes de lo mal que lo pasé yo. Sobre todo porque las
extrañaba, estaba acostumbrada a que ellas siempre estuvieran ahí, sabían
todas las cosas; pero si no estaban ellas, qué iba a pasar...
¡Ay!... Lo que pasó es que cuando terminó la temporada de los pinos, mi
padre buscó un chico para que le ayudara. Pero inevitablemente muchas
cosas me las mandaba a mí.
Ir a guardar era lo mejor que me pasaba. Para colmo de males a ese chico,
Joaquín, le dio tanta confianza, que más que un trabajador parecía el dueño.
Se iba a su casa a dormir, traía amigos a la bodega a beber vino y mi padre
lo trataba mejor a él que a mí. Yo le cogí mucha manía y miedo, porque
cuando estábamos solos en el campo, hacía cosas que no me gustaban nada.
Volvíamos, una vez, de un campo y como estaba lejos, íbamos montados en
un macho, con mi padre siempre íbamos así, él delante y yo detrás.
Entonces el me cogió las manos con malas intenciones y le dije que parara,
me bajé, fui andando hasta casa, pero tranquila. De esto nunca le dije nada a
mis padres, a mi madre porque hubiera estado sufriendo y ya tenía bastante
y a mi padre porque no tenía confianza para contarle estas cosas. Además,
si el trabajador hubiese dicho que era mentira, me da mucha pena decir esto,
pero creo que mi padre le hubiese creído a él.
Cuando tenía algún rato libre disfrutaba cuidando a Araceli, si me iba con
las amigas me la llevaba. Jugábamos a las tabas que es un hueso pequeño
que sale de la pierna del cordero y tiene cuatro formas diferentes que les
llamábamos, Hoyos, Tripas, Metetrés y Harrebamche. Jugábamos así, yo
con un brazo aguantaba a mi hermana, con el otro tiraba la pelota, movía el
hueso de la forma que tocaba y solía ganar muchas tabas. Esto sólo se podía
conseguir jugando mejor que las otras, o mejor dicho cuando podíamos
comer una pierna de cordero y eso en mi casa no pasaba casi nunca, era
demasiado caro.
Tenía muy pocas alegrías y muchos malos ratos. Mis padres discutían
mucho, mi madre nunca tenía dinero para nada y sólo trabajaba. Lo mismo
que yo. Mi padre en cambio controlaba el dinero. Mi madre se inventaba
trucos como cuando se compró tela e hizo dos delantales iguales, así el
hombre no se enfadó, porque creía que era uno, al ver el mismo color, no se
dio ni cuenta.
Me tocaba dormir encima de su habitación, desgraciadamente cuando les
oía discutir me asustaba mucho porque él se quería ir de casa eso me daba
miedo.
Lo pasé mal estando trillando en la era, cuando mi padre me mandó a darle
de beber a los machos. Me daba pánico porque teníamos que ir bajando por
cuestas de piedras. Los machos salían con las herraduras muy brillantes de
pisar el trigo y resbalaban mucho.
Una vez pasó una cosa que me cambió la vida. Fue algo tan simple como
que mi madre recibió una carta de una prima suya que vivía en Alcalá de
Chivert, Castellón. No los había visto nunca, estaba casada y no tenía hijos.
Se había caído y no podía hacer las cosas de la casa. Como sabía que mi
madre tenía cuatro hijas y una muy pequeña, le pedía si podría ir una para
cuidarla y quedarse con ellos, pues ya eran un poco mayores. Mis hermanas
ya estaban en Barcelona. Ella pensó que era una buena oportunidad ya que
sus primos estaban muy bien situados, ella tenía casa y tierras en Morella y
él casa y tierras en Ortells, ambos en la provincia de Castellón. Él además
era el director del Banco de Tortosa en Alcalá.
Mi madre pensaba que era mejor mandar a una de mis hermanas, pero no
estaban. A mí me veía muy pequeña, sólo tenía trece años. Pero yo le
insistía para que me dejara ir, que yo podía, que haría todo lo que me
mandaran y que pronto cumpliría catorce años.
Yo no había visto nunca a aquellos tíos pero tenía muchas ganas de irme,
estaba muy cansada de todos aquellos trabajos: bajar a la fuente que estaba
en el barranco para subir agua fresca cuando más calor hacía, barrer la paja
del grano con aquel polvo que se te ponía por todo el cuerpo, trabajar,
trabajar, trabajar, todo era sufrimiento, necesitaba cambiar...
Por eso insistí, insistí todo lo que pude y al final convencí a mis padres, que
decidieron llevarme a Alcalá de Chivert.
Prendida de sueños inicié una nueva etapa en mi vida.
Palabras ideales para pasear por el campo de mis recuerdos:
Dalla: guadaña, dalle o dalla es una herramienta agrícola compuesta de una
cuchilla curva insertada en un palo, usada para segar hierba, forraje para el
ganado o cereales.
Hoz: es una herramienta agrícola hecha de hierro, su principal uso el corte
de tallos de gramíneas, sobre todo de cereales.
Bancal: es aquella superficie horizontal en terrenos inclinados, producto de
la obra humana, que se sostiene por una pared.
Taba: hueso de cordero para la práctica de diferentes juegos infantiles.
Todos se basan en el lanzamiento de la taba a modo de dado, con la
particularidad de que, a diferencia del dado, las distintas caras de la taba
tiene formas diferentes y por lo tanto distinta probabilidad de salir.
6. Por primera vez vi el tren, el mar, el cine...
Mi casa de Luco estaba en un desnivel, abajo están los corrales, que daban a
una calle, la vivienda en cambio estaba arriba con la entrada por otra calle,
en conclusión te pasabas subiendo o bajando escaleras todo el día.
En Alcalá encontré un piso todo en el mismo plano, tenía cuatro
habitaciones grandes, cocina , comedor, cuarto trastero, dos terrazas una
bien grande delante y otra detrás que daba a la estación del tren. Por cierto,
pasaba a cada momento y había mucho trajín de pasajeros.
Debajo había un almacén muy grande con un pozo de donde sacábamos el
agua para todo. Tampoco había agua corriente, pero para mí era un regalo
subir sólo doce o trece escaleras con el agua. Recordaba entonces las
interminables cuestas de Luco y sonreía porque Alcalá era plano. Mi madre
se quedó conmigo dos días, luego se tuvo que marchar, se puso triste por
dejarme con desconocidos, yo en cambio la animaba, le decía: "estaré muy
bien".
Yo sabía bien cuanto sufría por mis hermanas que estaban en Barcelona,
siempre esperando las dichosas cartas, que entonces tardaban cinco días en
llegar y ahora yo también me iba, otro sufrimiento más para ella.
En Alcalá se habla valenciano, yo sabía algunas palabras que mi madre nos
había enseñado, pero allí todo era valenciano. A mí me hablaban en
castellano, pero yo ponía mucha atención cuando hablaban los demás para
entender qué decían y así de paso aprendía. Recuerdo que había una palabra
que se me resistía, la oía muchas veces pero por su situación en la frase, no
podía sacar que podía ser "l'estiu". Ellos, venga a decir "quan arribe l'estiu,
farem açó, o alló". ¿Qué era l’estiu? Cansada un día pregunté, se rieron
mucho, pues era el verano. Tengo en la cabeza muchas anécdotas de este
estilo. En la calle todos me hablaban valenciano, así que lo aprendí rápido.
Mis tíos eran muy buenas personas, eso si, muy católicos. Como mi tío era
el director del único banco que había, se trataba más con los ricos del
pueblo y por supuesto los ricos eran los más católicos. El tío, banquero
listo, era de misa diaria, la tía sólo iba los domingos y fiestas. Ella siempre
me pareció mucho mejor que él.
Yo pasé a ser la sobrina de Don Tomás lo del Banc, todos me miraban bien,
me presentaron una chica para amiga. Gracias a ella entré en un grupo,
siempre íbamos juntas. Las chicas tenían un grupo de amigos que siempre
se juntaban para jugar, sobre todo cuando hacían toros, Pascua, San Vicenç.
La primera vez que nos juntamos para San Vicenç nos conocimos Vicente y
yo, éramos unos críos. Cada domingo nos veíamos a la salida del cine o en
el paseo, porque por entonces los domingos por la tarde íbamos a pasear por
la carretera, no se preocupen no había tantos coches como ahora.
Lo que hacíamos por San Vicenç era coger la merienda y subir al castillo de
Chivert por la montaña. No había caminos, teníamos que ir por los
matorrales y cerca de las paredes de los bancales. Las amigas estaban
acostumbradas a andar en plano y les costaba mucho subir, a mí me parecía
fácil, recordad cómo era mi pueblito. Yo subía deprisa, luego tenía que
esperar a las demás. Arriba nos pusimos a merendar y como había costado
tanto de subir, no nos quedó tiempo de jugar, total que bajamos otra vez. La
verdad es que no me gustó mucho. Cuando bajábamos, Vicente no paraba
de hacerme bromas e intentaba jugar conmigo. Ahí empezó nuestra
amistad, que ahora hace sesenta y tres años. Sin lugar a dudas Vicente fue
lo mejor que me llevé de Alcalá... y de la vida.
Mis tíos lo primero que me prohibieron fue el baile. No entendía porque,
era lo que se hacía siempre en Luco para divertirnos. No le veía ningún mal,
pero no bailé nunca más. Al cine podía ir a las películas autorizadas para
menores. Entonces la Iglesia clasificaba las películas en: menores, mayores,
mayores con reparos y prohibida.
Mi tío me puso a limpiar en la oficina del banco, yo iba por las mañanas
antes de que entrara nadie a trabajar. Tras esto hacia la faena de casa: lavar
ropa, subir agua, comprar, fregar. Mi tía no podía hacer nada.
Yo estaba encantada con aquella vida, era tan diferente de la otra que estaba
feliz. En Luco todo eran montañas, trabajo durísimo, calles para arriba,
calles para abajo, sacrificios, enfados... En Alcalá todo era llano, por
primera vez vi el tren, el mar, el cine... todo me parecía estupendo,
precioso, creo que era feliz.
Mi madre le pidió a mi tía que me dejaran ir a Luco para las fiestas del
Pilar, porque también irían mis hermanas. Hacía más de un año que no nos
veíamos, tenía muchas ganas.
Mis hermanas venían de Barcelona para Luco, bajaron del tren en Vinaroz.
Ese mismo día, yo viajaba sola desde Alcalá a Vinaroz en un coche de
línea, a su encuentro. Una vez juntas cogeríamos otro coche de línea hasta
Morella. Luego otro hasta Forcall y allí nos esperaba mi padre con un
macho para cargar las maletas. Después de este lío de trenes y autocares
sólo nos quedaba caminar, de noche, tres horas para llegar a casa.
Yo estaba como loca con la emoción de ver a mis hermanas. Cuando el
coche se acercó a la parada en Vinaroz, las vi y me puse de pie aporreando
el cristal para que me vieran. Una señora que iba a mi lado, me dijo:
"tranquila, que ahora parará el coche y bajarás". Pero no me podía aguantar,
bajé volando y nos abrazamos las tres. Era tan feliz que no lo olvidaré
nunca.
Mi madre y Araceli salieron por la carretera andando para encontrarse con
nosotros, cuando nos vimos fue una emoción muy grande para todos,
éramos tan felices todos. Creo que ninguno lo ha olvidado. Todas
hablábamos con mi madre a la vez, le queríamos decir todo, contar cada una
de las cosas nuevas, compartir con ella todo lo bueno. En esa situación mi
padre siempre se quedaba un poco aislado pero sé que estaba muy contento
de tenernos a las tres. También él había cambiado y ahora yo notaba que se
sentía orgulloso de sus hijas.
Araceli cuando se fueron mis hermanas, solo me tenía a mí. El día que
regresamos le decía a mi madre: "esas chicas que han venido de Barcelona,
todo lo tocan y de todo comen".
Cuando llegábamos a casa todo lo encontrábamos mejor que antes de irnos,
mis hermanas habían pasado muchos apuros sirviendo para poder ayudar.
Por ejemplo Leonor tenía que llevarse pan seco al lavabo para comérselo
sin que la vieran, a la pobre le daban muy poco de comer. Conchita se puso
enferma y tuvo que estar en casa de una tía. Cada vez que lo pienso se me
pone la piel de gallina, esas valientes cambiaron varias veces de casa. La
razón es muy simple, había muchas casas que no tenían dinero pero querían
tener criada. La gente por aparentar abusaba de mis hermanas y de muchas
otras que intentaron salir adelante.
Mi madre tuvo que ir a Valencia, allí tenía una hermana, para suerte mía
dejó a Araceli en Alcalá, fue estupendo con sus tres años, sólo quería estar
conmigo que me llamaba: "mi Madia”. No pronunciaba bien la erre me
hacía mucha gracia, fui muy feliz con ella, la quería mucho, íbamos a todos
los sitios juntas.
La casa de Alcalá tenía una terraza muy grande con un huerto que daba a la
estación. Cuando llegaba el tren salía a verlo estaba mucho rato allí parado
y me encantaba ver la gente que bajaba o subía al tren.
Como le daban tanto valor al agua, había una pobre mujer un poco mayor,
que hacía de aguadora; antes de llegar el tren, venía a nuestra casa, llenaba
dos cántaros de agua del pozo que teníamos en el almacén que además salía
muy fresca y se iba al andén y repartía vasos de agua a los del tren que se
asomaban a las ventanillas. Le daban la voluntad, siempre corría de un lado
para otro, hacía lo que podía para sobrevivir.
Mi tía también salía conmigo, era una distracción enorme. A veces paraba
delante de la terraza el coche restaurante, y se asomaba un pinche que
trabajaba en la cocina. Una vez cuando se iba el tren sacó la mano, me
enseñó una carta y la tiró fuera. No me faltó tiempo para bajar a la calle,
pasar a la vía a recogerla. Subí a casa, la leí y se la enseñé a mi tía. Me
decía cosas muy bonitas, empezaba diciendo " morenita de la azotea" y
muchas más cosas que no os voy a decir por pudor. Era muy educado, la
carta muy bonita, preguntaba de qué forma nos podríamos ver para hablar,
salir juntos o escribirnos. Me mandaba su dirección, no le contesté, aunque
me hizo mucha ilusión que alguien se fijara en mi.
Se cocinaba con un fogón que se llenaba con serradura, era de metal alto y
redondo. Se ponía un rodillo de madera en el centro y se iba poniendo
serradura apretándola mucho por todos los lados, cuando estaba lleno, se
quitaba el rodillo del centro con mucho cuidado y quedaba un agujero.
Entonces por una ventanilla que tenía en la parte de abajo, se encendía y se
iba quemando del centro hacia los lados, se ponía la cazuela encima del
fogón y se cocía la comida.
En Alcalá había un problema con el agua, no había agua en las casas. Pero
no creáis, tampoco había en las fuentes del pueblo, en esto si que extrañaba
mi pueblo por toda el agua que había. En Luco la fuente corría
constantemente, un agua clara que hoy todavía corre. La fuente ni siquiera
tenía llave para cerrarla, siempre estaba saliendo agua, luego la
aprovechábamos para regar los huertos.
En Alcalá, había muchas discusiones por el agua, en las fuentes del pueblo,
las dejaban manar dos horas al día. Las mujeres iban dejando los cántaros
alrededor de la fuente haciendo cola y cuando llegaba el agua, cada una
llenaba el suyo y se iba. Sólo dejaban llenar un cántaro por casa para beber,
el problema venía con un cubo, que era un poco más grande, pues entonces
alguna protestaba y a veces había alguna pelea.
La mayoría de las casas tenían cisterna, que es un pozo hecho en el suelo de
la entrada de la casa con una boca para entrar y sacar agua. Cuando llovía
se recogía toda el agua del tejado con una canal y al final un filtro que
limpiaba el agua que entraba a la cisterna.
Cuando mi tía se puso bien, por las tardes salíamos los tres a pasear, y los
domingos por la mañana. Íbamos las dos a misa de ocho y después al
mercado, que se hacía el domingo, yo sólo le ayudaba a llevar el peso. Eso
sí, cuando llegábamos a la última tienda que era un colmado, le recordaba
que comprara el flan en polvo para hacer en casa. Es que me encantaba. Mi
tía, entre sonrisas, comentaba con otras personas que yo no le recordaba
nada más que el flan.
El Banco de Tortosa lo compró el Banco Central. Mi tío todavía no tenía la
edad de jubilarse pero si pasaba al otro banco, no pasaba como director y no
quiso y se quedó en casa.
Me pusieron en plantilla de limpieza del Central y cada mañana a las siete
entraba, para tenerlo listo cuando llegaran los demás. Cada día, cuando
Vicente se iba a trabajar, que estaba de jornalero, pasaba por el banco y por
la ventana hablábamos un poco. Luego me iba a casa, hacía el trabajo, los
recados y por la tarde iba a coser a casa de una modista. Estábamos tres o
cuatro chicas, no nos enseñaban a coser. Estábamos para hacer el trabajo a
mano, porque las máquinas no eran automáticas. Tengo que reconocer que a
mi me gustaba mucho coser, me lo pasaba muy bien. Había una costurera
que contaba muchos chistes, nos reíamos mucho. Yo que siempre he tenido
mucha memoria, cuando iba a Luco por las fiestas se los contaba a mis
hermanas y amigas, nos reíamos mucho.
Por la noche cuando salía de coser, Vicente ya había llegado del campo. Iba
a casa, se arreglaba, se ponía cerca de donde yo salía de coser, me
acompañaba hasta cerca de casa. Hablábamos un rato, éramos muy jóvenes,
por lo que no se nos pasaba por la cabeza la palabra novios. Lo cierto es que
estábamos bien cuando estábamos cerca el uno del otro y hablábamos.
La madre de mi amiga le dijo que a ese chico no teníamos que dejarlo venir
con nosotras. Porque no era ni para ella, ni para mi, ya que era de una clase
baja. La verdad, yo no sabía si iba a seguir con él o no, pero a mí eso de las
clases no me ha importado nunca, mucho menos entonces. Cada uno tenía
sus reparos, a los padres de Vicente no les parecía bien que saliera conmigo
ya que era forastera. No sabían nada de mi familia, pero nosotros seguíamos
siempre juntos sin plantearnos qué pasaría más adelante.
Cada año para el Pilar volvía a Luco, cuando íbamos por la noche de
Forcall a Luco con mi padre, tenía miedo. Era la época de los Maquis que
después de la guerra se habían refugiado en las montañas. Por la noche
bajaban a las masías a pedir comida, dinero, les amenazaban para que les
dieran lo que ellos exigían. Además no podían decir nada a la Guardia Civil
porque los matarían. Y por si fuera poco, la Guardia Civil, aparecía
preguntando si habían estado los Maquis. Si decían que no, se enfadaban y
les pegaban para sacarles lo que ellos llamaban “la verdad”. Así que la
pobre gente de mi pueblo siempre estaban en peligro o por unos o por otros.
Un vecino, una noche que caminaba con su hijo y los machos cargados lo
pararon los Maquis, retuvieron a su hijo y le hicieron ir a su casa a buscar
dinero. Cuando volvió, se llevaron el dinero y los dejaron en libertad.
Siempre salían por la noche. Cerca de Luco había un grupo de casas
llamado Torremocha que bajaban muchas veces, la gente del lugar decían
que la Guardia Civil les tenía miedo, ya que siempre aparecían después de
que se habían ido los Maquis. En Torremocha hicieron una redada, se
llevaron una persona de cada casa a la cárcel, al resto los hicieron volver a
vivir a Luco y cerraron todas las casas. A los que se llevaron a la cárcel, les
pegaron mucho para que dijeran la verdad. Hubo un hombre que tenía un
bar, que le pegaron tanto, que al final confesó que cuando los guardias
entraban por la puerta de abajo, los guerrilleros se iban por la de arriba. A
este pobre hombre lo mataron. A los demás con el tiempo los fueron
soltando, pero nadie volvió a Torremocha.
En Alcalá hice muchas amigos , que me han durado toda la vida. Conocía
mucha gente, todos me apreciaban, eran muy amables y me lo pasaba muy
bien.
Allí cambió mi forma de ser. Antes era seria, pero Alcala me abrió los ojos
a cosas nuevas. Me convertí en una mujer más alegre, me gustaban mucho
los chistes, me gustaba mucho ir cada tarde a coser con las otras chicas, me
gustaba mucho la vida.
Con los tíos estaba bien, me tenían con la intención de que estuviera
siempre con ellos. Pensaban que les cuidaría cuando fueran mayores, todos
pensábamos lo mismo. Mi tío, estando a solas conmigo, me decía: "Si me
muero el primero, todo lo mío te lo dejo a tí. Y si se muere la tía primero, la
casa de Morella será para una sobrina de la tía; pero todo lo demás para ti".
Yo no entendía nada, a mi no me interesaba el dinero, ni pensaba en la
herencia. Más tarde comprendí lo que me decía.
Mi intención es que estuvieran contentos conmigo, hacer todo lo que me
mandaran, ser la mejor persona posible. Cada año cuando cumplía los años,
siempre me proponía ser mejor, quería que la gente me quisiera, procuraba
portarme bien con todo el mundo.
Mientras estuve con ellos, lo que ganaba en el banco, era para comprarme
lo que necesitase, ganaba muy poco, por supuesto mis tíos no me pagaban
nada, era normal. Me compraron algún vestido y zapatos, ya que yo de mi
pueblo traía muy pocas cosas. Tuve mucha suerte: comía muy bien y no
pasaba necesidades.
Me hicieron de Acción Católica, éramos un grupo de chicas con presidenta,
que estábamos para ayudar en la iglesia. Enseñábamos el catecismo a los
niños que tenían que tomar la primera comunión y cosas así. Íbamos mucho
a la iglesia, creía que eso era lo bueno y yo siempre he procurado hacer el
bien a los demás. Entonces igual que ahora, no puedo ver sufrir a nadie,
porque me pongo en su lugar y sufro por todos. En esto he puesto mi fe.
Hablando de fe, recuerdo que hubo una época que mi madre lo pasaba muy
mal; yo me iba a la iglesia y pedía que mi madre no sufriera más, que fuera
feliz, inclusive ofrecía mi salud para que ella pudiera estar bien.
El tío siempre decía que yo era muy poco cariñosa, que no les besaba
nunca, llegó a decirme: "a ti los mosquitos no te pican porque tienes la
sangre muy amarga". Tenían una sobrina en Barcelona, que cuando venía a
Alcalá siempre les estaba besando y eso a él le gustaba.
Más tarde pensé que suerte que yo no era así.
Estuve cuatro años en Alcalá. Les quiero contar algo que me cuesta mucho
escribir, pero creo que me toca contar una experiencia realmente mala.
Yo acababa de cumplir dieciocho años, había estado en las fiestas de Luco
como cada año. Al día siguiente de llegar, domingo, mi tía se fue a misa y
al mercado. Como yo estaba cansada del viaje, mi tío no me despertó.
Estaba durmiendo y noté que me cogían la manos, que me besaban, me
desperté de golpe, asustada. Delante de mí, estaba mi tío en calzoncillos,
con un aspecto, que aún hoy cuando lo recuerdo, me da miedo. Salté de la
cama, pregunté por mi tía. Me dijo que no estaba. Aún me asuste más. A
solas con él...
Me fui corriendo de la habitación, cuando él salió entré otra vez para
vestirme rápido. Me fui a encontrarme con la tía, ella se extrañó cuando me
vió, yo le dije que me había despertado y que quería ayudarla. La mujer no
se imaginaba la verdad y yo no se lo dije. No sé si hice mal, pero pensaba
que era lo mejor para ella. Además si se lo decía, tendría un disgusto muy
grande, se pelearían. Enseguida empecé a pensar en la forma de irme de
allí, claro está sin perjudicarle a ella. Todo el pueblo los quería y los tenía
por excelentes personas, ella sí lo era en verdad.
Fue un desengaño tan grande ver aquel hombre, que yo lo tenía por
ejemplo, cada día a misa... Que fuese capaz de hacer aquello conmigo, no
me lo podía creer. Quizás le hubiese perdonado, si no fuera porque cada vez
que me cruzaba con él en casa, me insistía con lo mismo: "todo el mundo lo
hace". Hasta me llegó a decir que mosén Aniceto, que era un sacerdote
íntimo amigo suyo, que llevaba toda la vida hospedado en la casa que yo
iba a coser, también lo hacía con la modista...
Cogí un miedo tan grande que sólo quería salir de allí, les escribí a mis
padres diciéndoles que quería volver a casa. Yo no dormía por las noches,
antes de acostarme, ponía un baúl detrás de cada puerta de la habitación,
tenía dos y no tenían llave. Para colmo de males mi tía no podía oír porque
estaba bastante sorda. Así que aunque pusiera los baúles en las puertas tenía
miedo de quedarme dormida y no poder defenderme.
No quise decir nada a nadie, para que no se corriera por el pueblo, le dije a
mi tía que quería volver con mis padres. Me preguntó mucho por qué, yo
contestaba que los añoraba, que quería volver, ella no me comprendía.
Estaba tan mal que me duele hasta recordarlo. Si mi tía se iba a algún sitio
yo me iba también. Muchas veces a la iglesia, allí no había nadie, lloraba,
rezaba y me desahogaba un poco hasta que volvía a casa. No podía comer.
Sólo verle al lado se me iba la gana. Él insistía cada momento que mi tía no
estaba delante. Él insistía...
Se creía que no me iría porque tenía el empleo del banco y al estar
asegurada, eso me serviría para la vejez. Me decía que sí me iba a
Barcelona a servir, me encontraría con lo mismo. Le dije que yo haría lo
mismo: me marcharía.
Hablé con un chico del banco que teníamos mucha amistad, pues mis tíos y
sus padres eran muy amigos. En los santos y cumpleaños siempre nos
juntábamos las dos familias. Le pedí que buscaran otra porque me iba, se
quedó sorprendido pero no le dije el motivo.
Cuando se enteraron mis amigas también se sorprendieron, pero el más
sorprendido de todos fue mi tío, que se creía que yo no dejaría perder la
paga para cuando fuera mayor, ni todas las promesas que él me había estado
haciendo. Pero a mí nunca me ha interesado el dinero, me gusta tenerlo
como a todos, pero ganado honradamente.
Escribí a mis padres, que no era fácil comunicarme con ellos ya que en
Luco no había ningún teléfono y además las cartas tardaban unos cuantos
días en llegar. Nadie comprendía por qué quería volver, hacía muy pocos
días que me había ido, estaba tan contenta en Alcalá...
Conchita, que estaba en casa, fue a Morella, me llamó por teléfono donde
yo cosía, que por cierto también era la central de teléfonos del pueblo, y le
conté lo que pasaba. Enseguida vino mi madre a buscarme. Se enfadó
mucho con el tío y él solo sabía decir: "he tenido un mal pensamiento".
Los tíos siguieron viviendo unos años en Alcalá, luego se fueron a Ortells
que era el pueblo de él. Tenia allí una casa grande, tierras de labor. Mi tía
nunca había querido ir a vivir allí. Pocos años después ella murió. La
recuerdo con mucho cariño.
Espero que estéis disfrutando tanto leyendo como yo escribiéndolo, pero
por si tenéis alguna duda aquí aclaro las siguientes palabras:
Censura: es el poder que ejerce el estado para prohibir la difusión a un
estadio público de una noticia, un libro, una película, etc.
Coche de línea: sistema de transporte terrestre formado por una flota de
autobuses. El sistema de transporte estaba fatal y las carreteras peor. Os
pongo un ejemplo de lo que nos costaba llegar de Alcalá a Luco. Primero
íbamos de Alcalá a Vinaroz, allí cogíamos otro coche de línea hasta
Morella, allí otro hasta El Forcall, y en esta parte del trayecto ya habíamos
invertido cinco horas y todavía nos quedaba ir caminando hasta Luco.
Aguadora: la persona que vende y distribuye agua entre la población.
Serraduras: partículas de madera que se desprenden al serrar.
Cisterna: depósito subterráneo donde se recoge y conserva el agua de la
lluvia.
Maquis: conjunto de movimientos guerrilleros antifascistas de resistencia
en España que comenzó durante la Guerra Civil.
Acción Católica: organización con el objetivo de encuadrar y socializar a la
población femenina en unos ideales de feminidad acordes con la ideología
nacionalcatólica del franquismo.
Mosén: título que reciben los clérigos en tierras del antiguo reino de
Aragón.
7. No era una criada, era una señorita
Conchita estaba en casa, dejó la casa que estaba sirviendo en la ciudad,
esperaba hasta que saliera una casa buena. Intentaba encontrar alguna
familia que se tuviera buenas referencias, aunque luego las cosas salen
como salen.
Mi madre siempre había dicho que no quería que sus hijas fueran a servir,
porque sabía lo que era. La mujer andaba ilusionada con poner algún bar o
casa de comidas en Morella y trabajar todas juntas. Pero era imposible, no
había dinero, nos teníamos que trasladar a vivir a Morella.
Todo quedó en un sueño, tuvimos que ver cómo ir a Barcelona las tres.
Nosotras sabíamos hacer muchas labores, pero la única forma de tener cama
y comida gratis, era poniéndonos a servir.
Leonor se apuntó a un curso para aprender de modista por correspondencia.
Cada noche después de cenar se ponía a hacer los patrones que le pedían.
Los enviaba por correo y se los devolvían si no estaban bien, entonces ella
los repetía. Cuando se fue a Barcelona, siguió con el curso hasta que lo
terminó y le dieron el título. El curso se llamaba "Susana Lahore".
Poco a poco fue conociendo señoras que estaban dispuestas a darle trabajo
de coser. En cuanto pudo dejar de servir, se cambió a una habitación
realquilada y cada día iba a coser a una casa.
Le daban la comida, ella cosía muy bien, las señoras se lo decían a sus
amigas y no le faltaba trabajo. Le pagaban por días, se llevaba trabajo a
casa y eso lo cobraba aparte. En la habitación tenía una máquina de coser.
Trabajaba, pero era libre, que era lo que queríamos todas.
Conchita y yo estuvimos unos meses en casa pero después nos fuimos a
Barcelona, que para mí era la primera vez.
Encontramos dos casas en la calle Ausias Marc, ella en el chaflán con
Bailén y yo entre Bailén y Gerona. Es una portería diferente a todas las de
esa calle porque tiene la figura de un árbol de obra en cada lado, que
simulan aguantar el balcón. El piso era muy grande, tenía seis habitaciones,
comedor, sala de estar, cuarto de costura, baño y cocina grande. En un sitio
que había dos lavabos y aprovechando que los eran techos muy altos,
dividieron la parte alta y ahí había una habitación que era donde dormía yo.
El techo era bajito, había una ventana cerca del suelo que daba a los patios.
Yo pasaba miedo cuando me iba a dormir, pensaba que sí tenía que llamar
por algún motivo no se enteraría nadie. Pero lo que me daba más miedo es
que subiera algún hombre. Ese miedo me duró mucho tiempo.
Cuando me iba a dormir, aunque estaba muy cansada, me ponía cuentas de
dividir por tres o cuatro cifras. Las hacía porque temía que si no practicaba
me olvidaría. Hacía labores para mi, porque durante el día no tenía ni un
momento libre. Nunca me quedaba sola en la casa y trabajaba para dos
personas, todos los pisos de la escalera, tenían dos criadas, pero allí solo
una. Pasaba hambre, por la noche tenía que guardarme verdura para
desayunar al día siguiente, no tenía otra cosa. El pan lo tenía contado, si
comía más, no tenía para la siguiente comida, aunque a ellos les sobrara.
Cuando lo compraba, ya se ponía por separado. Leche se compraba un
cuarto para cada persona. En la casa vivían seis personas, muchas veces
venía otra hija casada o un primo cura; entonces un cuarto de leche más por
persona, pero para mi no había.
En verano tenían en la nevera un botijo especial para agua fresca, yo
trabajando sudaba mucho y alguna vez fui a beber de ese botijo, pero
enseguida me dijo la señora que no bebiera más, porque sí abría la nevera se
gastaba mucha luz.
Tenían una farmacia, eso daba para todos los gastos. La hija tenía profesora
de piano, que venía a casa a darle clase. La modista venía un día a la
semana, pero para comer no gastaban, o al menos para mí había muy poco.
Cuando iba a ver a Conchita, siempre me daba algo de comer. Ella estaba
en una casa de un matrimonio, la trataban muy bien, estaba casi todo el día
sola. Si había hecho pasta para hacer croquetas, me daba y me gustaba
mucho. Ella se encargaba de cocinar, había poco trabajo y estaba muy bien,
la verdad es que ya le tocaba.
Yo no quería quejarme porque todos decían que los principios son malos y a
mis hermanas tampoco se lo decía porque ellas ya habían pasado lo suyo.
Los jueves y domingos por la tarde que librábamos, nos juntábamos
Conchita y yo e íbamos a ver a Leonor. Que bien, la tarde juntas, muchas
veces cosiendo, nos ayudábamos, era estupendo estar las tres juntas.
Algunos domingos salíamos de excursión con chicos y chicas que conocía
Leonor. ¡Antes de las nueve a casa!
Fui una tarde con Conchita a un recado a una calle del barrio de Santa
Catalina, son calles antiguas y estrechas, se hizo de noche. Debíamos volver
a casa, nos perdimos por aquellas calles, todas parecían iguales. Conchita
conocía más Barcelona pero la zona que estábamos no.
Al final, asustadas, nerviosas, nos encontramos con una plaza que estaba
muy cerca de donde trabajábamos, lo cierto es que habíamos pasado
montones de veces, pero siempre llegábamos a la plaza por un lado
diferente al que estábamos acostumbradas y no la reconocíamos. Era la
plaza Urquinaona, por fin supimos dónde estábamos y no pasó nada.
Las plazas las conocíamos por los anuncios fluorescentes, porque las tres
plazas que más conocíamos eran Universidad, Cataluña y Urquinaona. Cada
plaza tenía los anuncios diferentes con eso por la noche nos orientábamos.
En el tema de calles era muy fácil desorientarse al principio. Tenía mucho
interés en aprenderme los nombres de las calles y la numeración porque me
parecía que todas eran horizontales. Pronto aprendí los nombres y que la
numeración empieza siempre de mar a montaña y de la parte de Valencia
hacia Francia. Menos La Diagonal que los números van al revés. Valía
mucho saberlo porque si estaba en una calle y no estaba segura de hacia
dónde tenía que ir, mirando los números sabía que los pares siempre están a
la derecha y así me orientaba.
Cuando llegó el verano, los señores y yo nos fuimos a un pueblo que se
llama Pla del Panadés, tenían una hija casada y con un hijo. Un criado les
ayudaba en la granja de gallinas, el yerno iba a vender los huevos por los
mercados. Los padres de la señora tenían una torre y por la noche se iban a
dormir allí. Los demás en casa de la hija, esta tenía una chica que le hacía
las faenas. A la llegada me dijeron que empezara a limpiar que luego
vendría la otra, yo fui haciendo sin parar y la otra nunca vino. Más tarde
cuando la conocí, le pregunté y me dijo: "me dijeron que no viniera". Tenía
una habitación con una cama turca y había muchos trastos, me encerraba
con llave. Una noche picaron a la puerta unas cuantas veces, me asuste pero
no abrí, al día siguiente nadie me dijo nada.
Los señores muchas veces se iban a Barcelona, una vez a su regreso les dije
que yo no podía con todo. Les sentó muy mal, su madre me comprendía,
ella también estaba harta aunque no lo decía, le tocaba hacer todas las
comidas a ella y yo, cómo no, le ayudaba. Cuando volvimos a Barcelona, la
señora me ponía mala cara. Seguía haciendo todo igual pero me dolía verla
tan seria conmigo. Un día no aguanté más, le pregunté qué le pasaba
conmigo y me dijo: "no estamos contentos contigo, no nos gustó que
protestaras cuando estábamos de vacaciones".
Le contesté: "entonces me voy". Más tarde su madre me preguntó: ¿por qué
te vas? Y yo insistí: "si no están contentos conmigo, me voy". Me replicó:
“no hagas caso de mi hija, no sabe lo que dice".
Yo estaba tan harta, que preparé mis cosas, se creían que les daría unos días,
pero no lo hice. Antes de preparar todo fui a ver a mi hermana y le expliqué
lo que pasaba, ella habló con su señora y permitió que fuera a dormir con
Conchita.
Estuve de vuelta una temporada en Luco esperando que mis hermanas
encontraran una casa buena. Hacia lo que podía y me pedían: un jersey, o
recoger puntos de las medias, que se recogían con una aguja especial,
cobraba algo pero era muy poco. Hasta hice dos ramos de flores de papel
para un altar de la iglesia, que me pidió una señora.
Un día el cartero trajo un telegrama de mis hermanas diciendo que tenían
una casa muy buena, que fuera enseguida. Era una amistad de la señora a la
que le tenía la habitación alquilada Leonor. Con el mismo cartero, contesté
que iba en dos días. Era invierno cuando me fui para Barcelona, hacía
mucho frío, había nevado. En el autobús de Morella a Vinaroz, sólo iban
tres hombres, no había calefacción. Tuve que poner las piernas encima del
asiento y sentarme encima. En Vinaroz tuve suerte, ya que el tren que tenía
que coger funcionó, muchos trenes no funcionaban porque se había
congelado el agua de las máquinas.
Al día siguiente fui a mi nueva casa, en la calle Muntaner entre Provenza y
Rosellón. Me recibieron con un tazón de café con leche y una pasta, fue
estupendo. Mi habitación estaba en el centro del piso y era una habitación
como todas. En la casa no había ningún hombre, era una señora, Montserrat
de nombre, que hacía poco había quedado viuda. Dos hijas, la mayor
catedrática y la pequeña enfermera, tenía cuatro años más que yo. Eran
buenas personas y educadas. Me trataron bien y nunca me faltó comida.
Salían mucho de casa, las hijas por su trabajo, la madre salía a comprar, que
luego pasaba yo a recoger la compra al mercado y por las tardes salía con
amigas. Yo sabía lo que tenía que hacer, la limpieza estaba muy bien
programada para cada día de la semana, cada semana lo mismo. Lo hacía
rápido, siempre me quedaba tiempo para mis cosas. Era una casa estupenda
y allí estuve hasta que me casé y hemos seguido siempre en contacto, la
madre y la hija mayor han muerto. Con la pequeña, seguimos llamándonos
por teléfono y visitándonos. Siempre me dijeron que no habían tenido
ninguna persona como yo. Estando con ellas, decía que yo no era una
criada, era una señorita.
Cuando yo me fui, se lo dije a una chica de mi pueblo que estaba en otra
casa, la dejó para venirse, me dijo que cuando se referían a mi siempre
decían “nuestra Maria”. Aprendí muchas cosas en aquella casa.
Al principio me extrañó mucho que cuando se salía, cerraban una
habitación con llave. En ese sitio sólo había armarios y cómodas. Cuando se
tenía que limpiar, siempre estaba la señora. Me dolía que no se fiaran de mi
porque era incapaz de quedarme con algo que no fuera mío. Cuando
limpiaba en el banco me encontré quinientas pesetas debajo del mostrador y
cuando vino el cajero se las di. Se alegró mucho porque me dijo que el día
anterior, habían tenido una discusión con un cliente que decía que había
entregado quinientas pesetas más, el cajero decía que no. Estando en la otra
casa también me encontré quinientas pesetas debajo de una cama, como es
natural las devolví. Me duele que desconfíen de mi.
Cuando me conocieron un poco, me lo explicaron y ya dejaron siempre la
puerta abierta. En esa habitación guardaban el ajuar de la hija mayor que
tenía novio y el ajuar era de mucho valor. Un día se dieron cuenta de que
faltaban muchas cosas, averiguaron que había sido la criada. Otra sirvienta
les robaba comida, pasaron por allí sirvientas de todas las clases, por eso no
se fiaban. Cuando me conocieron ya cambió todo, además conocieron
también a mis hermanas y nos apreciaban mucho a todas.
Yo cada vez hacía más cosas. Cuando se acercaba el invierno venía un
operario a colocar las cortinas. Eran cortinas que se cruzaban y un poco
complicadas. Me parecía que aquello era tirar el dinero. Entonces me fijé
bien, estaba segura de que yo las podía poner. Decidí hacerlo yo y a partir
de ese momento las puse siempre yo, al igual que se dejaron de llevar a la
tintorería y a planchar. Cuando se estropeaba la plancha, arreglaba los
cables del enchufe, si se rompía la cisterna del inodoro la arreglaba yo, y así
un montón de cosas. La comida la hacía la señora, yo estaba a su lado
ayudándole, empecé a hacerla yo cuando no había invitados. Venía una
persona que hacía arreglos en las ropas, pero dejó de venir. Me gustaba
coser y como hacía la limpieza rápido, me quedaba tiempo para coser. Me
hacía mis uniformes, no me gustaba nada el uniforme que llevaban todas las
sirvientas por la calle. Le pedí a la señora que me comprase tela y me hice
unos uniformes a mi gusto, que nadie más tenía... Yo disfrutaba cosiendo.
Mientras estuve en Luco, aproveché para copiar los dibujos y patrones de
los libros con los que estaba aprendido Leonor a cortar vestidos. Así
aprendí a sacar patrones tomando las medidas a la persona. ¡Qué ilusión me
hacía! Toda mi ropa me la hacía yo.
No tenían lavadora y toda la ropa la lavaba a mano. Primero la ponía en
remojo, después la lavaba en un lavadero de la casa. La ropa blanca la ponía
con lejía unas cuantas horas. No había mochos para fregar el suelo, lo
fregábamos de rodillas y con trisódico en el agua. Las alfombras, que había
una grande en el comedor y era lo primero que hacía al levantarme, tenía
que cepillarlas con un cepillo y de rodillas, no había aspiradores.
Empezaron a dolerme mucho los huesos, fui al médico, me hizo
radiografías y pruebas, me dijo: "no haga esfuerzos". La familia, muy
generosa, decidió comprar una lavadora de turbina. Era más descansado
pero la cosa no mejoraba, el médico me mandó una faja ortopédica,
inyecciones de calcio y no trabajar.
Me tuve que ir otra vez a casa, pero antes, la señora me pidió si podía poner
a alguien conocida y vino una prima mía de mi edad, que estaba en Luco.
Ella nunca había estado sirviendo ni tenía intención de hacerlo, pero me
hizo ese favor mientras yo me ponía bien.
En ese tiempo, mis padres ya estaban pensando dejar el pueblo. Mi padre
tenía úlcera de estómago y le iba muy mal trabajar en el campo. Cuando mi
madre quedó embarazada de mí estaban viviendo en Morella, ya que mi
padre trabajaba de chófer para una empresa. Él hacia el transporte entre
Morella y Barcelona. Cuando vio que le iba tan mal en el campo, empezó a
buscar trabajo de chófer. Se fue a Villarreal de los Infantes.
Yo estaba en casa por lo del reposo, por cierto que yo necesitaba ponerme
inyecciones. Cuando fui al practicante para que me las pusiera, me dijo que
no podía, porque mi padre se había dado de baja en el padrón. Esto nos
sentó muy mal a todos, mis padres habían hecho mucho por ellos, siempre
les habían dado las primeras frutas y hortalizas que cogía en el campo.
Además eran muy amigos, pero dijo que no. Yo le dije a mi madre que yo
me pondría la aguja, ella me podía poner el líquido. Había visto poner
inyecciones en la casa que estaba en Barcelona, como una hija era
enfermera, tenía clientes que venían a casa para que se las pusiera. Eran
jeringas de cristal, yo las hervía cada vez que ponía una. Decidimos que yo
hervía, la preparaba y clavaba la aguja en el muslo, mi madre hacía entrar el
líquido. El asunto no era muy agradable, pero no podíamos hacer otra cosa,
allí no había nadie que las supiera poner.
Mi padre trabajaba todo el día con el camión, llegaba de madrugada a la
pensión y tenía que dormir. Nunca tenía tiempo de buscar casa. Así que se
fue mi madre, se puso a ayudar en la cocina de la fonda, realmente a lo que
hiciera falta. No le cobraban nada y tenia tiempo para buscar. No creáis que
había inmobiliarias, costaba mucho encontrar algo. Al final nos fuimos a
vivir a una casa de campo de un compañero de mi padre, que nos dejaba
vivir allí hasta que encontráramos algo. No había luz, estaba en medio de un
campo de naranjos. Mi madre pensó que estando allí tendría más tiempo
para encontrar casa. Para la mudanza vino mi padre con un compañero, con
el camión, cargamos, nos fuimos, llegamos de noche, no había luz, no
podíamos descargar, nos quedamos a dormir en la fonda. Araceli y yo ya
estábamos en la cama, cuando entró mi madre a decirme que les habían
hablado de una planta baja en el pueblo. Se iban a verla, yo le pedí que
cuando llegaran me dijeran si se la quedaban. Me despertó para decirme que
si, que se la quedaban. Al día siguiente, descargamos en esa casa que estaba
en el centro del pueblo. Era muy pequeña, había sido un taller de bicicletas,
pero nos pareció un palacio.
Las siguientes jornadas estuvimos limpiando, haciendo cortinas, hasta una
habitación que era muy grande, la separamos en dos con una cortina. Pero
en cuanto pude me fui a Barcelona.
En casa de la señora Montserrat estuve seis años, en ese tiempo pasaron
muchas cosas, se casaron sus dos hijas. La mayor se casó en el Montseny,
hicieron la boda allí, yo no fui a ninguna boda, la segunda se casó en
Barcelona. Para ese día, querían que fuese mejor vestida, así que me hice un
vestido negro con cuello blanco, un delantal blanco cortito con puntillas.
Conservo una foto con la novia, ese día se llenó la casa de invitados, luego
se fueron todos y me quede tranquila.
Esta hija y su marido permanecieron en casa con la madre. Él era muy
buena persona, un día observó que había un interruptor estropeado, pero se
tenía que ir a trabajar. Cuando volvió lo encontró arreglado, preguntó quién
lo había arreglado, le dijeron que yo. Nos dijo a todos, que no arreglara
nada más, que ya lo haría él. Hace un año que murió y lo sentimos mucho,
era una persona muy respetuosa con todos, nos apreciaba mucho. Cuenta su
mujer que a él no le gustaba ir de visita, lo cierto es que a nuestra casa
vinieron varias veces. Después de cincuenta años nos seguimos viendo y
nos felicitamos en las Navidades cada año con los que quedan.
Cobro una pequeña pensión gracias a los días que trabajé con ellos. Gracias
a que la madre me apunto en un seguro que salió para las chicas de servicio.
Cotizó por mi, hasta que me fui para casarme. Cuando cumplí los sesenta y
cinco años busqué mi vida laboral. Entre lo del banco de Alcalá y lo de
empleada del hogar, me concedieron una pensión pequeña. Ahora son
cuatrocientos euros al mes, pero yo estoy encantada.
Estas historias mías tienen algún que otro vocablo que os sorprenderá:
Curso Susana Lahore: curso por correspondencia de corte y confección de
origen holandés que se publicó en Barcelona.
Cama turca: la que no tiene pies, ni cabecero.
Calles horizontales: el peculiar trazado geométrico en cuadrícula de algunas
zonas de Barcelona crea esta confusión a la que alude la autora. Para un
peatón poco experimentado es fácil confundir el trazado horizontal y
perpendicular de estas calles.
Pesetas: fue la unidad monetaria en España desde su aprobación el 19 de
octubre de 1868 hasta el 1 de enero de 1999, cuando se introdujo el euro.
Un euro equivale a 166,67 pesetas.
Mochos: es una herramienta para limpiar el suelo en húmedo, consta de un
palo en cuyo extremo se encuentran unos flecos absorbentes.
Trisódico: fosfato trisódico es un agente de limpieza, removedor de
manchas y desengrasante.
Lavadora de turbina: era una máquina que se limitaba a mover el agua con
la ropa. No centrifugaba, ni tenía mecanismos automáticos para coger o
vaciar el agua de lavado.
8. Entrar en casa, cerrar la puerta y que nadie nos
mandara
Todos los años que pasaron desde que me fui de Alcalá hasta volver a
Barcelona a la misma casa, me comunicaba con Vicente por carta, en ese
tiempo él hizo la mili y cuando la terminó se vino a Barcelona a trabajar. Se
fue a vivir a casa de sus tíos. Le buscaron trabajo con su tío, les pagaba una
pensión y como ganaba tan poco, pues casi no le quedaba nada.
Nos veíamos cada domingo y nos hablábamos por teléfono cada día. Cada
vez estábamos mejor juntos, la semana se pasaba rápido. Después él cambió
de trabajo. Cuando terminaba venía a verme. Hablábamos un rato en la
puerta del piso, siempre con la puerta abierta, ojo. A esas horas estaba sola.
Muchas veces venía la señora o alguna hija y nos encontraban allí, así
conocieron a Vicente, me decían que se veía muy buen chico.
Conchita se puso a coser con Leonor, juntas en la misma habitación,
siempre creí que al final también haría lo mismo. No fue así, porque como
mis padres estaban viviendo ya en Villarreal, que es un pueblo muy grande,
decidieron irse a vivir con ellos. Montaron un taller de costura, que les fue
muy bien. Empezaron con algunas conocidas y cada vez tenían más
clientas. Mi madre estaba contenta porque siempre deseaba que
trabajáramos en casa. En conclusión ellas se fueron y yo me quedé en
Barcelona.
Estando mis hermanas ya allí se quemó mi madre, cocinaba con un fogón
de petróleo. Cocinando, le cayó el fogón encima, entre mi padre y mis
hermanas la taparon con una cortina, le apagaron el fuego. Lo peor fueron
las medias que eran de nylon y se le pegaron a las piernas. Estuvo mucho
tiempo en la clínica, sufriendo mucho. Con el tiempo se puso bien. Pasó el
tiempo y cogieron un primer piso grande, cerca de la agencia de transportes
en la que trabajaba mi padre. Estaban encantados porque cuando mi padre
llegaba de viaje con el camión, la puerta del lado era la de su casa. Mis
hermanas porque el piso era muy grande, en él podían coser y atender a la
gente. En una habitación pusieron dos camas, la alquilaron a dos chicos que
trabajaban con mi padre, sólo para dormir, así sacaban algo para el alquiler.
Yo en Barcelona estaba bien, además estaba Vicente. Pronto empezamos a
pensar en ahorrar para cuando quisiéramos casarnos, era francamente
difícil, porque yo ganaba poco y él también. Decidimos abrir una libreta en
Caja de Cataluña a nombre de ambos. Como él trabajaba, fui yo sola, di
todos los datos de él y la abrí. El señor de la caja me dijo que tuviera mucho
cuidado, porque él con la libreta lo podía sacar todo. Pero yo sabía que eso
no iba a pasar. Todo lo que yo ganaba, que eran ochocientas pesetas al mes,
lo ingresaba en la libreta. Procurábamos no gastar nada. Los domingos por
la tarde, nos dedicábamos a pasear, yo estaba en la manzana delante del
Hospital Clínico, así que allí paseábamos. Cuando nos cansábamos nos
sentábamos en un banco hasta que se hacía la hora de ir a casa. Vicente
cogía el tranvía, porque vivía cerca del Parque de la Ciudadela. Rara vez
íbamos al cine, pero siempre cines baratos. Sabíamos que nuestros padres
no nos podrían ayudar, así que teníamos que ahorrar todo lo que
pudiéramos. Vicente cada semana hacia la quiniela, los domingos
paseábamos por unas galerías que había en la plaza Universidad que ponían
los resultados. Mirábamos ilusionados si teníamos suerte, pero nunca nos
tocó nada.
Un día me llamó una señora que yo conocía de Alcalá, que estaba
trabajando en casa de un cónsul. Estaba muy bien, porque en aquella casa
había cocinera, camarera y ama de llaves, que era esta señora que yo
conocía. Pagaban bien, el señor pasaba mucho tiempo fuera. Estaban ellas
tres solas, pero cuando el señor regresaba tenían mucho trabajo, ya que
tenían muchos invitados. Yo le dije que cuando necesitara a alguien me lo
dijera, me iban a pagar más. Se lo dije a la señora Montserrat y me contestó:
"Lo comprendo, es una buena oportunidad. Me sabe mal pero sólo te puedo
subir hasta mil pesetas". En la otra casa me ofrecían mil doscientas pesetas
pero no me fui. Eran muy buena gente, me encontraba bien allí, tenían
mucha confianza conmigo.
A veces la señora Montserrat tenía problemas con la hija mayor y se
desahogaba conmigo, sin que la otra hija se enterara. O bien problemas con
algún novio de la pequeña, me lo contaba porque sabía que nunca se lo diría
a nadie. Con la otra señora me disculpé y lo entendió, seguimos teniendo
amistad hasta que murió.
Cuando nosotras nos fuimos de casa, mis padres nos dijeron que no les
teníamos que mandar dinero, que procuráramos ahorrar para cuando nos
quisiéramos casar. Ellos no podrían pagarnos ningún ajuar. Así lo hicimos;
las tres ahorrábamos todo lo que podíamos.
Yo libraba los jueves y domingos por la tarde, los domingos salía con
Vicente, pero los jueves como ya no estaban mis hermanas, iba a visitar a
mis tías. Pero sentía que perdía el tiempo, para aprovecharlo y ganar algo,
un día llamé a una señora que conocía porque mi hermana Leonor había ido
a coser allí, la señora Mir. Tenían sirvienta pero los jueves también libraba,
le pregunté si me necesitaba para los jueves por la tarde, me dijo que sí. Me
pagaba veinticinco pesetas por tarde, le hacía arreglos en la ropa, pijamas
para los niños, que tenía cuatro. También los iba a recoger al colegio, para
ello cogía el metro y les daba la merienda. Cuando venía ella volvía a mi
casa. Estaba muy contenta de ganar algo más y no perder el tiempo.
A esta casa Leonor había ido mucho tiempo a coser, igualmente a casa de
dos hermanas de esta señora. Nos conocían a las tres, nos apreciaban
mucho. Hace poco tiempo cuando fuimos a visitarla Conchita y yo, me
habló de una colcha que le había arreglado yo aquella temporada que iba los
jueves por la tarde, y aún la conservaban.
Barcelona me gustaba mucho, y me sigue gustando. Al principio, cuando
venía en el tren, al acercarse a la ciudad, ver aquella niebla, aquella urbe tan
grande, se me encogía el cuerpo. Los primeros días no podía ni comer,
luego se iba pasando. Lo cierto es que podía trabajar, ahorrar, tener sueños y
a Vicente. Pero echaba de menos a mi familia, cada día al terminar de
trabajar, deseaba ir a casa de mis padres, hablar y contarles lo que me
pasaba cada día, pero eso no podía ser.
La señora Montserrat era muy buena persona, procuraba ayudar a todos. No
era católica, no iba nunca a misa. Ella sabía que yo iba a misa cada
domingo, nunca me dijo que no lo hiciera, al contrario, si teníamos
invitados en domingo, lógicamente había más trabajo, siempre intentaba
que yo fuera a misa, el trabajo lo hacía antes o después, le daba igual.
Yo comía lo mismo que todos, cuando teníamos invitados yo comía antes
que ellos, porque ella decía que con el estómago lleno se trabajaba mejor.
Un domingo sí, uno no, teníamos que comer pronto porque jugaba el Barça
en Barcelona. La hija pequeña, los tíos y primos eran socios e iban al fútbol.
Vicente y yo empezamos a pensar en casarnos, iniciamos la búsqueda del
piso. Tenía que ser de alquiler, pero los alquileres estaban muy caros para
nosotros. Nos daba miedo no llegar a final de mes. Lógicamente
buscábamos en los alrededores de Barcelona porque eran más baratos. Un
día hablando con un primo que llevaba la contabilidad de una empresa, nos
comentó que su empresa hacía pisos de protección oficial. Nos fuimos a
informar, estaban bien de precio, fuimos a verlos. Era una barriada nueva en
el Valle de Hebrón debajo de San Genis, eran bloques sueltos, nos
enseñaron uno que se estaba empezando a construir. Cuando habíamos
subido dos plantas nos dijeron que aquello sería la entrada, lo que habíamos
subido eran los sótanos. No había calles, todo era tierra, pero las
condiciones nos parecieron bien. Nos pedían treinta mil pesetas de anticipo
de alquiler que nos irían devolviendo cada mes en varios años. Las treinta
mil pesetas ya las teníamos. Además pensaba yo que podía trabajar
cosiendo en casa. El piso tardó varios meses en estar terminado, cogimos un
quinto, el más alto. Subíamos ochenta escalones. Hasta cinco pisos dejaban
construír sin ascensor. Veréis, cuando fuimos a coger el piso solo quedaba
quinto o sótano. Si no queríamos aquello teníamos que esperar hasta que
hicieran otro bloque. Por supuesto nos quedamos con el quinto, antes de
que nos lo entregaran fuimos a verlo muchos domingos, íbamos para ver lo
que adelantaban la obra. La cocina y el baño no nos gustaba, porque ponían
muy pocas baldosas y el plato de la ducha era de cemento. Pedimos que nos
hicieran la reforma, eso ya lo teníamos hablado y pagamos cinco mil
pesetas extras. Pusieron entonces más baldosas en la cocina, en el baño y un
plato blanco.Nos entregaron las llaves en enero de 1962. Estaba muy
contenta porque teníamos nuestro piso para que toda la familia pudiese
venir siempre que quisieran. El tío de Vicente se enfadó mucho porque
cogíamos el piso en una zona en la que no había calles ni nada, él decía que
antes arreglarían toda Barcelona, que aquella barriada. Pero él no sabía
cómo estaba porque no quería venir a verlo. Nos dio la dirección de unos
pisos en la Verneda, fuimos a verlos, sólo estaban las vallas, no habían
empezado las obras. Nos pareció que tardarían mucho en estar construidos
y nos quedamos con el del Valle de Hebrón.
El tío estaba tan enfadado que no quiso venir a la boda. La madre de
Vicente, el día de la boda, lloraba porque no había venido su hermano.
Después de casados, una vez que vinieron mis suegros a Barcelona, les
invitamos a ellos también y vinieron. A partir de entonces, venían muchas
veces a comer a casa y nosotros a la de ellos. Todo lo arregla el tiempo.
Pronto hicieron las calles, hasta un aparcamiento delante de casa para
aparcar coches en batería. Ningún vecino del bloque tenía coche y a todos
nos parecía que teníamos que mejorar mucho para tenerlo. Muchos años
después fueron llegando coches, y al final ya no cabían. Pero han pasado
cincuenta años para eso.
Nos casábamos en mayo y Leonor se casó en enero, ellos estrenaron nuestro
piso, no teníamos muebles ni nada. Yo iba los jueves a limpiar y rascar.
Como eran baratos, los dejaban muy sucios. Compré una cama plegable, un
colchón, sábanas. Les preparé la cama, las cajas de las mantas puestas una a
cada lado, servían de mesita. Compré un fogón eléctrico para que se
pudieran cocinar algo, la cocina todavía no la habían traído. Llevé alguna
sartén, una cafetera, cubiertos y lo más preciso, una mesa de camping y
sillas. Ellos sólo querían el piso para dormir, durante el día querían ver
cosas. Leonor estaba enamorada de Barcelona, le encantaba venir para ir a
los sitios que ya conocía. Se casó con un chico de Villarreal que no había
estado en Barcelona, disfrutó enseñándole la ciudad y yo de que estuvieran
en nuestro piso y no tuvieran que pagar un hotel. Un domingo nos invitaron
a comer, hacía tanto frío en enero, que la cafetera nos la pasábamos de unos
a otros para calentarnos las manos, pero era estupendo.
Un mes antes de casarnos dejé la casa en la que trabajaba porque tenía que
coserme ropa y arreglar el piso. La señora me despidió con lágrimas. Les
había buscado una chica de mi pueblo, era buena persona, pero después
siempre me decían que no era como yo. La chica me contó que siempre que
se referían a mí, decían: "nuestra María..."
Antes de dejar la casa, como sabían que quería trabajar, la señora habló con
una persona que tenía un negocio de vestidos de muñeca. Me propusieron
que cuando quisiera podía ir a buscar vestidos para coser en casa.
Lo primero que hice fue comprar una máquina de coser, como
necesitábamos el dinero para otras cosas, la compré a plazos, cada mes
tenía que pagar una letra del banco, pero cosiendo lo pagaría.
Los muebles de comedor y habitación los pagaron los padres de Vicente, lo
demás lo fuimos pagando nosotros como pudimos. Para ayudarme a
arreglar la casa vino Conchita, cuando le dije que la máquina la pagaría con
letras, dijo un rotundo "no", acto seguido nos fuimos al banco, pagó todas
las letras y agradecida se lo devolví cuando pude. Éramos felices las dos en
el piso, salíamos a comprar, cosíamos, era una sensación tan bonita el no
depender de nadie. Entrar en casa, cerrar la puerta y que nadie nos
mandara.
Vicente venía cuando podía, un día vino con un precioso ramo de flores,
salíamos los tres juntos, toda mi familia lo quería y él se encontraba muy
bien con todos.
Conchita y yo, estrenamos la cama de matrimonio, primero dormimos en la
cama plegable, pero estábamos muy mal. Pasamos a dormir en la de
matrimonio que se estaba mucho más confortable, pensé que no pasaba
nada porque no la estrenáramos Vicente y yo. La verdad es que hemos sido
muy felices, quizá ha sido por eso.
Cuando tuvimos el piso con cortinas y todo arreglado, nos fuimos las dos a
Villarreal, teníamos que coser mi traje de novia. La tela me la regaló la
señora Montserrat, me preguntó cómo la quería y me la compró, con blonda
incluida. Tenía que hacerme algunas ropas más, teníamos que bordar
sábanas y mantelerías. Todo lo hacíamos nosotras. Leonor como estaba
casada, el taller lo tenía en su casa y Conchita iba cada día a coser. Los
domingos no salía con las amigas y se quedaba en casa, ayudaba a hacer
mis bordados. Los vestidos los hacíamos en casa de Leonor siempre
corriendo porque ella tenía el trabajo de las clientas.
Me gustaría aclararos alguna situación junto con estas palabras:
Con la puerta abierta: antes las parejas no podíamos quedar a solas. Para no
llamar la atención teníamos que quedar en sitios públicos o acompañados.
De ahí que vuestro abuelo Vicente y yo siempre nos viéramos con la puerta
abierta.
Mili: servicio militar obligatorio, es el desarrollo de la actividad militar por
un individuo de manera obligatoria. Vuestro abuelo Vicente hizo la mili en
1955, durante dieciocho largos meses. Estuvo en Valencia en el Cuerpo de
Infantería. Pero esta batalla es mejor que os la cuente él.
Fogón de petróleo: antigua lámpara, estufa o fogón que se alimentaba de
petróleo. Muy usados en los años 50, eran tremendamente peligrosos.
Nylon: tejido, su nombre es un juego de palabras, haciendo referencia a NY
(Nueva York) y Lon (Londres). Revolucionó el mundo de las medias.
Piso de protección oficial: es un tipo de vivienda de precio limitado y
parcialmente subvencionada por la administración pública.
9. Empezamos nuestra nueva vida, todo era
estupendo
Nos casamos el 25 de mayo de 1962 en Villarreal.
Mi padre cuando pasaba por algún sitio que sabía que el vino era bueno lo
compraba, lo mismo hacía con pollos de corral, conejos y lo que fuera. Una
semana antes de la boda no paraba de traer cosas a casa, porque la comida
la hicimos en nuestra casa, fue una boda familiar.
Estando Vicente en Alcalá fuimos a la casa que yo iba a coser cuando
estaba con mis tíos. Allí vivía un sacerdote desde que cantó misa por
primera vez. Incluso durante la guerra lo tuvieron escondido en un armario,
si lo veían lo mataban. Había bautizado a toda la juventud, era muy amigo
de todos. Tenía mucha amistad con él, siempre se paseaba leyendo libros.
En invierno le decíamos que no diera la vuelta delante de nosotras porque
con la sotana, al hacer el giro, nos daba mucho frío. Mi tío y él tenían la
Vanguardia a medias. Primero la leía él, luego yo se la llevaba a mi tío. Le
pedimos si quería venir a casarnos, se alegró tanto que se emocionó, decía:
"¿vosotros queréis que os case yo?". Nos hacía mucha ilusión que fuera él,
también invitamos a la modista, a las amigas y amigos, a los familiares de
Vicente, sus padres, su hermano y a mi familia.
Los días antes de la boda no parábamos de cocinar para que todo estuviera a
punto. Con mi madre fui a escoger el ramo y los postres. El día antes vino
una señora amiga que sabía mucho de pastas, estuvimos todo el día
haciendo pastas, las cocíamos en un horno que había debajo de casa. Al día
siguiente al salir de la iglesia, venían todos al piso a tomar pastas, chocolate
y licor. Preparamos muchas pastas porque en Villarreal había una costumbre
que no la habíamos visto nunca. Las mujeres iban al convite y se llenaban
una servilleta de pastas, la metían en el bolso, y después empezaban a
comer. Por cierto no hice caso de la superstición que decía: "la novia no
puede hacer las pastas, que trae mala suerte". Cuando se casó Leonor no
quiso hacerlas por eso nos tocó a Conchita y a mi.
Esta boda fue muy especial, ya os dije que el ramo me lo compré yo porque
Vicente llegaba el día antes. Venía de Alcalá y no había floristería. Dicen
que el novio no tiene que ver el vestido de la novia antes de casarse. En
nuestro caso, el novio y su familia durmieron en nuestro casa, a mí me tocó
dormir en casa de mi hermana y al día siguiente volví. Así que salimos
juntos. Además estuvo lloviendo todo el día. Creo que todo eso nos dio
suerte.
Fue una jornada muy atareada. Me acosté con Leonor, hablamos mucho,
casi no dormimos. Me levanté muy pronto para acompañar a mi padre a la
iglesia a confesarse. Cuando llegué a casa, limpié la escalera y la entrada,
porque había llovido y quería que estuviera todo limpio. En ese momento
llegaron los amigos de Alcalá. La casa estaba llena de gente, empecé a
vestirme, faltaban los calcetines de Vicente, no los encontraba nadie,
cuando le preguntaron, dijo: "los llevo puestos".
Compramos unos ramos de flores blancas para adornar el altar de la iglesia.
Después de casarnos entramos a la sacristía para firmar, no me enteré de
nada. Cuando llegamos a casa, vi que en nuestra mesa, había dos ramos de
flores blancas. Miré a Conchita, me contó que ella y nuestra prima
Vicentica de Valencia los habían cogido de la iglesia. La verdad es que los
habíamos comprado nosotros, la mesa estaba estupenda,y el cura estaba
encantado a nuestro lado. Fue una comida muy familiar.
El convite lo pagaron nuestros padres. Como Leonor se casó cuatro meses
antes, estuvieron en la boda los padres de Vicente y conocieron a los míos.
Quedaron de acuerdo en que mis padres se encargarían de comprarlo todo y
hacer la comida. Luego sacaron cuentas, la madre de Vicente sólo decía:
"ojalá cuando se case Venancio todo vaya tan bien". Venancio es el
hermano de Vicente y nunca se casó.
El comedor de mis padres era muy grande, con tableros montamos una
mesa en forma de "U", comimos veintiocho personas, fue una comida muy
divertida. Seguía lloviendo, para ir a la estación tuvimos que coger un taxi.
Ya en la estación nos sentamos los dos agotados, yo no podía más. Pensé:
“qué suerte, ha pasado todo”. En ese momento llegaron los amigos de
Alcalá para coger el tren en dirección contraria, entonces se enteró todo el
mundo de que éramos recién casados. Nosotros que queríamos pasar
desapercibidos...
Teníamos muy poco dinero para ir de viaje, sólo pensábamos ir a Valencia.
Mis tíos de Valencia se quedaban una noche con mis padres. Nos dieron las
llaves de su casa para que fuéramos, así lo hicimos. Los padres de Vicente
nos dieron mil pesetas, con eso fuimos a Valencia, Madrid y Zaragoza. Mis
padres nos habían dado otras mil pesetas, pero ya se habían gastado.
Llegamos a Barcelona, empezamos nuestra nueva vida, todo era
estupendo. Lo primero que hicimos fue pedir que nos pusieran el teléfono,
tardaron cinco años en ponerlo. Como toda la barriada era nueva, tenían que
poner la línea. Solo había un teléfono en toda la escalera, lo tenían porque
era un traslado de donde vivían antes. Eran una gente estupenda y siempre
nos decían que fuéramos cuando lo necesitáramos. La nevera era de hielo,
me la regalo la señora Montserrat cuando se compraron la eléctrica, pasado
unos años la cambiamos. La televisión la compramos tres años más tarde.
Os cuento que el dueño del edificio lo vendió a otra persona; los vecinos le
pedimos al nuevo dueño que nos devolviera el anticipo de alquileres. Lo
hizo, con eso nos compramos el televisor. Cuando no teníamos tele una
vecina, Maruja, tenía una pequeña. Los domingos que ellos salían, nos la
dejaban para que la viéramos, si se quedaban en casa, por la tarde venían a
la nuestra y tomábamos café.
Yo empecé a coser vestidos de muñeca, me los daban cortados, me pagaban
seis pesetas por vestido. Me pasaba el día cosiendo pero diez vestidos
equivalían a sesenta pesetas. Estuve muchos años sin motor en la máquina,
todo era a pedal. Corría mucho para hacer más y ganar más dinero. Cuando
dejaba de coser me costaba andar porque las piernas estaban doloridas de
tanto pedalear rápido. En verano pasaba mucho calor, una vez que estuvo
mi suegra, vio como sudaba y compró un ventilador. Lo que ganaba nos iba
muy bien, ya que Vicente cobraba poco. El primer sueldo que cobró
después de casados, fue de dos mil setecientas pesetas, aún guardo el
recibo. Siempre que podía hacía horas extraordinarias, eso nos venía muy
bien, luego fue subiendo. Enseguida empezamos a ahorrar aunque fuera
muy poco. Recuerdo que cuando venían sus tíos a comer, con los dos hijos
que tenían y una sobrina que vivía con ellos, me gastaba setecientas pesetas
en la comida, una tercera parte de la mensualidad de Vicente. Nunca
pasamos hambre, pero sí que tenía que organizar muy bien el dinero para
que no faltase de nada.
Teníamos unos amigos, Samper y Julita, él trabajaba con Vicente, ella
trabajaba en una peluquería. Vicente y él eran muy amigos. Ellos se casaron
unos días antes que nosotros. Como no tenían dinero para coger un piso, se
fueron a vivir con los padres de él. La suegra hacia todo lo de la casa, pero
no tenían libertad como nosotros. Había muchas personas que se iban a
vivir a una habitación de realquilados. Nosotros eso no lo quisimos nunca,
preferimos aguantarnos y ahorrar para tener nuestro piso. Con estos amigos
nos juntábamos los domingos para ir a la playa. A veces yo llevaba comida
y comíamos en un chiringuito, otras dejaba la comida hecha, volvíamos a
comer a nuestra casa, pasábamos la tarde y hasta cenaban, lo pasábamos
muy bien.
Aquel verano vino Araceli a pasar unos días con nosotros, fue la primera de
la familia que vino a nuestra casa. Por la noche salíamos al balcón para
tomar el fresco, nos sentábamos en el suelo del balcón, nos reíamos de
cualquier cosa. Cuando teníamos vacaciones íbamos a Villarreal.
Esperábamos a que mis padres se fueran a dormir, salíamos los tres a
comprarnos un helado y nos lo comíamos por la calle.
Con Araceli es con la que menos he convivido. Ella nació en otra época, no
le tocó trabajar en el campo. Se crió sola con mis padres, nosotras ya no
estábamos. Fue al colegio, era muy inteligente. Cuando ya no podía
aprender más, fue cuando mis padres se fueron a vivir a Villarreal. Fue una
suerte para ella porque mis padres hicieron todo lo que pudieron para que
estudiara, podría ir al instituto, Castellón está a sólo nueve kilómetros.
Aprobó la carrera de magisterio. El primer pueblo en el que dio clases fue
Luco. Hacía una suplencia, se hospedó en casa de los padres de una amiga.
A todas nos hubiese gustado estudiar pero eran otros tiempos y era
imposible.
Para mis padres fue una suerte irse de pueblo, porque en Villarreal mi padre
tenía un sueldo fijo. Vivían más felices y a mi madre le encantaba aquel
sitio que todo era plano. Y mi hermana Leonor al casarse se quedó a vivir
allí.
Un otoño vino Conchita a vivir con nosotros, estaba cansada de coser con
Leonor, porque era muy trabajadora y no dejaba parar a nadie que estuviera
a su lado. Conchita nos preguntó si podía venir... nosotros encantados.
Juntas fuimos a visitar a la señora Mir. Nos enteramos de que les había
ocurrido una desgracia. La hija pequeña que tenía nueve años, se puso
enferma, por lo visto se le caían las cosas de las manos. Tras muchos
médicos, los mejores, porque era una familia adinerada, de hecho él era
ingeniero y estaba en el ayuntamiento, se encargaba de la circulación de
Barcelona. Bueno, que me despisto, a la niña le habían operado de la
cabeza, la pobre quedó paralizada, no se podía mover nada. Apenas se
entendía lo que decía, la pena es que hoy con 60 años sigue igual. Pero a lo
que iba, cuando supieron que mi hermana había venido para trabajar, le
pidieron que cuidara a la niña. Tenían conocimiento de que no era
enfermera pero sabían que lo haría lo mejor que supiera. Le ofrecieron un
buen sueldo, trabajaba todo el día, venía a dormir a nuestra casa. De noche
se quedaba una enfermera.
Estábamos bien contentos de que estuviera en casa. Nos quiso pagar algo
pero nunca le dejamos, cuando quería nos hacía algún regalo. Me sentía
muy acompañada, con Vicente se llevaban muy bien, nunca tuvimos ni una
discusión, estuvo con nosotros cinco años. Terminó comprándose un piso,
le dejamos todo lo que teníamos ahorrado, a ella le daba miedo endeudarse
tanto pero era una oportunidad buena y estaba cerca de su trabajo. Puso a
unas chicas a dormir, con derecho a cocina, y lo fue pagando... después se
casó.
El primer invierno de casados, hacía mucho frío, no teníamos estufa. El día
veinticuatro de diciembre por la tarde, mi hermana y yo, fuimos a comprar
carbón para poner un brasero. No encontrábamos en ningún sitio,
bajábamos andando por República Argentina y llegamos hasta el puente
Vallcarca. Allí nos vendieron algo que no era carbón, no tenían otra cosa.
Dijeron que tuviéramos mucho cuidado porque nos podría intoxicar... pero
hacía tanto frío que lo compramos. En casa lo encendimos, estuvimos un
poco calientes, pero la verdad es que nos fuimos pronto a dormir por miedo.
A la mañana siguiente cuando me levanté, encontré un montón de nieve en
la cocina, había entrado por la junta de la puerta. El balcón y las ventanas
estaban llenas, todo era blanco. Con urgencia los desperté, por la radio
decían que Barcelona estaba paralizada. No funcionaban los autobuses, ni
los coches, todo estaba cerrado, solo funcionaban el Metro. Fue la gran
nevada del año 1962. Nosotros teníamos un problema, era el día de Navidad
y estábamos invitados a comer a casa de los tíos de Vicente, por cierto
donde había estado viviendo hasta que se casó. Nos abrigamos bien con
pañuelos en la cabeza y los tres cogidos del brazo para no caernos, nos
fuimos andando hasta la plaza Lesseps para coger el Metro. Por la calle
encontramos gente esquiando. Aquella noche los tíos nos hicieron quedar,
al día siguiente fuimos por la plaza de Cataluña, parecía una pista de hielo
porque el día antes habían pisado la nieve luego heló y no se podía andar.
Siempre que he acabado un capítulo os he dejado algunas palabras que hoy
ya no se utilizan o se usan de otra forma. Pero ahora me permito hacer una
reflexión. Espero que vayáis notando cuánto ha cambiado el país en el que
vivís. Yo me asombro todos los días de cuántas cosas nuevas y todo lo que
hemos mejorado. Espero que este libro y especialmente este capítulo os
permita hablar con vuestros padres de cuánto hemos cambiado, cómo
hacíamos las bodas, cómo se hace ahora, cómo cogíamos autobús, cómo se
coge ahora y así hasta el infinito... Pero recordad que no ha pasado mucho
tiempo y todo esto que os cuento pasó ayer.
10. Era simpático y muy tremendo
Esperamos dos años hasta tener un hijo porque no estábamos para más
gastos, teníamos que ahorrar un poco y luego fuimos a por él o ella. Cuando
supe que era un niño, me alegré muchísimo, lo primero que pensé fue
ponerle Álvaro, como el niño que perdieron mis padres. Me parecía que les
hacía un regalo a ellos, suerte que Vicente estuvo de acuerdo porque su
madre quería que le pusiéramos Vicente como él. La verdad es que era
costumbre en muchas familias poner el nombre del padre o de la madre al
primer hijo, pero él sabía lo que había pasado y le pusimos Álvaro.
Estábamos locos de contentos, los hijos son lo mejor de la vida. Al primero
me hubiese gustado dedicarle más tiempo pero tenía que trabajar. Durante
el día lo ponía en el capazo del cochecito a mi lado mientras cosía. Era muy
nervioso, siempre se quería levantar, hasta que un día se cayó. Como era
muy pequeño no aguantaba estar sentado, le tuve que poner en una manta
en el suelo. Por seguridad lo rodee de cojines, lo senté y pensé: "ya no se
caerá mas".
Empezó a andar con nueve meses, tenía mucha prisa para todo, no le
gustaba dormir, tenía que aprovechar el tiempo. Lo llevaba en brazos
cuando iba a entregar los vestidos de muñeca. Cogía el Metro, bajaba en la
parada Liceo siempre pegado a mi, no tenía con quién dejarlo, pero ambos
nos apañábamos. Lo malo fue cuando los que me daban el trabajo se fueron
a vivir a Viladecans, entonces no me lo podía llevar. Cogía un autobús hasta
la Plaza de España y después otro. Si todo iba bien, tardaba tres horas.
Aquella temporada lo pasé mal.
Me llevaba bien con todas las vecinas pero nunca me ha gustado molestar a
nadie. Tenía una vecina que una vez estando en apuros, me pidió que le
prestara dinero y lo hice. Me extrañó que me pidiera porque yo no hablaba
con nadie, solo pensaba en trabajar, cuidar al niño, la casa y que cuando
llegara Vicente y mi hermana, estuviera todo recogido. Oía hablar a las
otras vecinas en el rellano, a cada momento, había veces que me hubiese
gustado estar un poco con ellas pero no tenía tiempo. Me voy un poco por
las ramas pero el caso es que esta vecina se ofrecía para lo que necesitara, al
final le tuve que dejar al niño para ir a entregar y traer más trabajo. Lo
pasaba francamente mal, me sentía culpable de dejarle.
Cuando pude me busqué otro trabajo, coser blusas, estaba en Barcelona
cerca del Clínico, me iba mejor.
Mi hermana jugaba mucho con su sobrino, le regalaba coches y nos reíamos
mucho con él. Álvaro era simpático y muy tremendo. Un día fuimos las
dos con él a comprar al Corte Inglés. Sin darnos cuenta se nos perdió, nos
asustamos mucho buscándolo por la planta, había un mostrador largo y al
final una dependienta. Le preguntamos asustadas, justo en el momento en
que ella vio que por dentro del mostrador venía un niño. Como era pequeño
nosotras desde fuera no lo veíamos. Lo saco detrás del mostrador como por
arte de magia y se nos pasó el susto, claro está que él no se había enterado
de nada.
Era muy cariñoso, se fijaba en todo, le gustaba mucho aprender. Cuando
aprendió las señales de tráfico, un día que íbamos en un taxi, al ver una
señal con una flecha vertical, dijo: "esa señal está loca, porque dice que los
coches vayan hacia el cielo". El taxista se partió de risa.
También estuvo viviendo con nosotros el hermano de Vicente, Venancio.
Quería trabajar en Barcelona. Como es natural tampoco le cobrábamos
nada. Se colocó en la casa que trabajaba Vicente, Cointra, que montaban
estanterías. Él había trabajado de camarero y siempre nos decía que se
ganaba dinero. Nos convenció y cogimos un bar en alquiler. Dimos una
entrada, pagábamos el alquiler cada mes, estaba en Hospitalet, en el Pasaje
Bonvei. Estaba muy lejos de casa pero era el precio que podíamos pagar,
además era muy grande. Venancio dejó el trabajo y lo llevábamos él y yo.
Por suerte Vicente siguió trabajando, así teníamos su sueldo seguro cada
mes. Cada mañana Venancio se iba, abría el bar, yo cuando terminaba de
hacer la casa cogía al niño y me iba al bar. Cogíamos dos autobuses. Antes
de llegar, pasaba por el mercado, compraba todo lo que hacía falta.
Cocinaba entremeses variados, ensaladilla rusa, la comida para nosotros y
para un señor que venía a comer cada día. Venía muy poca gente, mas tarde
nos enteramos por los vecinos que anteriormente había sido un "bar de
chicas" y que cada noche había peleas. Los vecinos estaban contentos con
nosotros porque veían que éramos gente de bien y de vez en cuando venían
a tomar algo para darnos algo a ganar. Unos jóvenes nos pidieron si les
dejábamos hacer baile los domingos. Como el bar tenía dos partes, les
dijimos que si, nos venía bien porque consumían y ganábamos algo. Pero
como no teníamos permiso ni era seguro que aquellos jóvenes fueran a
seguir viniendo, lo dejamos. También sé que lo dejé por que nos daba
mucho trabajo. Llegábamos a casa a las doce de la noche, Álvaro tenía
cuatro años, cada noche al regresar del bar, salía corriendo por la calle y
subía la escalera solo, nunca subía en brazos, no se cansaba. Nosotros
creíamos que la gente vendría poco a poco, pero no era así, había muchos
bares alrededor y cada uno iba donde tenía costumbre. Vicente cuando
terminaba de trabajar se acercaba. Conchita me ayudaba en casa. Venancio
cada noche decía lo mismo: "cerremos y no abramos más". Pero yo no
quería cerrar hasta que el dueño nos devolviera lo que habíamos pagado. Al
final cuando encontró otros que se quedaron con el bar nos devolvió el
dinero. Aguantamos mucho, no ganábamos nada, al final cerramos.
Yo encontré enseguida trabajo de costurera, hacíamos vestidos de señora.
Álvaro empezó en el colegio Menéndez Pidal, tenía cuatro años y ya sabía
leer y escribir todo el abecedario, le gustaba mucho aprender.
Venancio, cuando estábamos en el bar, decía que se iría a buscar trabajo
donde fuera, pero no fue así. Estaba en casa o salía a pasear por las
Ramblas. Su madre se enfadaba porque estuviera tanto tiempo sin hacer
nada, mientras yo cosiendo y haciéndolo todo. Desgraciadamente antes las
mujeres hacíamos todas las labores de casa. Regresó Venancio a Alcalá
pero como no le gustaba trabajar la tierra se fue a Suiza. Cuando volvió la
primera vez, nos trajo un buen regalo, seis copas de colores de cristal de
Bohemia. Y a mi hermana, un estuche de manicura. Era su forma de
agradecernos como nos habíamos portado con él. Nunca tuvimos ningún
problema en casa, ni con él ni con mi hermana. Tuvimos algún roce cuando
teníamos el bar; muchas veces tuve que hacer de mediadora entre los dos
hermanos, ya que a Vicente no le parecían bien algunas cosas que hacía su
hermano y Venancio decía que se pusiera él tras la barra. Así es que yo
estaba en medio apaciguando y callando lo que decían el uno del otro.
Quise evitar que discutieran. Ya se sabe que cuando los negocios van mal y
no se gana dinero, como nos sucedió, es más fácil discutir... por suerte todo
terminó bien.
Conchita cuando estaba en casa me ayudaba lo que podía. Cuando mejor
me iba era los domingos, porque le dejaba al niño y ella lo arreglaba, luego
venían juntos al dichoso bar. Cada vez que regresaba del trabajo, yo solía
estar haciendo la cena, se venía a la cocina, me contaba cómo le había ido el
día y lo que había pasado en casa de la señora Mir. La querían mucho, había
una chica de servicio y mi hermana estaba sólo para la niña, una temporada
que se tuvo que ir al pueblo, fui yo a cuidarla.
Siempre ha sido la que más me ha ayudado. Lógicamente porque vivía con
nosotros y después cuando estuve tan enferma, estaba todo el día a mi lado
en el hospital. La dejaba su marido por la mañana cuando iba a trabajar y la
recogía por la noche cuando terminaba, yo sé que eso es muy pesado, le
agradezco mucho todo lo que hizo por mí. Me emociono al recordarlo. Lo
cierto es que un día Conchita se fue a vivir a su piso. Pero el día que se casó
salió de nuestra casa, ya que entre las dos cosimos su traje de novia.
Preparamos todo lo de su boda, unos días antes vino Leonor con las dos
niñas que tenía, para ayudarnos. Nuestro piso era pequeño, pero cabíamos
muchos, para ese día de la boda, estábamos toda la familia: mis padres,
Araceli, Leonor con el marido y sus hijas, Conchita y nosotros con Álvaro
que ya tenía cuatro años. Si las cuentas no fallan estábamos once personas
en cincuenta y cinco metros cuadrados, no está mal. Todos durmieron allí
menos nosotros que nos fuimos al piso de mi hermana, porque éramos los
que conocíamos Barcelona. Pasamos un día de boda estupendo, lo
celebramos fuera de la ciudad, en “Can Pique”. Qué feliz estaba Conchita...
Os contaré una pequeña anécdota sobre el nombre de mi hijo mayor. El
nombre Álvaro es un derivado del germánico Athal-ward que significa
"guardián noble" y esas son características propias de mi hijo. La historia de
su nombre en la familia ya la conocéis, pero lo que no os dije es que el tío
de Vicente, que también se llamaba Vicente, quería que le pusiéramos
Sergio. Cuando se enteró de cómo lo llamaríamos se enfadó con nosotros
una temporada. Al final resolvimos ponerle Álvaro Sergio Vicente. Con los
tres nombres todo el mundo contento, el tío por Sergio, mi suegra porque
quería Vicente y nosotros por Álvaro.
11. ¿Cómo podríamos estar ahora sin nuestro
Víctor?
Cuando dejamos el bar decidimos ir a por el segundo hijo. Pronto quedé
embarazada, todo iba bien hasta los tres meses, entonces pasó algo que lo
estropeo todo. Vino mi suegra para ir al médico, ella venía al médico en
Barcelona. Las veces anteriores la acompañaba al médico Luisa, la tía de
Vicente. En casa de su tía Luisa es donde vivía él de soltero. Una de estas
veces hubo un malentendido con lo que había dicho el médico. Así que esta
vez vino la tía Luisa a nuestra casa para ver a mi suegra. Como yo devolvía
mucho le pedimos a la tía que le acompañara ella al médico pero contesto:
"no". Por si no os lo imagináis la tía tenía el carácter muy fuerte y la madre
de Vicente también, empezaron a discutir y se pelearon gritando. Me
disguste mucho, siempre me han dado miedo las peleas.
Resolvimos que yo la acompañaría al médico. Aquella noche la pasé con
mucho dolor de vientre y desde entonces no aumentaba nada de peso. El
médico que me llevaba me hacía análisis, unas veces me decía que daba que
no había vida y otras que sí. Así anduvimos tres meses, al final se
convenció de que estaba muerto y me hicieron un raspado para sacarlo. Lo
pasé mal, cogí una depresión que estuve varios meses sin poder trabajar,
solo hacía la casa y con apuros...
Mejoré, aunque seguía tomando medicamentos, empecé a trabajar,
esperamos un tiempo y quedé otra vez embarazada. Lo pasé fatal, me
tuvieron que quitar los medicamentos que tomaba para la depresión, lógico
ya que eran malos para el embarazo. Al principio tuve que estar en cama
con vitaminas y medicamentos. Todo fue pasando y tuve un embarazo
normal. Estábamos ilusionados con tener otro hijo porque no queríamos
sólo uno y Álvaro ya tenía seis años.
La Seguridad Social entonces estaba muy mal, muchos niños morían al
nacer. La empresa de Vicente pagaba una mutua para sus trabajadores.
Faltaba un mes para dar a luz cuando murió de repente el médico que me
llevaba. Esperé a que llegara el parto y cuando me encontré mal, fuimos a la
Residencia de la Seguridad Social. Me visitaron e ingresaron para dilatar.
Era la víspera de San Juan, desde la habitación se oía como le decían a una
embarazada al subir al ascensor, que no se quejara tanto porque aún faltaba
mucho. Al momento pusieron un biombo en el pasillo y oímos llorar al
bebé. Estaba asustada porque las mujeres se quejaban, no se las llevaban a
la sala de partos hasta que no estaba el niño naciendo. Me entró mucho
miedo porque a Álvaro le costó mucho nacer, venía atado por el cuello,
nació todo morado, suerte que era una clínica de la mutua. Hacía poco
tiempo que Vicente se había cambiado de trabajo y ya no teníamos la
mutua. Cuando vi todo aquello solo pedía que el niño no se moviera y no
me diese dolor. Quería irme, las compañeras de habitación me decían que
no me dejarían marchar pero yo solo pensaba en intentarlo. Al día siguiente,
como era fiesta, cuando pasó el médico de guardia le comenté que se me
habían pasado los dolores, que me dejara marchar porque vivía cerca y
cuando tuviera dolores por supuesto volvería. Me dijo: "si", hicieron el
papel, me marché contenta. Pensé para mi, "antes lo tengo en casa que
aquí". El portero me vio muy alterada, no me dejaba salir, me pidió que me
tranquilizara que si no... Por suerte en ese mismo momento llegó Conchita
por otra puerta, subió a la habitación, le dijeron que me había ido, bajó, me
vio, habló con el portero y nos dejaron salir juntas. Nada más llegar a casa
llamé al pediatra de Álvaro, que lo teníamos como particular y además
teníamos mucha confianza. Le conté lo que había pasado, le pedí que me
aconsejara dónde podía ir. Enseguida llamó a un primo suyo ginecólogo y
aquella misma tarde me visitó en la clínica del Pilar. Fue un parto muy
largo, el médico se quedó toda la noche, venía cada momento para ver
cómo iba, cuando notó que los dolores los tenía juntos pero flojos decidió
anestesiarme y sacarlo, lo hicieron con ventosas. Nació a las nueve y media
de la mañana y no lo vimos hasta la noche porque le tuvieron que dar
oxígeno. Siempre he estado convencida que hice bien en irme de la
Residencia, porque si me quedo el niño no hubiese nacido. ¿Cómo
podríamos estar ahora sin nuestro Víctor?
El pediatra que llevaba a Álvaro era francamente bueno, le pagábamos la
visita cada vez que venía a casa porque decía que vivíamos fuera de
Barcelona. No era así, cuando ya no teníamos mutua seguimos con él
porque no nos fiábamos del seguro, los visitó hasta que fueron mayores.
Nosotros, a la Seguridad Social. Cuando estaba embarazada pensaba que
podía ser una niña, me hacía ilusión, pero cuando supimos que era un niño
y nos dijeron que estaba bien, ya no me acordé de la niña. Nos gustaba un
nombre: Víctor...
Cuando tenía dos años, fuimos un domingo a la playa de Llavaneres, él no
entró en el agua porque se bañó en una piscina hinchable. Cuando llegamos
a casa se le empezaron a inflamar los pies, las piernas, lloraba. Lo visitó el
pediatra, me dijo dónde tenía que ir para hacer un análisis urgente. El
diagnóstico fue Púrpura, que la había cogido en la arena de la playa. Le
mandó un montón de medicamentos con horarios para cada cosa, me dijo
"olvídese del marido y del otro hijo". Hice lo que me mandó, daba mucha
pena porque no podía andar, le subía la inflamación hasta las rodillas, todo
lleno de puntitos rojos. Tras varias visitas, comentó que habíamos tenido
suerte porque había sido Púrpura alérgica, si hubiese sido infecciosa,
hubiese sido más grave. El niño se curó, nunca más tuvo nada de eso.
Víctor era muy pacífico, no lloraba nunca, cuando era la hora de acostarse
se quedaba despierto con un pañuelo fino en las manos, mucho rato después
pasábamos a mirar y aún estaba despierto, relajado y tranquilo. Era una
dulzura. Un poco más mayor, vimos que andaba con las rodillas algo juntas,
se lo dije al médico, lo miró, nos mandó a una ortopedia, le hicieron moldes
y le hicieron unas sirenitas. Las dichosas sirenitas son como una faja para
cada pierna, unidas por el centro, sujetas con hebillas por los lados desde la
ingle hasta los tobillos. Se las ponía cada noche para dormir, a Álvaro le
daba mucha pena cuando veía que se las poníamos. A nosotros también,
pero era la forma de que se le pusieran bien las piernas. Lo cierto es que él
no se quejaba y dormía del tirón toda la noche. Cuando ya tuvo la piernas
rectas, se las quitamos, gracias a eso las tiene perfectas.
También se nos perdió en el Corte Inglés. Fui con Álvaro y Víctor que tenía
cuatro años, a comprar unos pantalones para el mayor. Entramos los tres al
probador, yo tuve que salir a buscar otra talla, les dije que me esperaran ,
pero cuando volví el pequeño no estaba. Álvaro me contó que Víctor había
salido detrás de mi. Como iba tan deprisa no me vió, me asusté porque
sabía que él estaría llorando. Siempre se preocupaba mucho de cogerse de
la mano, no le gustaba ir solo, lo contrario que su hermano, que siempre se
soltaba y teníamos que correr detrás de él. Al final lo encontramos llorando,
enfadado conmigo diciéndome: "tanto que yo te llamaba y tú no me
escuchabas". Para calmarlo le compré dos coches de juguete. Él no se
enfadaba nunca, es más cuando yo discutía con su hermano que era más
travieso, siempre decía: "bueno... terminar ya".
Los dos eran muy buenos niños, recuerdo un día que yo me encontraba mal
y me senté en una silla sin ganas de nada. Álvaro, que tenía cinco años, se
quedó mirándome, me dijo:"¿que te pasa que estás sin hacer nada?". Le dije
que no me encontraba bien, rápido se fue a buscar un tebeo de Mortadelo y
Filemón, que le gustaban mucho, me leyó una historieta y al terminar me
dijo:"¿ya se te ha pasado? le dije: "sí". Enseguida me puse a hacer cosas
para que no sufriera. Otra vez, ya estaba en el instituto, vino a casa con un
ramo de flores, no era ninguna fecha señalada, yo me alegré mucho, me
contó que hacía tiempo que quería hacerlo. Otra vez Víctor, en el Día de la
Rosa, fue a comprar una para mí, cuando le dijeron lo que valía, cambió de
idea y con el mismo dinero me trajo un ramo de flores. Me gusto
muchísimo el detalle. Cuando Víctor era más mayor siempre me compraba
una palma pequeñita para Domingo de Ramos y en Navidad una preciosa
planta. Cuando Álvaro supo la verdad de los Reyes era bastante pequeño,
resolvió ir a una tienda y compró con su dinero una pastilla de jabón Heno
de Pravia para mí y un tubo de pasta de dientes para su padre. Lo
empaquetó, esperó a que nos fuéramos a la cama y los dejó junto con los
paquetes que había para él. Nosotros nos quedamos sorprendidos, fue algo
realmente bonito. Hay tantos recuerdos que no terminaría, como ya sabéis
para mí lo mejor de la vida son los hijos.
Desde pequeños siempre quisimos que tuvieran su dinero y cuando
crecieron les dimos una cantidad a la semana. Con el tiempo les
aumentábamos lo que podíamos, estoy segura que para ellos era poco, pero
queríamos que aprendieran a organizarse su dinero. Así aprendían que si
gastaban más, les quedaba menos y sobre todo que nosotros tampoco
estábamos para muchos caprichos.
Me gustaría saber qué recuerdos tienen ellos de aquellos años a veces
pienso si fuimos demasiado duros. Nos gustaba que aprendieran muchas
cosas que creíamos que les podrían ir bien cuando fueran mayores. No
podíamos mandarles a academias. Para que aprendieran a escribir a
máquina, compramos una máquina y un libro con las reglas. En verano que
tenían vacaciones, cada mañana, les hacíamos practicar un rato, lo malo era
que sus amigos no tenían nada que hacer, estaban en la calle jugando, les
oían y lógicamente solo querían irse a la calle. Pero no les dejábamos hasta
que terminaban. Lo mismo hicimos con los deberes, con los estudios, con
todo les exigía el máximo, para que hicieran las cosas bien. Por otro lado,
les ayudábamos siempre que podíamos.
Les di mucha confianza, aunque tuviese trabajo, si querían contarme algo,
lo dejaba todo y les escuchaba. Nunca les he mentido, por eso cuando les
castigaba un rato sentados en una silla, sabían que lo tenían que cumplir. Yo
también cumplía cuando les prometía un regalo. Una vez castigué al mayor
y oí como se lo explicaba a un amigo, le decía: "es que era preciso que me
castigara". Me gustó porque ví que me comprendía y sólo tenía siete años.
Yo fui la más dura con ellos porque Vicente estaba todo el día fuera de casa.
El pobre trabajaba también los sábados, cuando podía hacer horas extras las
hacía. Muchas veces tenían prisa por cargar un camión y lo hacían en
domingo a la mañana. Se iba de casa a las seis de la mañana y cuando
llegaba por la noche procuraba que no tuviera problemas.
En el colegio sacaban muy buenas notas, no porque les fuera fácil, sino que
trabajaban y lo sacaban adelante.
Luego vino el carnet de conducir, estaba contenta porque a ellos les hacía
mucha ilusión, pero para mi era un sufrimiento, sólo estaba deseando verlos
llegar sanos a casa.
Hay una experiencia muy bonita, es cuando empiezan las primeras llamadas
de las chicas. Pensaba: "¿cómo será esta chica que se ha fijado en mi hijo?"
De repente es siempre la misma la que llama... Disfrutaba cuando los veía
contentos saliendo de casa por la tarde arreglados, esperaba que se lo
pasaran bien, que regresaran a casa. Luego venía el conocer a la persona
que ellos habían escogido, siempre pensé que si ellos estaban felices, yo
también.
Parece mentira cómo somos las madres, sólo con las llamadas de teléfono y
viendo la cara de mis hijos, sabía más o menos cómo era la chica. Alguna
me parecía que no iba a ser una buena pareja para ellos, alguna vez les dije
algo, pero si veía que estaban muy decididos me callaba. Inclusive cuando
Álvaro quiso ponerse a vivir con Ruth, dejamos que lo hiciera, no
queríamos perder al hijo como les pasó a otros padres cuando se opusieron.
Hoy puedo decir que tenemos mucha suerte con las mujeres que tienen, han
sabido escoger bien, son estupendas.
Nosotras siempre creímos que a mi padre no le iba a gustar ningún chico
que nosotras quisiéramos como novio, pero no fue así, nunca nos dijo nada
de ninguno y cuando los conoció estuvo contento con los cuatro yernos.
Nuestra generación lo pasó mal, cuando éramos pequeñas, no teníamos
ningún derecho a opinar, mi padre era muy duro, nos decía: "las mujeres
sólo tienen que hablar cuando mean las gallinas" y por si no lo sabéis no
mean nunca.
Nos criaron con mucho respeto a los mayores, miedo a pecar, trabajar, ser
responsables, hacer lo que nos mandaban sin protestar...
Con nuestros hijos hemos procurado ir al ritmo de estos tiempos, los
cambios de horarios, las libertades, escucharles, darles confianza y
ponernos en su lugar, que nunca fue fácil. Por recordar algo que ilustre mis
pensamientos os diré que cuando Álvaro era joven salía los domingos por la
tarde, tenía que llegar a casa a las diez. Luego cambió la cosa, se duchaba a
las once de la noche, se arreglaba y se iba, regresaba de madrugada o peor
cuando estábamos desayunando, él con sus amigos habían desayunado
chocolate en algún sitio. Nos costó mucho entender por qué tenían que estar
toda la noche fuera de casa. Acostumbrados a que la noche era para estar en
casa, yo pensaba ¿que estará haciendo si no hay nadie por las calles?. Una
vez más me equivocaba, porque las costumbres habían cambiado de
repente, la juventud salía por la noche o mejor dicho vivían la noche. Víctor
lo tuvo más fácil pues ya estábamos acostumbrados, aunque nunca hemos
comprendido porque estaban toda la noche fuera de casa.
Luego vino el ponerse a vivir las parejas sin estar casados, parecía que eso
lo hacían otros pero cuando lo quiso hacer Álvaro, fue otra cosa. Se llevó
todas sus cosas... fue otra experiencia nueva... le extrañaba... faltaba a algo
de mí...
Antes os expliqué el significado del nombre de mi hijo mayor. Cuando le
pusimos el nombre al segundo no tenía ni idea de qué significaba, sólo que
nos gustaba. Gracias a ese invento tan novedoso que es "internet", que os
hará la vida mucho más sencilla que a nosotros, encontré el significado de
Víctor, dice que es “mente de pensamiento desbordado. Se expresa como
pensador inspirado que eleva las ideas y hace de cada idealización una
realización. Recibe aumento en labores que requieren de la comunión de su
pensamiento con la cosa pensada. Labores más bien cerebrales que
manuales. Ama las cosas del pensamiento, más al crearlas que al
disfrutarlas”. Me parece que decidimos muy bien, quizás yo añadiría
infinitos adjetivos positivos, pero claro, soy su madre.
En el transcurso de este libro os he contado muchas anécdotas. Ahora voy a
narrar algunas que creo que no son verdad del todo, porque nunca me he
sentido una casamentera. Nunca me he metido en la vida de nadie, otra cosa
es hacer un favor, a eso estoy siempre dispuesta. Os contaré alguna
anécdota que ilustre este falso título de casamentera.
Veréis, tiempo atrás aún había padres que imponían su voluntad a la hora de
casar a los hijos. Cuando yo estaba en Alcalá y trabajaba en el banco, había
un chico que se llamaba Juan Antonio, sus padres y mis tíos eran muy
amigos y también eran amigos de otro matrimonio, que tenían una hija,
Isabelita. Los padres de él y de ella, querían que se casaran cuando fueran
mayores, ellos nunca salieron juntos ni tenían amistad, sólo se veían cuando
los padres se juntaban por cumpleaños o alguna fiesta. Él hasta tuvo una
novia pero sus padres le hicieron romper con ella. Una mañana vino al
banco el primero porque quería hablar a solas conmigo. Me dijo que sus
padres querían que saliera con Isabelita, él no quería, pero lo tenía que
intentar. Me pidió un favor, como ambas cosíamos en la misma modista
todas las tardes, que hiciéramos un plan de encuentro. Al salir de coser yo
le diría que tenía que encontrarme con Juan Antonio para que me diera la
llave del banco, para poder ir yo al día siguiente. Eso hicimos, cuando
estuvimos los tres, puse una excusa para irme y dejarles juntos. Él confió en
mí y yo nunca dije esto a nadie. Por cierto, se casaron por obligación,
tuvieron dos hijos y a vista de todos han vivido bien. Cada año en el pueblo
nos vemos. Pasado el tiempo después de casarse, ella me dijo que sabía que
yo había intervenido. Si no lo han dicho ellos, nadie del pueblo lo sabe por
mí.
En Luco también tenía una amiga, Clotilde, que no la dejaban salir con
Aurelio, el chico que ella quería. Los padres de ella eran de los más ricos
del pueblo y él no tenía nada. Se lo prohibieron, no podían ni saludarse
cuando se cruzaban por la calle, ellos cada vez estaban más enamorados, se
escribían cartas y las escondían en una pared. Así estuvieron mucho tiempo,
nadie los veía hablar y en el baile ni se miraban, disimulaban, él bailaba con
Conchita o conmigo y nos gustaba porque bailaba muy bien. Venía mucho a
nuestra casa, era el hijo del practicante, mi padre lo cogió para trabajar en la
tierra cuando no quiso estudiar más. Clotilde también venía a mi casa,
cuando llegaba a la puerta, preguntaba si estaba él, para no juntarse. A pesar
de eso, su familia nos ponía mala cara. Cuando yo estaba en el pueblo, ella
me pidió un favor, me dijo que les habían descubierto el sitio donde
escondían las cartas y no podían seguir haciéndolo. Me pidió si les podía
ayudar y claro está les ayudé. Cada día ella pasaba por mi casa, me daba
una carta para él, yo a cierta hora de la tarde salía a las afueras del pueblo y
en un sitio que no nos podía ver nadie, me cruzaba con Aurelio,
intercambiábamos las cartas, seguíamos nuestro camino, este es otro secreto
que he sabido guardar hasta hoy. Al final triunfó el amor, cedió la familia,
se casaron y se dieron cuenta de que no podían coger otro yerno más buena
persona. Nunca tuvieron problemas con él, se querían mucho ellos dos y
cuidó de los padres y tíos de ella, como si a él lo hubiesen querido desde el
primer día. Un día conocí a sus sobrinos ya mayores, se alegraron porque
sabían que yo había intervenido para que sus tíos se casaran.
12. Hermanas, maridos, hijos, nueras, yernos y
nietos, sumamos treinta y siete
En la escalera que vivíamos éramos treinta y dos vecinos, cada uno de una
parte de España, Andalucía, Aragón, Toledo, Galicia, Albacete y cuatro
familias de catalanes, que por cierto estando en su tierra les llamábamos
“los catalanes”. Siempre nos llevamos bien, a mi me ha gustado ayudar a
todos y cuando yo lo necesitaba también me ayudaban. Eramos jóvenes, la
mayoría recién casados, muchas quedamos embarazadas al mismo tiempo.
Los niños todos eran amigos, jugaban juntos en el rellano. Dos días después
de Álvaro nació otro niño, Barto, que es su mejor amigo, todavía hoy se ven
un día a la semana para comer. Casi todas las mujeres se dedicaban a la casa
y, cómo no, a los hijos. Como yo cosía, muchas vecinas me pedían que les
hiciera los vestidos. Yo nunca quise, porque nunca supe qué cobrar, a una
porque no podía, a otra porque tenía muchos hijos, otras me habían hecho
algún favor... no estaba bien que les cobrara. Prefería tener trabajo de una
empresa, me lo daban cortado, me pagaban por piezas terminadas, no tenía
que perder tiempo hablando...Pero ¿qué pasaba con las vecinas?, pues que
les cosía y no les cobraba.
De las tres vecinas del rellano a dos les ayudé muchas veces. Como sabían
que yo además de coser, sabía hacer muchas cosas, pues siempre me
estaban pidiendo ayuda. A una hasta les puse inyecciones, tenía seis hijos:
dos chicos y cuatro chicas. A las tres mayores les hice el vestido de novia y
a la pequeña no pude, porque no me encontraba bien. Como tenían poco
dinero nunca les cobré nada, decían que me querían mucho. Estaba contenta
de poderles ayudar pero pasaba nervios, ya que también tenía que hacer los
vestidos de la tienda que me había comprometido. La otra vecina que sabia
coser un poco, no se atrevía a cortar nada, ni sabía sacar un patrón, ni hacer
un jersey, si no le guiaba yo, me daba mucho trabajo. La tercera, no se
atrevía a pedirme nada, era muy mirada, le cosí algunas cosas. Dos vecinas
más de la escalera me pidieron que les cosiera, les hice un vestido a cada
una sin cobrar y les dije que no podía hacerles más.
En cuarenta y cuatro años que vivimos allí, fraguamos una amistad muy
buena. Cuando ya nos jubilamos todos, muchas tardes nos juntábamos en
nuestra casa con los vecinos del rellano, tomábamos café con pastas o hacía
chocolate y pasábamos la tarde hablando. Algunas veces traían ellas el café
o las pastas, estábamos bien porque no somos de criticar, siempre
hablábamos de nuestras vidas, de nuestros hijos. Hace seis años que
ninguno vivimos allí, pero ha sido por mejorar. Uno de ellos ha muerto.
En esa vida en común hemos pasado de todo, alegrías y tristezas.
Hemos celebrado muchas comidas con la familia, aunque el piso era
pequeño siempre cabíamos todos. En Navidad venía la familia de Villarreal,
nos reuníamos un día en nuestra casa y otro en casa de Conchita. Nuestros
hijos y los de mis hermanas, niños y niñas, siempre se han llevado bien.
Cuando terminábamos de comer se ponían todos a jugar con juegos de mesa
y se lo pasaban a lo grande. Todos estábamos felices de verlos, somos
cuatro hermanas, se juntaban diez primos, una maravilla.
Leonor murió pero los que quedamos entre hermanas, maridos, hijos,
nueras, yernos y nietos, sumamos treinta y siete. Cada verano, nos
reunimos en un restaurante, comemos juntos, es bonito ver como crece la
familia... es casi un milagro...
Desde luego pasamos también los momentos tristes de la muerte. La
primera fue la madre de Vicente, Dolores. Mi hijo pequeño tenía cuatro
meses cuando se puso muy enferma. Yo me fui a Alcalá con los dos niños, a
Álvaro se lo llevaron mis padres a Villarreal. Me quedé con el pequeño que
todavía tomaba el pecho para cuidar a mi suegra, a mi suegro, a Venancio y
a Vicente que venía los fines de semana. Después de padecer mucho murió,
tenía cáncer de hígado, yo lo sentí realmente, me llevaba muy bien con
ella... Fue la primera de la familia en irse.
Un año y medio más tarde murió mi padre, Juan, de accidente en la
carretera, fue rápido. Había ido muchos años con camiones y nunca le pasó
nada grave, esta vez iba en coche y en una curva, un traicionero camión le
dió de frente. No se le apreciaban heridas, lo tuvieron en observación, pero
antes de cuarenta y ocho horas murió. Fue un golpe muy grande, se acababa
de jubilar, justo cuando empezaban a estar tranquilos... Me parecía
imposible que no le viese más. Había cambiado tanto que no parecía la
misma persona de nuestra infancia. Ir a Villarreal cambió la vida de mis
padres, estaban tranquilos ellos dos y Araceli. Mi hermana pequeña que ya
era maestra y estaba ejerciendo en un pueblo de la provincia de Teruel,
Olocau del Rey. Se iban a vivir con ella el tiempo que tenía colegio, ahí es
donde tuvo el accidente. Mi madre en ese momento estaba en Barcelona
porque hacía dos días que había nacido un hijo de Conchita. Ya os cuento,
fue tan rápido que parecía mentira que se hubiese ido.
Unos años más tarde se fue mi madre, María, cáncer de estómago. Vino a
Barcelona para ver si se podía curar, estuvo en casa de Conchita. Me
hubiese gustado poderla cuidar pero teníamos muchas escaleras y ella
estaba muy débil. Mi hermana la cuidó muy bien, no le faltó de nada, era
triste ver como se consumía sufriendo y lo único que podíamos hacer era
ponerle calmantes y verla sufrir. Murió y lo pasé tan mal que no hacía más
que llorar; la quise muchísimo. Tenía mucha confianza conmigo, antes de
ponerse enferma, la llamaba muchas veces por teléfono y nos contábamos
muchas cosas. Cuando dábamos a luz Conchita o yo, siempre vino para
ayudarnos, estaba unos días hasta que nos poníamos fuertes. En Navidad se
venían ella y Leonor con su familia a pasar las fiestas, nos hacía mucha
ilusión. Cuando faltó ella dejamos de reunirnos. Siempre la hemos echado
de menos.
Pasados los años perdimos a mi hermana Leonor, cáncer de páncreas, sufrió
mucho y lamenté que se fuera tan joven. Tenía mucho carácter, trabajó
mucho en vida y siento que no fue muy feliz. La quería mucho aunque
tuvimos alguna diferencia. Lástima que nadie le agradecerá nunca todo lo
que se sacrificó por los suyos.
El que tuvo la muerte más normal fue la del padre de Vicente, se llamaba
Vicente como su hijo. Se fue como él había dicho que le gustaría que
sucediera, sentado en su butaca. Nosotros estábamos a su lado. Se puso
enfermo, no pudimos ir a cuidarlo, porque yo había estado muy enferma.
Me habían operado tres veces en veinte días, también fue cáncer. Lo cierto
es que entré por un raspado,luego tuve una hemorragia, me hicieron un
taponaje en vivo porque no me podían anestesiar y si no lo hacían me iba.
Aunque fue muy doloroso no solucionó nada. Me operaron pero no
consiguieron quitarme el problema, al final me operaron otra vez, me
extirparon la matriz, luego vino la radioterapia y la braquiterapia. Estuve
cuarenta horas seguidas en una máquina aislada de todos y sin cambiar de
postura, recibí una gran dosis de radiación. Fue duro, todavía sufro las
consecuencias, pero gracias a lo que me hicieron estoy con vida. Los
médicos no creían que me salvaría, ni la familia, ni tan siquiera yo, pero salí
adelante, me costó mucho. Para colmo de males cuando me estaba
reponiendo Vicente tuvo un accidente en el trabajo, un transpalé en marcha
le cayó encima de la pierna, al pobre le hizo mucho daño, le operaron tres
veces y estuvo tres meses en el hospital. En ese tiempo se puso enfermo su
padre, lo cuidaba Venancio que tenía que trabajar. Hacía lo que podía pero
el padre estaba nueve horas solo, muchas veces en la cama. Sufrí mucho por
él porque era una excelente persona, conmigo se portó siempre muy bien,
decía: "María si fueses hija mía, no te querría más". Cada verano íbamos de
vacaciones a Alcalá, mientras vivió mi madre estábamos la mitad de días en
cada sitio. Para mí no eran vacaciones, porque me iba con tres hombres y en
Alcalá había dos más, además una casa que durante un año no entraba
ninguna mujer a limpiar. Lo que hacía Venancio era poca cosa, así es que
cuando llegaba yo tenía que darle la vuelta a la casa porque todo estaba
sucio. Tenía que comprar, cocinar, atender la ropa y francamente todo lo de
la casa, porque los hombres no hacían nada. Salvo Vicente que cuando
hacía los baños sí que me ayudaba.
Mi suegro se daba cuenta de todo, para ayudarme, antes de que llegáramos
llenaba la nevera de comida. Cuando compraba yo él quería darme dinero
pero nunca se lo cogí, así es que cuando llegábamos, me llevaba a la cocina,
abría la nevera y decía:" aquí tienes, un conejo,un pollo, carne, salchichas y
huevos". También me decía:" Venancio hace el turno de la tarde así es que
la comida la quiere para las doce" o bien: "vendrá a comer a las tres". En
esos momentos yo me preguntaba: ¿vacaciones? .Él siempre padeció
porque yo tenía mucho trabajo.
Por las mañanas cuando me levantaba, nos poníamos a hablar. A veces me
preguntaba, ¿quién me cuidará cuando me ponga enfermo?, a lo que solía
contestarle: "yo, hombre yo". Ya entonces tenía noventa y dos años, nos
necesitaba y no podíamos ir. El primer día que le llamé por teléfono
después de salir del hospital, que tenía muy poca voz, el hombre se alegró
tanto que lloró, me dijo: "María cuando vengas, buscaremos una mujer para
limpiar". Por eso aunque estábamos mal, Vicente con muletas y yo que no
me aguantaba de pie, de hecho fui todo el viaje estirada en el asiento de
atrás, decidimos ir a verle. Un fin de semana nos llevó Álvaro, Víctor no
podía porque los fines de semana trabajaba en el Parque de atracciones del
Tibidabo.
Ese día se levantó porque íbamos, quiso comer con nosotros pero no habló
nada, por la tarde se sentó en su butaca, se quedó como dormido, cada vez
respiraba más profundo, cuando quisimos despertarlo, ya no pudimos, vino
el médico, hizo lo que pudo, murió. Fue como si hubiese esperado a vernos
para morir tranquilo, no sufrió. En el fondo para nosotros fue una
satisfacción verle con vida y estar con él en sus últimos momentos.
Víctor vino al entierro, yo no pude ir a la iglesia porque no me aguantaba de
pie.
Nuestros hijos le querían mucho, fue el abuelo que más conocieron, murió
muy mayor y tuvieron tiempo de convivir con él.
Mientras vivió el abuelo, íbamos a Alcalá a pasar Navidad, Semana Santa y
verano, él se alegraba de que fuéramos, pero los últimos años a Venancio le
molestábamos. Nosotros teníamos unos amigos en el pueblo, él murió, que
siempre nos hemos llevado bien, éramos como hermanos. Ellos venían de
vez en cuando a Barcelona a visitarnos. Cuando estábamos en Alcalá nos
veíamos mucho, unas veces en casa de ellos, otras en casa de Venancio, que
era donde estábamos nosotros. Mi familia también venía de vez en cuando.
Al principio Venancio estaba contento pero luego vimos que le molestaba.
Creía yo que le compensaría con todo lo que yo hacía en aquella casa,
limpiezas, compras y que lo hacía todo, pero no se por qué también le
molestaba que limpiase tanto. Por ejemplo si nos llamaban por teléfono y él
estaba durmiendo se enfadaba, y la verdad con los turnos que tenía nunca se
sabía cuando dormía.
Pensamos que lo mejor era que nos compráramos un piso y nos fuéramos.
Lo hicimos así pero no nos fuimos hasta que murió el abuelo, no queríamos
dejarle solo, ni hacerle cambiar de casa, el estaba acostumbrado a sentarse
en su butaca. Desde allí veía la plaza, y oía a la gente.
Compramos un piso que nos gustó mucho, estaba cerca de Venancio. Así
estábamos cerca pero no juntos. No teníamos bastante dinero, pero
Conchita, el padre de Vicente y su hermano nos lo prestaron. El dinero de
Conchita en un año se lo devolvimos, cosía como una loca, nunca nos ha
gustado tener deudas con nadie. En cambio con el otro dinero, el abuelo nos
sorprendió con su generosidad y lo hizo muy bien. Como Venancio nos
había prestado quinientas mil pesetas y él otras tantas, un día nos dijo que le
daba las quinientas mil pesetas a Venancio y así estaba todo arreglado.
Comprar ese piso fue lo mejor que pudimos hacer. El primer año que
fuimos a pasar las vacaciones habían pasado muchas cosas malas, en
septiembre del año anterior, estuve muy enferma, en enero tuvo el accidente
Vicente y en julio murió el abuelo. Antes de ir hablé con Venancio porque
siempre habíamos ido a su casa y como era el primer año que no estaba el
abuelo me sentía mal por ir a la nueva. Pero dijo que nosotros teníamos que
ir a nuestra casa, que él estaba bien solo. Por cierto aquel año 1994
estrenaron piso con nosotros, Víctor, Neus y su hermana Mónica. Al
quedarnos solos muchas veces yo le decía a Vicente: "este piso es un regalo
por todo lo que hemos sufrido". Cada día estamos más contentos de haberlo
comprado, es grande, tiene mucho sol, caben los dos hijos con sus familias.
Podemos invitar a quien nos de la gana, sin miedo de que nadie se enfade.
Lo dejo limpio y cuando llego sólo tiene polvo. Con mi cuñado estamos
mucho mejor, viene a nuestra casa cuando estamos y cuando vienen
nuestros hijos aún más porque se lo pasan muy bien junto a nosotros, eso
nos llena de alegría. Él está mucho mejor solo, viene a vernos y cuando
quiere se va a su casa.
Hace unos años que trabaja un poco de tierra, planta solo para su casa,
tomates, judías y varias cosas más. Cuando vamos nos da de todo lo que
tiene, por cierto está mucho más bueno que lo que se puede comprar, es una
alegría cuando llega del huerto, nos llama y entonces hago para cenar judías
recién traídas, están buenísimas.
Notas y anécdotas:
Ahora me toca reflexionar y me doy cuenta de que tuvimos mucha suerte
con nuestros padres, tanto Vicente como yo. Eran unas personas listas, mi
padre sabía de letras y de números, había ido al colegio, aparte de eso no le
daba miedo nada, mataba los cerdos del pueblo, arreglaba la luz o lo que se
estropease en casa. Nuestras madres sabían muy poco de letras, pero eran
listas. Mi madre aprendió corte y confección con un libro que se compró
una amiga suya para aprender. Como ella no lo entendía se lo dio a mi
madre y con aquel libro aprendió sin ir a ninguna academia. Se compró una
máquina cuando se casó y fue la modista de Luco y sus alrededores. La
madre de Vicente también sabía hacer ganchillo y le tocó trabajar mucho.
Su padre no sabía ni de letras ni de números. Era un hombre muy decidido,
se iba a otro pueblo con el carro cargado de una cosa para vender y allí
cargar con otra para venderla en Alcalá. Contaban que cuando terminó la
guerra, que se pasaba tanta hambre, fueron con el carro cargado de leña a un
pueblo de la provincia de Teruel, la intención era venderla para bajar con el
carro lleno de otra cosa y venderla en Alcalá. A la hora de cenar les sacaron
un plato de patatas y col, como les gustó repitieron creyendo que no había
nada más, ya que en su en su casa siempre había sólo un plato. Pero su
sorpresa fue mayúscula cuando les sacaron una bandeja con costillas de
cordero, no se las pudieron comer porque ya estaban llenos.
13. Estamos muy orgullosos de los dos
Siempre quisimos que nuestros hijos estudiaran una carrera, que
encontraran un buen trabajo y pudieran vivir mucho mejor de lo que
habíamos vivido nosotros. Estamos felices porque los dos lo han
conseguido.
No podíamos pagar colegios privados, fueron al Colegio Nacional hasta
BUP, entonces pasaron a un colegio concertado, Hogares Mundet. Por
supuesto Álvaro prefería ir a un Instituto Nacional al que iban sus amigos,
pero nos parecía mejor el otro, pasado el tiempo se convenció y estaba
contento de haber ido. Víctor también fue a los mismos colegios, él no tuvo
ninguna duda. Trabajaban mucho, sacaban notables o sobresalientes,
estábamos muy contentos.
Cada verano, al terminar el colegio, lógicamente el primero fue Álvaro, se
fue a Alcalá para trabajar con su tío en la gasolinera. Ponía gasolina,
limpiaba coches, hacia turnos como todos. La primera vez tenía dieciocho
años, estando allí se sacó el carnet de conducir, todo lo hizo a la primera.
Tenía tantas ganas de obtener el carnet, que cuando llegamos, la última
semana de julio y como en agosto cerraban la academia, convenció a su
padre para ir a Barcelona a hacerse los papeles. Se fueron por la mañana y
volvieron por la tarde, su plan era infalible, a finales de julio tendría el
carnet. Este hijo nuestro siempre tenía prisa por conseguir las cosas.
Esto nos trajo algunos problemitas, ya en Barcelona, los domingos le pedía
el coche a Vicente. A su padre nunca le parecía bien dejárselo, entendía los
motivos de cada uno, nuestro hijo decía: "si el coche está parado, ¿por qué
no lo puedo aprovechar?" a lo que su padre le contestaba: "si tienes alguna
avería, ¿cómo voy mañana a las seis de la mañana a trabajar?". Ambos
tenían razón pero era difícil convencerlos, cuando al final Vicente cedía
porque siempre cedía el más generoso, yo me ponía contenta, sobre todo
por lo feliz que se iba nuestro hijo, al mismo tiempo sufría hasta que estaba
de vuelta. Me pasaba la noche mirando por la ventana hasta que llegaba. He
de decir que cuando cogía el coche miraba la gasolina que tenía y lo dejaba
con la misma cantidad.
Siempre fueron prudentes con el dinero. Les dijimos que el dinero que
ganaban era para ellos. Cada fin de semana, les dábamos una cantidad para
salir.
No sé si lo hicimos bien o mal pero hacíamos lo que nos parecía mejor para
ellos, esperábamos que supieran trabajar, ahorrar y con su dinero tomar sus
decisiones correctas.
Estamos muy orgullosos de los dos.
Víctor estuvo muchos veranos trabajando en las atracciones del Tibidabo
mientras los amigos estaban de fiesta. Antes de cumplir los dieciocho años
ya empezó con la teórica para sacarse el carnet de conducir, decía él: "es
preciso tenerlo”. Se lo sacó a la primera. También se iba los veranos a
trabajar a Alcalá, la primera vez con catorce años, trabajó en la lavandería
de un hotel con lavadoras de turbina, que además daban corriente por no
estar bien instaladas. Luego estuvo de camarero en otro restaurante,
Jeremías. Terminaba de madrugada, se subía al pueblo con una Vespa. La
verdad es que yo estaba todos los días deseando que no le pasara nada. La
Vespa se la dio su hermano que la había comprado de segunda mano. Víctor
fue a buscarla a Sants, que era donde vivía Álvaro con la novia, os recuerdo
que está al otro extremo de Barcelona, fue de noche y era la primera vez
que conducía moto, llegó bien, no pasó nada.
Álvaro se independizó, se fue a vivir con su novia, hubiese preferido que se
fuera de casa cuando estuviese casado, pero ellos no querían boda ninguna.
A mi familia les pareció mal que vivieran juntos, no estaban acostumbrados
como ahora. Al final comprendí a mi hijo, ya era mayor, eso era lo que
quería y yo siempre he querido que sean felices. Lo que me dolió es que a
mi familia les pareciera tan mal, unos dejaron de nombrarle inclusive de
preguntar por él, ya solo existía Víctor. Me llegaron a decir que siempre lo
habían tenido por muy buen chico. Como si de repente fuera una mala
persona por decidir alquilar un piso, por ponerse a vivir con la novia. Otros
me recordaban que eso estaba mal hecho, que nosotros le habíamos
ayudado. Supongo que esto de ayudarle lo decían porque cuando vimos que
no iba a cambiar de idea y como sabíamos que una conocida nuestra quería
alquilar un piso, se lo dije a Álvaro, alquilaron aquel piso. Pensaba que si
nosotros que éramos los padres estábamos conformes, ¿por qué les sentaba
tan mal a mi familia?. Jamás me he metido con nada que hayan hecho mis
sobrinos, son ellos los que deciden sobre su vida. Por supuesto que sentí
mucho cuando se llevó todas sus cosas y ya no le veía cada noche, me
faltaba algo muy importante. Sé que es normal que los hijos se vayan
cuando son mayores, pero siempre he estado muy unida a ellos y me costó
acostumbrarme. Me pasaba el rato esperando que llamara por teléfono, lo
malo es que aquella chica era muy cerrada, no le gustaba comunicarse con
la familia. Pobre de mi, que siempre había tenido mucha comunicación con
los hijos, entonces pasé muchos días sin saber nada de nada, él llamaba
cuando podía, era normal.
Algunos sábados venían a cenar, como Víctor ya tenía novia, Neus, nos
reuníamos los seis y a mi me alegraban la vida.
Cuando cambiamos el coche le dimos el viejo a Álvaro, así ya no había
problemas. Estaba haciendo la mili, los tres primeros meses los hizo en
Tarragona, el resto en Barcelona por las mañanas y por las tardes iba a la
Universidad porque estudiaba informática
Víctor hizo la prestación social sustitutoria, trabajaba por las mañanas y por
las tardes iba a casa de un señor ciego y lo sacaba a pasear. Me parece esto
más de provecho que la mili normal. Este señor hacia unas cajas-joyeros
con tiritas de papel muy trabajadas, que no sé cómo podía hacerlo a ciegas,
eran muy bonitas. Le regaló algunas a Víctor.
Cuando dijo que quería hacerse objetor de conciencia era verano, estábamos
en Alcalá, nos preguntó: ¿qué os parece?. Le dijimos que bien, que hiciera
lo que quisiera. Pero cuando se enteró su tío, le dijo de todo menos guapo,
que si era un cobarde, que en la mili se hacían hombres y muchas tonterías
más. El hombre pensaba que si no hacía la mili era por miedo, no
comprendía que se podía hacer de otra manera, ayudando a la gente. El
pobre Víctor se llevó un disgusto tremendo, nosotros le dijimos que no
hiciera caso a nadie.
Álvaro se compró un coche nuevo y le dio a Víctor el que le habíamos dado
nosotros. Era una pena que siempre heredase vehículos viejos pero por otro
lado, tenía la suerte de tener vehículos suyos y no tener que discutir con su
padre como su hermano. Luego se quedó con el nuestro cuando lo
cambiamos.
Conocimos a Neus, nos gustó mucho, hacían muy buena pareja, siempre los
veíamos contentos... con el tiempo decidieron casarse.
Yo estaba con una depresión grande, había tenido problemas con mis dos
hermanas mayores. Ellas decidieron algo que a nosotros no nos pareció
bien. Nunca quería problemas y a todo decía que sí, pero esta vez dije:"no
estoy de acuerdo". Se sorprendieron y enfadaron mucho ambas conmigo.
No se esperaban mi respuesta, además acababa de pasar todos los
problemas de mis operaciones y Conchita había hecho mucho por mí. Sé
que lo pasó muy mal, pensé que ella me comprendería pero no fue así. Ellas
también lo pasaron muy mal, a Conchita le daban hasta taquicardias. Yo me
sentía culpable del malestar de ambas. Leonor estaba en el pueblo pero
Conchita estaba a mi lado... siempre habíamos estado muy unidas... nos
llamábamos por teléfono a diario... ahora estaba enfadada... me entristecí...
no comía... tenía ganas de llorar... enfermé.
Al final tuve que ir al medico, me dio medicamentos pero como no
adelantaba nada fui a otro particular. Me cambió la medicación, pero
tampoco mejoraba mucho. Sólo tenía ganas de estar en cama y no ver a
nadie. Me levantaba cada mañana y hacía lo que podía, algunos días Víctor
y otros Vicente me llevaban con el coche a un sitio cerca de casa, que nunca
había gente, para pasear un poco pero enseguida me cansaba y solo quería
estar en casa... solo quería meterme en la cama.
Cuando Víctor dijo que se casaba, ya os he dicho que yo no estaba bien, me
daba miedo todo, aún faltaban muchos meses pero como no adelantaba
nada, tuve que cambiar de medico, este me recetó medicamentos más
acertados y parece que mejoraba un poco. Le decía al médico:" mi hijo se
casa en octubre, ¿no podré estar bien para la fecha?" Y el me contestaba: "
mire señora bien del todo no, pero mejor, si". Así fue.
El día de la boda fue estupendo, estaban los dos muy guapos, era un sitio
precioso con mucho jardín, vinieron toda mi familia y la familia de Neus,
que son estupendos. Todos dijeron que lo habían pasado muy bien, he de
confesar que me olvidé de mis pesares y fui un ratito muy feliz. Gracias.
A la mañana siguiente los recién casados vinieron a casa a despedirse
porque se iban de viaje de novios. Más tarde encontramos una carta en el
buzón, que cuando la leímos lloramos mucho los dos. En la misiva nos
agradecía lo que habíamos hecho por él, un montón de cosas bonitas, no
podíamos ni leer, las lágrimas nos nublaban la vista. Estaba contenta de
verlo feliz, pero cómo lo echaba de menos. Nos quedamos solos, ya no
estaban sus cosas, ni olía a su colonia, cuando llegaba Vicente, ya no venía
nadie más.
Estaba satisfecha de que cada uno fuera feliz con la persona que había
escogido, pero yo los echaba mucho en falta.
Álvaro y Ruth tuvieron problemas y decidieron separarse, como suele pasar
nos enteramos cuando ya no estaban juntos. No veía a Álvaro muy feliz
pero en nueve años que estuvieron juntos le había cogido cariño a Ruth.
Muy pronto empezamos a ver a nuestro hijo más feliz que antes y eso era lo
que nos importaba. Conoció a otra chica, Sandra. Cuando nos la presento, la
encontramos estupenda, era todo lo contrario que la anterior.
Nuestra Sandra es simpática, abierta, habladora y cuando vienen a casa a
cenar con Víctor y Neus, se llevan muy bien... Nosotros estamos muy
contentos.
De verdad, muchas gracias hijos...
Notas y reflexiones:
Educar a los hijos es francamente complicado y aunque una ponga buena
voluntad nunca se sabe si se está haciendo bien. Intentas no repetir los
errores de tus padres y enseñarles lo que consideras correcto. De nada de
esto nunca tuve una gran certeza. Intenté ser sincera con ellos, nunca les
engañé, si les prometía una cosa la cumplía, procuraba convencerles con
explicaciones para que entendieran por qué se hacían las cosas. No me
gustaba nada cómo nos había tratado mi padre cuando éramos pequeñas,
con él no podíamos opinar, sólo teníamos que obedecer. Una vez, que yo
tenía que ir a guardar, me encontré con una amiga que me comentó por
dónde iba ella, si yo iba por su camino podíamos estar juntas cada una con
su rebaño. Cuando llegué a casa le pregunté a mi padre si podía ir por allí,
enseguida quiso saber por qué. Le dije que por nada, pero me obligó a decir
la verdad y entonces me dijo, "eres tonta, ni para ti vales " y me mandó a
otro sitio, a mi me dolió mucho. Mi madre era muy diferente y él también
cuando se hizo más mayor. Os recuerdo que Araceli ya lo conoció diferente,
nosotras ya no estábamos en casa, ella siempre tuvo más libertad para
decirle lo que quería y mi padre no se enfadaba, habían pasado los años y
todo había cambiado.
Por eso siempre quise que mis hijos entendieran por qué les reñía o no les
daba lo que pedían, y nunca les mentía.
14. La experiencia más bonita que pueda haber
Llevaban unos años casados Neus y Víctor cuando vinieron a vernos.
Andaba triste, ya que hacía unas semanas se había muerto Leonor. La cosa
es que me dieron un regalo, una cajita en la que dentro hallé una figurita de
cristal. Era un cochecito de bebé, primero la vi como un adorno pero luego
me dio un vuelco el corazón, les dije ¡¿SI?! . Ellos se rieron y lo entendí de
golpe...qué alegría tan grande... pensar que tendríamos un nieto o una
nieta... otra experiencia nueva. No supimos si era niño o niña hasta que
nació porque ellos lo quisieron así.
Poco antes de nacer el nieto, Álvaro tuvo un accidente grave con el coche.
Una mañana triste iba a trabajar, se le fue el coche al salir de la autovía y
chocó de frente contra un muro. Tuvo algo de suerte porque detrás de él iba
un coche de policía, lo vieron todo, llamaron rápido a la ambulancia y en
pocos minutos estaba en el hospital. Cuando llegamos primero nos habló la
policía, nos explicaron lo que había pasado, después le tocó el turno al
médico. A priori, diagnóstico grave, gravísimo. Tenía rotas las costillas, las
piernas, pero aún peor la cabeza. Fractura craneoencefálica. Por otro lado
diagnosticaron que el corazón, el hígado y el riñón, lo tenía bien. Pensaban
operarlo, les pedí que hicieran todo lo que pudieran por salvarle. Estaba
muy mal, nos quedamos paralizados, no sabíamos qué hacer. Nos dieron sus
cosas, entre ellas su móvil, no habíamos tocado nunca un móvil, le pedimos
a la policía que buscaran ellos el número del trabajo de Sandra, lo hicieron.
A la pobre le dimos el susto de su vida y vino enseguida. Para Víctor fue un
mazazo, llegó volando. Los médicos pensaban operarlo pero creo que no se
atrevían, el accidente fue a las nueve de la mañana y lo operaron a las
cuatro de la tarde, a esa hora estaban allí todos los familiares y amigos.
La policía tardó mucho en podernos avisar porque llamaban a su casa y no
había nadie. Llamaban a la nuestra y estábamos en el entierro de una prima.
Ya de vuelta del entierro, llamó otra vez la policía, nos dijo lo que había
pasado, el corazón se nos estrujó, salimos corriendo para el hospital.
La incertidumbre nos ahogaba.
El policía que hizo el parte, decía: "pierde una pierna", también dijeron que
tendrían que operarle más veces, por suerte no fue así. La operación fue
bien, hicieron un trabajo estupendo, a pesar de lo mal que estaba.
Realizaron un trabajo de ingeniería milagroso en sus piernas... Hoy anda sin
muletas, hasta corre algunas carreras aquí en Barcelona, está perfecto.
Gracias Álvaro, nos salvaste a todos.
Estuvo veinte días en coma, sufrimos, cada día íbamos mañana, mediodía y
noche. Esos son los tres breves momentos que dejan entrar a los familiares,
uno cada vez y con una bata esterilizada. Luego salía el médico un
momento y nos daba el parte: "todo esta igual". Es muy duro ver a tu hijo
lleno de tubos, hierros por las piernas, dormido sin saber si despertará.
Confiaba en que si despertaba se recuperaría, porque siempre había tenido
mucha fuerza de voluntad, pero los médicos decían que si despertaba podía
ser una persona diferente. Sandra buscó sitios, libros donde hablaban del
coma y todo era malo. La mayoría de las personas cuando despertaban
tenían otro carácter, amargados por las secuelas que les quedaban. Estaba
sedado por todas las heridas que tenía en el cuerpo, pero cuando le quitaron
la sedación tampoco despertó. Los médicos nos pedían que le hablásemos
cuando estuviésemos con él, aunque no abriera los ojos. Lo hicimos pero
nada. Estando con él, le repetía una y otra vez: "hijo, si me oyes saca la
lengua". No lo hacía y yo venga a repetir lo mismo: "hijo, si me oyes saca la
lengua". De repente sacó la punta de la lengua, ¡madre mía! no sabe nadie
lo que pasó dentro de mi, ahora sí se salvaría, me había oído, pudo hacer lo
que le pedía "hijo, si me oyes saca la lengua". Salí fuera como en volandas,
se lo conté a los demás y nos abrazamos todos. Estábamos como locos
porque lo habíamos recuperado.
Estuvimos muy unidos para ayudarle en la recuperación, nadie supuso lo
difícil y lenta que era pero aprendimos. Poco a poco fue despertando,
empezó a hablar, curó las heridas. Lo llevaron a otra clínica para la
recuperación, estuvo cuatro meses ingresado, era lento pero estábamos
animados porque cada día adelantaba un poco. Mantenía su mismo carácter
y su fuerza de voluntad para hacer todo lo que le pedían.
Con Víctor nos acercamos donde le hacían la recuperación, para nuestra
sorpresa vimos que estaba de pie, sujeto con unas correas a una tabla, él no
se aguantaba ni sentado, pero nos dio mucha alegría verlo luchando de pie.
Otra vez nos llamaron para que viéramos cómo andaba, estaba con un
caminador que le llegaba hasta los sobacos, le vimos andar y nos parecía un
milagro. Poco a poco y con mucho esfuerzo se recuperó del todo, todos
hicimos lo que pudimos y Sandra lo dio todo. Cuando volvió a casa ella no
tenía pereza de salir a la calle con los andadores y las muletas simplemente
para ir a una terraza a tomar un café. Eso a Álvaro le daba vida. Fue una
suerte que tuviera a Sandra a su lado porque es muy positiva. Él estaba muy
feliz con ella, por eso sentimos tanto que tuviera aquel accidente justo en
ese momento de felicidad. Por suerte todo pasó y terminó bien.
Cuando nació el primer nieto, Miguel, fue la mayor de las alegrías. Álvaro
aún estaba en la clínica pero se había recuperado bastante. Nos parecía un
regalo aquel niño tan bonito, después de tantos malos ratos. Al salir del
hospital con el niño, fueron a ver a Álvaro, se puso muy contento de tener a
su sobrino en brazos. Por nuestra parte cuando podíamos salir un poco
pronto de la clínica, íbamos a casa de Víctor para tener un ratito en nuestro
regazo a Miguel, era sin duda el mejor medicamento. Cuando lo tenía en
brazos y se dormía ni me movía porque estábamos en la gloria, tanto él
como yo...
Dos años más tarde, Álvaro y Sandra, se compraron un piso y estaban
haciendo obras para ir a vivir, decidimos visitarles, nos enseñaron la casa,
se pararon en una habitación y nos dijeron: "será para poner la cuna", yo
contesté: “claro cuando vengan los niños“, en ese momento nos dijeron:
"está en camino", nos dieron una alegría muy grande, tener otro nieto.
Cuando el accidente, Sandra me decía: "hemos hablado de casarnos y tener
hijos". Sufría pensando que el accidente le quitara esa felicidad, siempre he
creído que él seria un buen padre, ahora puedo decir que no me equivocaba.
Por suerte, pudieron formar una familia. Se casaron, tienen dos hijas
preciosas, pudieron cumplir sus ilusiones. La boda fue muy bonita y muy
emocionante para todos, al verlos tan felices a los dos y Álvaro tan
recuperado, le quedó el mismo carácter o incluso mejor. Un amigo suyo,
que leyó unas palabras en la ceremonia, después de alabar sus cualidades
dijo que si no existiera habría que inventarlo. Para Sandra también hubo
palabras muy bonitas, se las merecía. Primero fueron anécdotas alegres que
reímos todos, luego llegó la parte seria y a todos nos caían las lágrimas de
la emoción.
Cuando nació Laura fue otra alegría. Una niña, ya teníamos por fin un nieto
y una nieta. Dos meses más tarde llegó Sergio y dos años después Marta.
Nunca pensé como sería eso de ser abuela, pero tengo que decir que es la
experiencia más bonita que pueda haber, les quiero tanto a los cuatro...
cada uno tiene su forma de ser, son tan diferentes.
Carta de vuestra abuela.
Queridos nietos:
Yo he disfrutado mucho con vosotros, os he enseñado cosas, me ha gustado
ver como escuchabais con atención y aprendíais rápido. Os he dado todo el
cariño que he podido y me habéis dado mucho más. Si, ya sé que muchas
veces os he reñido, pero siempre os digo lo mismo, “yo os consiento y os
doy todo lo que puedo, pero cuando digo que una cosa no puede ser, es que
no”
Sabéis que no os miento, siempre respeto vuestras opiniones. Os escucho
atentamente cuando me citáis con todo detalle una jugada de fútbol, un gol
o una fiesta de cumpleaños. No siempre me hacéis caso y menos a la
primera como me habían enseñado a mi, pero son otros tiempos, no me
quejo.
Los niños y las niñas son muy diferentes, lo sé y me habéis puesto muchos
ejemplos de eso, recuerdo cuando Laura siendo bastante pequeña, tenía
mucha preocupación con la muerte, no quería que nos muriéramos nunca,
yo tampoco. Me daba tanta pena que estuvieses tan preocupada por eso.
Luego vinisteis con otras preguntas, algunas muy complicadas de contestar.
Siempre os he intentado responder con lo que sabía, ayudaros lo que podía.
Veo como os vais haciendo mayores los cuatro y me gusta mucho estar con
vosotros. Me pedís que esté cuando hacéis los deberes, lo hago encantada,
pero poco os puedo ayudar. A Miguel nada ya, y al resto poco, si es que
algunas cuentas que el resultado sigue siendo el mismo, han cambiado la
forma de hacerlas.
Algunas veces os quedáis los cuatro a dormir en nuestra casa. Nos gusta
mucho veros juntos, montamos las camas de forma que estéis todos en la
misma habitación y es una fiesta. Da gloria veros sentados en la mesa
porque disfrutáis comiendo. Lo único malo de todo esto es que tengo
muchos años y me canso un poco. Penséis lo que penséis tened claro que la
verdad es, que vosotros, me dais mucha vida.
Marta ya tienes seis años, sé que piensas que eres mayor, pero seguirás
siendo siempre mi pequeña, eres la que me recuerda que ya no vendrán más
nietos.
Un día te dije Sergio: ¿donde está aquel niño que yo bañaba y jugaba con él,
ha desaparecido? y me contestaste algo bonito que siempre recuerdo: "no ha
desaparecido, está en tu memoria". En conclusión mientras tenga memoria
disfruto recordando, os disfruto. Os veo crecer... cada día estáis más guapos.
Recordad que a mis hijos tenía que educarlos, enseñarles lo que está bien y
lo que está mal, que estudiaran, obedecieran, fueran trabajadores y
honrados, siempre me sentía responsable de cómo fueran vuestros padres el
día de mañana.
Víctor cuando tenía catorce años, me dijo: "me habéis enseñado a decir
siempre la verdad, pero que hay mucha gente que miente". Tenía razón pero
la solución no es mentir, la solución es ser honrado, aceptar los fallos y
aprender para no repetirlos.
Ahora con vosotros es muy diferente, os educan vuestros padres, nosotros
en cambio estamos en vuestras vidas un rato, como no trabajamos tenemos
tiempo para estar, tiempo para oíros, tiempo para jugar y tiempo para
complaceros siempre que podemos. Os queremos sin condiciones y siento
que nos queréis igual.
Hace poco me dijo Marta: "te quiero más que a ninguno de mis amigos",
cariño eso es lo máximo a lo que puede aspirar una abuela, ser vuestra
mejor amiga.
Cuando os riño no pensáis lo mismo, pero yo prefiero quedarme con los
ratos buenos... ¿y vosotros?
15. Al final lloramos todos
Hace seis años, nos cambiamos de piso. Álvaro y Sandra, tenían un piso
alquilado. El inquilino decidió dejarlo, nos comentaron, que porqué no nos
instalábamos nosotros, lo cierto es que está en mejor sitio y tiene ascensor.
Nos apenaba dejar aquel piso que tanto nos había costado conseguir, donde
había empezado nuestra vida juntos y teníamos tantos recuerdos. Era
nuestro primer hogar lo malo era que teníamos que subir ochenta escalones
y cada vez estábamos más mayores, nos convencimos y vinimos a vivir al
piso nuevo.
El ex-inquilino lo dejó muy mal pero los chicos lo arreglaron todo, pusieron
calefacción, parqué, baño nuevo. Y sobre todo tenía un maravilloso
ascensor que es lo que más falta nos hacía. Es un regalo muy grande, desde
que estamos en el piso nuevo tenemos una calidad de vida mucho mayor. Es
un ático, tiene una terraza grande donde los nietos han jugado mucho y
juegan. En verano, ponemos una piscina hinchable y se bañan todos.
Tenemos videos de cuando eran pequeños, bañándose y jugando los cuatro.
Hemos hecho más de una comida fuera y celebrado más de un cumpleaños.
Y algo que me encanta, tengo plantas. Y lo mejor estamos cerca de los
hijos. No nos podíamos imaginar esto, nunca pensamos en cambiar de piso
pero ahora nos damos cuenta de la diferencia que hay en todo. Sabemos que
si lo hubiesen alquilado otra vez, estarían ganando dinero, pero han
preferido contar con nosotros y estamos muy agradecidos.
Tenemos mucha suerte con los hijos y las nueras, no pueden ser mejores,
siempre piensan en nosotros. Muchas veces hablando con Vicente de lo
bien que se portan con nosotros, nos emocionamos. Ya sé que estamos en
una edad en la que somos más sensibles a todo, cualquier muestra de cariño,
nos enternece mucho.
Siempre se ha hablado de suegras y nueras, que se llevan mal, yo en cambio
he tenido mucha suerte con las mías. Son trabajadoras, cariñosas,
agradables con todos, les gusta reunirse con la familia y amigos. En
conclusión son buenas personas, creo que no se puede pedir más.
Yo procuro ayudar siempre que puedo, muchas veces tengo miedo de hacer
algo que les pueda molestar, pero quiero que sepan que siempre hago las
cosas con buena intención.
Hace unos años, los hijos y nueras, nos regalaron un ordenador con
impresora, mesa y todo lo necesario. Álvaro se ofreció a enseñarnos un
poco, nosotros nunca habíamos tocado un ordenador. Algunas veces nos
dijeron si queríamos uno, pero siempre decíamos que no, creíamos que todo
estaba en inglés y nosotros no tenemos ni idea, lo cierto es que nos
animamos y ha sido lo mejor que nos ha podido pasar .
Cuando Álvaro empezó a enseñarnos, le dijimos que nos enseñara lo más
necesario, porque con los años que tenemos no podemos empezar por los
primeros pasos de la informática. A mí me gustan mucho las fotos, ahora,
puedo sacar las que me gustan por la impresora y disfrutarlas a mi antojo.
Hacemos muchas cosas más, aunque sabemos muy poco, para nosotros es
más que suficiente.
Cuando los hijos hablaban entre ellos de las cosas que se pueden hacer con
Internet, yo siempre pensaba:"me encantaría aprender", ahora con lo poco
que sé me siento muy afortunada. Un día a la semana viene Álvaro y nos
soluciona los problemas. Tenemos la suerte de que él tenga tiempo y ganas,
estamos encantados. Víctor tiene trabajo y está más ocupado, pero también
hace todo lo que puede, la verdad es que la idea del ordenador fue suya y
fue muy acertada.
Nunca habíamos imaginado que tendríamos una vejez como la que
tenemos. Nos pasamos toda la vida trabajando y ahorrando por lo que
pudiera venir para cuando fuéramos mayores... Pero ahora viviendo con
todas las comodidades, estamos mejor que nunca. Estamos juntos, después
de tantos años, ya no sabríamos vivir de otra manera. Cuando nos toque
quedarnos a uno de los dos solo, que cada vez está más cerca, va a ser muy
duro.
Muchas veces pienso que lo mejor que he hecho en la vida ha sido casarme
con Vicente, no pude escoger otra persona mejor. Somos muy diferentes, él
muy tranquilo, yo muy nerviosa, no siempre estamos de acuerdo, ni mucho
menos. Pero es muy buena persona, que es lo importante, es incapaz de
hacer mal a nadie. Claro que nos enfadábamos cuando los hijos eran
jóvenes, él siempre decía que yo me ponía de parte de ellos. No era cierto,
pero se lo parecía, por suerte nunca hubo problemas gordos. Ha sido un
hombre comprensivo conmigo, incluso en la época que éramos jóvenes. Era
una etapa en la que muchos hombres decían que las mujeres no hacían nada
en casa, aunque tuvieran tres o cuatro hijos. Suponían que ellas se el
pasaban el día hablando, sin embargo Vicente decía: "trabaja más que yo".
Entonces los hombres, se iban a trabajar y cuando llegaban a casa, no
hacían nada, las mujeres lo hacíamos todo. En mi caso, cuando los niños se
iban al colegio, ya tenía el trabajo de casa hecho para ponerme a coser y
luego la comida, coser otra vez, atender a los niños, la cena y cuando
llegaba Vicente, tenía la casa recogida, la cena hecha y procuraba que
estuviera tranquilo, bueno esto es lo que hacían muchas mujeres.
Durante la semana teníamos poco tiempo para hablar, solo los domingos,
que nos sentábamos a desayunar y luego me contaba los problemas del
trabajo. Al principio trabajaba los sábados, solo tenía fiesta el domingo.
Cuando pusieron el sábado festivo nos iba muy bien porque ese día
hacíamos la compra con el coche y así no tenía que traer todos los paquetes
desde el mercado y subir la escalera yo sola. Cuando los niños eran
pequeños además de cargar la compra también cargaba al niño. Nunca tuve
a mi madre ni a mi suegra para dejárselos. Suerte que se llevaban siete años,
de esta forma primero iba con uno y cuando Víctor era pequeño Álvaro ya
estaba en el colegio. Entonces los niños los llevábamos siempre en brazos,
había muy poca gente que fuera con cochecito y yo menos. Si lo cogía
luego tenía que subir al niño y el coche, que por cierto solo lo usaba en casa
cuando eran muy pequeños para tenerlo cerca de mi o bien cuando cosía o
bien cerca de la cocina para que me vieran y así se distrajeran.
Por suerte también esto ha cambiado, las mujeres trabajan fuera de casa y
los hombres colaboran en todo lo que pueden. Y están las benditas
guarderías, antes a los niños los teníamos en casa hasta los cuatro años que
empezaban el colegio.
De matrimonio han pasado cincuenta años, luego hemos celebrado las
bodas de oro. Nos prepararon una sorpresa estupenda, les dijimos a nuestros
hijos que se encargaran ellos de buscar el restaurante para celebrar una
comida con la familia. Buscaron un sitio fuera de Barcelona, con mucho
espacio para jugar los pequeños y una sala solo para nosotros. Después de
comer nos pusieron una película que habían montado entre los cuatro.
Cuando empezaron a montar la pantalla creíamos que iban a poner cosas de
los nietos, pero cuando vimos las primeras imágenes, en las que estaba yo
con cuatro años, mis hermanas y mis padres y Vicente con los suyos, nos
emocionamos. Estuvimos todo el rato llorando, fue una cosa tan bonita, que
nos llevó de la mano a nuestra niñez, al pueblo, todos los recuerdos se
agolpaban en la cabeza, la música de la época, al final lloramos todos.
Miguel le dijo a su madre: "no entiendo porque lloráis si decís que estáis tan
contentos". Lo que voy a contar parece exagerado pero es cierto, estuve dos
o tres días en los que parecía que flotaba. Habían vuelto a mí muchos
recuerdos que estaban guardados, volvía a ver a mis padres, a mi hermana,
era una mezcla de alegría y dolor. Siempre los tengo presentes en el
pensamiento, pero verlos tan jóvenes... fueron muchos recuerdos de golpe...
fue un día muy especial... No lo olvidaremos nunca.
Deseo que mis hijos y nueras que tanto se preocuparon para darnos ese día
tan especial, cuando sean mayores reciban el mismo cariño que nosotros, se
lo merecen.
Notas y reflexiones:
Muchas veces he pensado que yo era débil, pero recordando algunas cosas
que han pasado para poder escribirlas, me he dado cuenta de que no lo soy
tanto. Si creo que una cosa me pertenece, lucho por ella. En una ocasión,
me tenían que operar de juanetes, yo me pagaba un seguro de hogar además
de la Seguridad Social, entraban hasta las operaciones. Cuando mandé los
papeles de la operación a la mutua me contestaron que eso no lo cubría la
póliza. Según ellos era una enfermedad crónica. Por supuesto no me quedé
con esa respuesta y a mi manera escribí una carta a la compañía dando mis
razones. Les expuse que aunque fuese crónica, ellos sabían bien que con el
tiempo se ponía peor, que yo me encontraba muy mal y que tenían que
operarme. No confiaba en que cambiaran de idea pero me desahogué
diciéndoles lo que pensaba. Llevaba muchos años pagando y nunca había
necesitado nada. Le di a leer la carta a Víctor, que aún estaba con nosotros,
para saber su opinión y le pareció bien. Vicente me decía que no hiciera
nada. Unos días más tarde contestaron que me pagaban la operación. Si me
pagaron es porque me pertenecía.
Cuando cumplí sesenta y cinco años pensé que no cobraría nada porque
hacía muchos años que no cotizaba. La hija y el marido de la señora
Montserrat donde estuve trabajando, me dijeron que lo mirara, porque había
una ley que si habías cotizado antes del año 1975 podías cobrar algo. Fui a
buscar la vida laboral, lo del banco no me salía. Aprovechando unas
vacaciones en Alcalá hablé con Juan Antonio, me confirmó que sí que
estaba en plantilla y que si hacía falta él declararía donde fuera. Vicente y
Venancio comentaban que era una tontería que lo mirase. Ellos creían que
no cobraría nada, al final me acompañó Vicente al banco, dijeron que lo
mirarían, me contestaron por carta y me mandaron lo que necesitaba. Neus
me arregló los papeles, empecé a cobrar, ahora después de catorce años ya
cobro cuatrocientos euros al mes. Estoy muy contenta, me pertenecía, lo
quería. Si no me hubiese movido no tendría nada. Por eso digo que aunque
a veces soy un poco débil también soy luchadora. Me ha tocado pasar
muchos problemas de salud y se aprende a superar obstáculos. Para salir
adelante se tiene que luchar; no puedes hundirte porque ahí te quedas.
Cuando el accidente de Álvaro, Sandra y yo nos unimos en todo lo que
fuera bueno para él. Digo nosotras porque éramos las que más estábamos en
primera línea, yo todo el día y Sandra toda la noche, pero toda la familia
estuvimos unidos y lo conseguimos. Aunque la fuerza de voluntad de
Álvaro fue lo principal.
16. Con la edad que tengo
Siempre me ha gustado tener amigos, los que hemos tenido, han sido para
siempre. En Alcalá en los cuatro años que estuve con los tíos hice muchas
amistades. Teníamos unos amigos de los que ya os he hablado, María y
Joaquín. Éramos como hermanos, cuando íbamos de vacaciones yo lo
pasaba bastante mal, lo único que me alegraba era verles por las noches
después de cenar. Íbamos a su casa y pasábamos un rato estupendo, Joaquín
siempre estaba de broma, también celebramos comidas y de vez en cuando
venían a Barcelona. Pasábamos unos días juntos , era estupendo, una
amistad limpia, sin maldad y verdadera . Hace unos años que él murió, lo
sentimos, nada ha vuelto a ser como antes, seguimos viéndonos con María
pero la alegría y las bromas se fueron con él.
A nuestros hijos también les gusta tener amigos, tienen muchos, yo creo
que es muy bueno tener amigos, claro está no todos son de verdad, pero
siempre hay de los buenos.
Un año en Alcoceber, que es donde van de vacaciones Víctor y Neus,
conocieron a una familia que también estaba de vacaciones. Fue una suerte
muy grande conocerlos, porque son estupendos, Eduardo, Cristina y sus
hijos Carmela y Gabriel, que son como dicen ellos, nuestros nietos de
verano. Gabriel y nuestros nietos, no se separan en toda la temporada
veraniega , no suelen pelear por nada. Alquilan un chalet de dos viviendas
una encima de la otra, pasan el día juntos, cuando vamos, nosotros somos
uno más del grupo de amigos. Hay unos pinos grandes que hacen mucha
sombra y allí debajo es donde se come.
Un día después de comer, hablando de nuestros recuerdos, Eduardo me
dijo: "podrías escribir tu vida", yo me lo tome a broma porque, ¿qué sabía
yo de escribir? Siempre he tenido complejo de que no llegué a aprender
bien ortografía. Aquel año quedó así, pero este año pasado me insistió otra
vez: "podrías escribir tu vida", a lo que yo le contesté , ¿ a quién le va a
interesar mi vida? y enseguida respondió Víctor: "a mí, y me harás el
hombre más feliz del mundo". Eso me hizo pensar que iba en serio, ¿como
podía privar a mi hijo de esa felicidad?. Eduardo me dio todas las
facilidades para que lo hiciera, él se encargaría de todo y me decidí, así es
que toda esta historia de mi vida se la debo a él. Ahora que estoy en el final,
le agradezco mucho que me animara a hacerlo, he pasado ratos muy buenos
recordando mi vida y otros muy malos. Ha habido de todo... claro, son
muchos años.
Con esto de escribir me han hecho un regalo estupendo. Dicen que a las
personas mayores nos gusta hablar y contar cosas de nuestra vida, los
demás no suelen tener tiempo para escucharnos. He tenido la suerte de
poderla contar como yo la recuerdo y con tranquilidad, además tengo unas
cuantas personas estupendas que se encargan de que todo esto salga bien,
¿quien puede tener más suerte que yo? nadie, seguro.
Eduardo y Cristina, os quiero mucho, desde el primer día habéis sido muy
cariñosos con nosotros, parece que nos conozcamos de toda la vida.
Eduardo, gracias a tí y a tu amigo Víctor, mis nietos sabrán como ha sido la
vida de su abuela desde el día en que nació.
Recordando, veo lo que siempre se ha dicho, que cada generación es mejor
que la anterior. Lo he visto en mi familia, mis padres de jóvenes lo pasaron
mal, luego la guerra, nosotras de pequeñas todo era trabajar y problemas.
Las tres hermanas mayores, tuvimos que ir a servir, cosa que mi madre no
quería porque a ella le tocó y quería algo mejor para sus hijas, no pudo ser.
Once años más tarde, con Araceli, la vida les mejoró, se fueron del pueblo,
ella pudo estudiar una carrera, ha tenido una vida muy diferente.
Mis padres llegaron a vivir tranquilos, se lo merecían, un día me llamó mi
padre por teléfono y yo le pregunté ¿ cómo estáis ? y me dijo: "muy
contento, mejor de lo que tú te piensas " me dio mucha alegría. Luego me
explicó que les había tocado un premio, pasar una semana en una residencia
a pensión completa, en el Grao de Castellón. Era un sorteo para chóferes, le
había tocado a él, estaba tan contento, nunca había tenido vacaciones de
ninguna clase.
Él salía cada día con su camión y conocía un poco el mundo pero mi madre
no, aunque era una mujer muy adelantada para su época. La semana que
estuvo de vacaciones , se apuntaba las comidas que les daban, quería saber
hacer cosas nuevas ,nunca se cansaba de aprender y por cierto cocinaba
muy bien.
Lástima que mi padre muriera tan pronto, al año siguiente de morir se casó
Araceli. Ellos pensaban que cuando estuvieran solos, vendrían más a
Barcelona para estar con Conchita y conmigo, una temporada con cada una.
Pero tuvo el accidente y se rompieron los planes, a partir de entonces, mi
madre venía por Navidad con Leonor y su familia, nos daban mucha
alegría. Cuando murió mi madre dejaron de venir todos.
Siempre se ha ido a mejor, me da mucha pena ver que ahora, y sobre todo
desde hace unos años, muchas familias han ido a peor. Matrimonios jóvenes
que se quedan sin trabajo, no pueden pagar la hipoteca, los bancos les echan
a la calle, no tienen para comer. Muchos hijos tienen que ponerse a vivir
con los padres, viven con la pensión de los abuelos, es muy triste. También
me apenan los jóvenes que tienen que salir fuera de España a buscar trabajo
como hicimos muchos hace cincuenta años. Todo esto me entristece , me
gustaría que se arreglara pronto y la gente trabajadora pudiera ser más feliz.
Sé que de todo se sale.
Notas y despedidas:
Gracias querido lector en esta historia de mi vida he puesto todo como yo lo
recuerdo. Espero que mi experiencia os sirva para valorar la vida tanto
como yo. No me juzguéis con dureza solo quería hacer felices a mis hijos y
que mis nietos me conocieran mejor. Si alguien se siente ofendido, pido
disculpas, no era mi intención molestar a nadie.
Ahora, con la edad que tengo, sé que cada día me acerco más al final.
Nadie sabe cómo será, quisiera no dar trabajo, ni cargas, ni pena, siempre
he intentado no molestar y me gustaría que fuera así.
Lo que sí quiero que sepan toda mi familia y amigos, es que os quiero
mucho a todos, siempre os he querido y querré.
Buenas noches.
María Ejarque.